El cómic ero-porno mexicano: Confesión y aproximación hacia un Eros colectivo

Por   ・ México
Fotografía: Augusto Quintal Haas 14 agosto, 2017

No escribo sobre sexo como instrumento de obsesión.
Escribo sobre él como una representación cómica en la
que tienes que llorar, un poco, entre acto y acto.

Charles Bukowski
Escritos de un viejo indecente

 

Tenía nueve años y una erección temblorosa. Bueno, en realidad todo mi cuerpo temblaba, en especial mis manos, sumidas en la tarea de tocar –con lujo de zozobra– las coloridas hojas de aquel cuadernillo de 15 x 12 cm. Mis ojos eran tan redondos que habitaron su propio nombre. Vivía entonces en una casa muy pequeña, situada en un barrio modesto del oriente de la ciudad. Una calle donde hasta el polvo se aburría de revolcarse en la banqueta o posarse en los adornos de porcelana y los “recuerditos” de XV’s, bautizos y bodas de gente que jamás conocí.

Aquel lunes, mi hermana veía televisión en la sala y mi madre plácidamente dormía en su hamaca. Sin que nadie me viese, cogí valor, me transformé en sigiloso felino y escalé el ropero de la pieza contigua a la sala. Arriba, yacían adornos de navidad, cajas de zapatos con cachivaches para costura, bolsas de ropa vieja y el tesoro: siete revistas flacas que contenían trazos y representaciones inverosímiles (barrocas por jugosas) para mi precoz andanza: historietas de contenido erótico/pornográfico en cuyas páginas desfilaban mujeres gigantescas en 2D: senos descomunales, caderas en arcos perfectos, nalgas prodigiosas, bocas sonrientes, enmarcadas por labios rojos como el carbón encendido. ¿Qué era ello? ¿Cómo explicar esa sensación de rumorosa algarabía riñonera que me producían? ¿Quién las hacía? ¿Para qué? Lo único que sabía era que el secreto les añadía un sabor dulzón e hipnótico. A mi padre no le gustaría nada que hurgara en sus objetos personales. Una avalancha de preguntas remolcaba esa idea: ¿Madre tendría revistas iguales? ¿Por qué estaban escondidas? A esta última, le daba una respuesta tácita: los “monitos” dibujados andaban desnudos, haciéndose cosas extrañas, mutuamente, con los brazos, las piernas, los sexos vagamente sugeridos en líneas oscuras. Tampoco es que fuera un ignorante o inocente palomo. Desde niño investigué acerca de algunos asuntos “prohibidos” y claramente, el destino de aquellos libritos era la clandestinidad. Lo sabía. Se habían vuelto mi tesoro, al más puro estilo Gollumniano.

Fui haciéndome ferviente lector de esas historias. El lenguaje en ellas rebasaba mi entendimiento, las palabras parecían serpientes que se torcían y devoraban con frenesí. Comprendía lo suficiente para que las escenas me pareciesen graciosas. Diálogos exagerados que me excitaban y a la vez me divertían:

Mujer.- (Siendo penetrada por detrás) ¡Siento que se me va a salir por la boca!
Hombre.- ¡Pues ciérrala zonza!

Ahí se vertía la ventisca glacial de mi secreto y mis primeras pulsiones sexuales: dibujos que estructuraban una realidad que yo comenzaba a reconocer: microbuses, mercados, carpinteros, electricistas, plomeros, mucamas, niñeras, prostitutas, calles y vecindades desvencijadas, alumbrado público horroroso, cocinas sucias, mercachifles y groserías. Un país erotizado hasta sus últimas consecuencias, donde el afortunado era el hombre común, el feo, el apestado, el pobre. Pero la heroína indiscutible era la mujer. Es la mujer.

Chambeadoras núm. 54, página 50 y 51, año 2017. Fotografía: Augusto Quintal Haas

En esas historias, la mujer juega un papel primordial como detonadora del conflicto. Mucho se puede hablar del ingrediente machista que sazona los libretos; pero aquí no será el caso: es evidente que existe, en todo México existe y se manifiesta de formas violentas, brutales y represoras. Se sorprendería, querido lector, de la manera en la cual la mujer es retratada en esos argumentos, tachados por los más moralinos de vulgar pornografía.

