Artivismo, un arma cargada de futuro

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Fotografía: #FemicidioEsGenocidio Acción de Fuerza Artística de Choque Comunicativo (F.A.C.C.) en Buenos Aires, Argentina. Autor: Claudia Acuña 14 agosto, 2017

Si escribiéramos el vocablo artivismo en el buscador de la principal subsidiaria de Alphabet, Inc., fundada por Larry Page y Serguéi Brin en septiembre de 1998, el sondeo arrojaría un aproximado de 97 mil 200 resultados; artivism, 215 mil. Se trata, nos cuentan quienes saben (o dicen saber) de ello, de un neologismo que fusiona, Perogrullo mediante, las palabras arte y activismo.

Jalo el hilo de la madeja virtual y me topo con la entrada (el post que le dicen) que escribieron Miriam Martínez, Beatriz Tirado, Marta Mejías y Andrea Quintero para la bitácora electrónica (también llamada blog) Altavozpopular.

Allí, las entonces estudiantes de la Universitat Autònoma de Barcelona hablan de lo amplio que puede llegar a ser el término y tras preguntarse ¿qué es el artivismo? adelantan: «se podrían definir como artivistas los proyectos artísticos alternativos con intención socializadora y los espacios críticos que cuestionan distintos aspectos sociales y culturales desde una posición eminentemente artística.»

Sigo leyendo. Afirman (y otros textos en otros sitios güeb las citan) que el término se usó inicialmente para describir el trabajo de los fundadores del llamado net art, «cuyos intereses coinciden en el ejercicio de mezclar humor, ironía y crítica en la red». Al parecer, el primero en autonombrarse como artivista fue Heath Bunting, de quien dice su biografía en el sitio irational.org que tiene prohibido de por vida entrar a los Estados Unidos, su trabajo está censurado por los servicios de inteligencia británicos y actualmente está entrenando a artistas en técnicas de seguridad y supervivencia para sobrevivir a las redes del crimen organizado.

Busco el texto donde supuestamente Bunting se dice a sí mismo artivista. No es una búsqueda exhaustiva, así que no lo encuentro. Doy, no obstante, con un artículo publicado en el mismo irational.org bajo el título Own, Be Owned Or Remain Invisible (algo así como Poseer, ser poseído o permanecer invisible), donde casi todas las palabras están enlazadas (linkeadas) a un sitio .com; cosas del net art. El texto, firmado por un tal James Flint (acaso el mismo Bunting), dice:

Heath Bunting is on a mission. But don’t asking him to define what it is. His CV: bored teen and home computer hacker in 80s (in) Stevenage; flyposter, graffiti artist and art radio pirate in Bristol, bulletin board organiser and digital culture activist (or, his phrase, artivist) in London.

Creo que la primera vez que escuché la palabra artivista fue de labios de Jesusa Rodríguez. Las y los compas del colectivo escénico El Sótano se aprestaban a clausurar los trabajos de su Segundo Encuentro Inter-Escénico y Jesusa, junto con Liliana Felipe, sería el cierre con broche de oro mediante una charla-conferencia y la presentación de un performance.

En la charla, Jesusa usó como eje vertebral el concepto artivismo; reconocía, sin embargo, que no se trataba de una palabra inventada por ella, pero sí intervenida por su praxis y, sobre todo, cruzada en su resignificación por el contexto de esa misma praxis suya. Jesusa no se reconocía entonces (principios de 2013) sólo como una artivista; ella, lo mismo que Liliana, cosas de este país donde la premodernidad barroca se codea con la posmodernidad neoliberal, prefería rizar el rizo y agregarle al neologismo noventero un detalle que refiriera al estado de ánimo nacional: yo soy una hartivista.

En un país donde el “procurador de justicia” dice «Ya me cansé» a las madres y los padres de los casi 50 jóvenes campesinos e indígenas, hospitalizados unos, asesinados otros y desaparecidos los más, de Ayotzinapa; donde un poeta dice «Estamos hasta la madre» tras el asesinato de su hijo y sus amigos a manos del crimen organizado que gobierna de facto en connivencia con todos los niveles de desgobierno; donde miles de hombres y mujeres mayas han dicho «Ya basta» a siglos de burla, explotación, represión y muerte por el Estado mexicano; donde la cuenta de feminicidios se multiplica exponencialmente mes tras mes sin que nadie haga nada para detenerlo; donde cada vez más plumas y cámaras de periodistas son silenciadas y enceguecidas, no es extraño que hartivismo se escriba con «h» de hartazgo.

Sigo jalando el hilo de la madeja. María Ramis escribe en queaprendemoshoy.com que la palabra artivismo surgió a finales de la década de los 80 «para englobar aquellas actividades llevadas a cabo, normalmente, por un colectivo cuya función principal era no solo hacer reflexionar al público sino también invitarle a la participación.» Sin embargo, vuelve pronto a la referencia del net art, pues, dice, en casi todos los casos el artivismo está intrínsecamente ligado a acciones políticas controvertidas y al continuo movimiento en Internet y las redes sociales. Laura Baigorri, por su parte, afirma en #Artnodes que el artivismo no ha demostrado en la práctica poseer la amplitud que prometía al circunscribirse «de forma estricta al entorno de la Red y a unos artistas muy concretos, básicamente los clásicos del net art

#FemicidioEsGenocidio Acción de Fuerza Artística de Choque Comunicativo (F.A.C.C.) en Buenos Aires, Argentina. Fotografía: Claudia Acuña.

En las ediciones inglesa y española de Wikipedia, la autonombrada enciclopedia libre, se lee que el artivismo ha ido de la mano de las protestas contra las guerras y la globalización; pero, sólo en la primera se menciona que el término llegó a la academia a través, por un lado, del trabajo de Chela Sandoval y Guisela Latorre, quienes escribieron sobre el artivismo en el arte chicano, y, por otro lado, de la pluma del cineasta y escritor M.K. Asante, en su libro It’s Bigger Than Hip Hop: The Rise of the Post-Hip-Hop Generation:

The artivist (artist + activist) uses her artistic talents to fight and struggle against injustice and oppression—by any medium necessary. The artivist merges commitment to freedom and justice with the pen, the lens, the brush, the voice, the body, and the imagination. The artivist knows that to make an observation is to have an obligation.

Esta es, quizás, la definición que más me movió; no es extraño que provenga de quien mira los procesos creativos y de lucha participando de ellos, de ambos. Va en español pa’ la banda que, como yo, no le intelige demasiado a la lengua de Shakespeare:

El artivista (artista + activista) utiliza su talento artístico para pelear y luchar contra la injusticia y la opresión —por cualquier medio que sea necesario. El artivista fusiona el compromiso con la libertad y la justicia con la pluma, la lente, el pincel, la voz, el cuerpo y la imaginación. El artivista sabe que hacer una mirada es tener una obligación.

De eso, creo, se trata el artivismo: de mirar las cosas que pasan en el mundo y no hacer como si no las miráramos, de no quedarnos con los brazos cruzados; de comprometernos con aquello que abordamos con nuestras herramientas de trabajo estético. De comprender que el mundo necesita, como nunca antes en toda su historia, que cada quien haga lo que le toca para detener la burla, el abuso, la explotación, el despojo, la muerte injusta.

También, de dar cuenta, cuando quienes trabajan las artes y las culturas no sólo se regodean en sus vanidades y egoísmos exacerbados y dan el paso para mirar el mundo y comprometerse con él y con su gente. Y, eso será justo lo que iremos haciendo desde este microblog: seguirle la pista a la esperanza.

Apago el ordenador (la computadora, que le dicen); a lo lejos, una voz, acaso la de Paco Ibañez, acaso la de Gabriel Celaya, acaso ambas, se cuela por las bocinas de la grabadorita:

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mi nombre es Sebastián; es el nombre de mi padre, un jubilado telefonista, y el de mi bisabuelo, un panadero. Mi apellido legal se lo puso así mismo mi tatarabuelo después de desertar del ejército francés y quedarse en las tierras que vino a invadir; de modo que yo adopté para mí otro apellido, el que a su vez adoptara quién sabe de dónde un hombre que escribió, dirigió, actuó y produjo teatro en el norte del país en que nací: Liera. Nací en una de las ciudades más grandes, pobladas y contaminadas del mundo, pero digo que soy de otras tierras porque "mi siento" es que mi piel sabe a desierto y "mi pienso" es que mi corazón late al ritmo desafinado de la música cardenche. En mis venas, junto a la sangre de mi tatarabuelo francés, corre la sangre de por lo menos un bisabuelo español, pero también la de dos bisabuelas huachichilas y otra bisabuela cuya herencia antillana de negritud la porto con orgullo en la chatura de una nariz y un par de piernas que tiemblan cuando suena algún tambor. No sé quién soy, pero si mis oficios me lo dijeran, diría que por encima de todo he sido un hombre de teatro. Comencé a serlo poquito a poco desde 1990. Un año después, en 1991, la soberbia y la vanidad me llevaron a "dar clases" y comencé entonces a ser aprendiz de maestro. Un año más tarde, en 1992, las ganas de contar cosas que no podía desde las tablas me llevaron a mi primera redacción y desde aquel día colaboro para medios de comunicación. Al año siguiente, en 1993, comencé a caminar otra forma de hacer política. Y, a los dos años, en otras tierras y otros cielos, me di a eso de ser promotor sociocultural para intentar juntarlo todo en un solo oficio. Soy, pues, un hombre del siglo pasado; uno que se rehusa a seguir siendo el hombre que aprendió a ser y está allí: necio como es (qué razón tienes Juana), intentado desaprender a serlo. Una razón doble me motiva a ello: soy papá de otro hombre y no quiero que ese hombre sea un hombre como el que yo he sido, sino por el contrario, que sea un hombre libre y deje ser libres a quienes quieran compartir su libertad con él. Hace años, los suficientes para casi urdir dos décadas, un neologismo mösiehuali llegaría a mi vida para resignificar mi quehacer sobre las tablas: tlatulteketke. Tlatul, en mösiehuali, quiere decir: palabra; Teketke: trabajador o trabajadora. Sí, soy un trabajador de la palabra. Sin embargo, no cualquier palabra: la palabra que se encarna, que se hace cuerpo, para ser dicha sobre un escenario... sea cual sea el escenario. Es este trabajar con la palabra hecha cuerpo para la escena lo que me ha llevado por el triple camino de la estética teatral, la pedagogía popular (aunque no exento otros espacios de compartición de saberes y experiencias) y el del periodismo que se dice ciudadano porque habla (o quiere hablar) de una democracia participativa con diversas trincheras. En Miradas Múltiples, estos tres caminos tienen un punto de convergencia. Creo en las artes escénicas, en la pedagogía y en el periodismo como una red de redes de fenómenos de transformación de nuestras sociedades; pero, sólo si quienes la caminamos y tejemos nos comprometemos a ello sin soberbias ni vanidades. Estoy convencido de que Miradas Múltiples será el nodo para serlo y hacerlo. Escribir para el microblog "Artivismo" significará, pues, el reto de entretejer, como su nombre sugiere, una multiplicidad de miradas que, cada quien su modo, consideren que el quehacer estético y el quehacer político no pueden ir el uno sin el otro; que crean en una praxis, en el sentido más marxista de la palabra, de las artes vivas.
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