Mujeres potentes, absolutas bestias por y para el placer, ni madres ni vampiresas, que buscan ascender en la escala falocéntrica de su sociedad, que ejercen la libertad sexual a guisa demoledora. Claro que no puede faltar la pincelada moral que subyace en algunas historias: moralejas insípidas sobre preceptos casi religiosos: la traición se castiga con severidad, no juzgues a otros por su apariencia, la avaricia lleva a la ruina, el verdadero amor existe y puedes hallarlo aun en una vida “libertina”. Por supuesto, la mujer es dibujada como un absurdo ideal de gloria y voluptuosidad: elemento que se repite en los cánones del mass media y que aquí funciona para crear personajes fársicos y supersexuales. En todo caso, también podríamos revisar el retrato del hombre: aunque de baja ralea en la clase social, siempre gallardo, fuerte, con miembros portentosos, cumplidor, galán mexicano cuyo rostro ha sido trazado a lo Negrete, a lo Garcés o a lo Infante.

Hojeando, a erección temblorina y risa ultracorpórea, esas revistas, “Chambeadoras”, “Acá los maistros”, “Almas perversas”, “Sangre Caliente”… Descubrí un reflejo esperpéntico, Valle-Inclanesco, del barrio mexicano: el lenguaje será el albur o no será, el piropo descosido y juguetón, los cuerpos apoteósicos de entidades unidimensionales. Los protagonistas suelen ser mujeres ingenuas, virginales mas decididas en su valor (el que le destine el arco argumental) o por el contrario, fogosas e insaciables, pero centradas en su objetivo vital; los hombres son el feo, barrigón, desobligado, horrendo ser que pulula en las cloacas y esquinas del lumpen citadino, o el “todasmías”, el macho encantador que seduce, tierno, sagaz e incapaz de golpear a una mujer; los villanos básicos: usureros, ladrones, policías, millonarios, mujeronas amargadas, ancianos mounstrificados por un vicio. Una historia simple que no transgrede la norma social, pues siempre opta por la moraleja deslucida.

No obstante, creo ver la transgresión de este material, de esta literatura horrorosa y vulgar, como la llamará el burgués promedio, en el (¿heroico o antiheroico?) retrato de su mismo destinatario ideal, contrapuesto a la imagen de las clases altas: el ser del barrio, el ánima que más conoce los recovecos y las enfermedades de la ciudad, sufriendo toda clase de desventuras sexuales, escritas en un lenguaje popular y desgarrado. La fauna genuina de la urbe. Recordemos que la mayor parte de estas historias tiene lugar en la Ciudad de México, gigante aterrador y fabuloso al que las capitales de todo el país tienden a imitar. Y el barrio de barrios, entonces se ve erotizado, elevado a una categoría de placer puro. Sus componentes son meticulosamente analizados en una comedia mordaz: el microbús, por ejemplo, se volverá un símbolo, el transporte único, un templo sexual colectivo y veloz. El ring de la lucha libre se intervendrá y sacralizará por guerreras pletóricas de sudor y bamboleo; la cantina, albergará a los ángeles cachondos que dan vida al juego y al agasajo. El barrio es fiesta, orgía, misa hedonista. La mayor virtud que poseerá –ante mis ojos chamuscados por pieles húmedas– la historieta pornoerótica mexicana, es su capacidad de revelar y aceptar su propia ridiculez, de burlarse continuamente de sí misma, de poder tomarse en serio y entrar en una actividad lúdica con su lector: sabe que le habla a una clase, a una clase que necesita poseer sus valores, antivalores y carga erótica. Por supuesto que no generalizo, como cualquier expresión (no lo llamaré subproducto cultural) del arte popular (o académico, no es blasfemia) hay un sinfín de obras que no llegan ni a ser malas. Sin embargo, lo que es destacable de esta pornografía culposa es que sitúa a la clase marginal como un colectivo erótico: vive, juega, es agresivo, alburea, coge, folla, fornica, aprende, se mezcla y vibra como un todo, presente e inmanente de un México tétricamente detenido en el tiempo. Grita en contra de los acaudalados, los policías, la corrupción, el delito. Realmente, el universo popular que retratan muchas de estas historias “malditas” es un poderoso crisol de seres fársicos que denuncian la mojigatería de la clase alta y la opresión e ignorancia (incluso un toque de salvajismo burlón) de las clases bajas.

Ese fue mi encuentro con el cómic erótico mexicano. No deseo sesgar mi reflexión y discriminar entre clases sociales. Precisamente, una base interesante de este producto radica en su potencia reflexiva sobre lo que intentamos llamar “identidad nacional”, sea la clase socioeconómica que sea. En las páginas podemos ver desnudos (en toda la extensión del significado) a un compendio de personajes que arman una suerte de folclor grotesco del país: narcos todopoderosos, políticos corrosivos, monjas encendidas, sacerdotes regañones, padres que resguardan la virginidad de sus hijas, madres que buscan una independencia económica o sexual del marido, cornudos, académicos, estudiantes. Nadie escapa de ser un figurín en estos coloridos espejos cóncavos.

El lenguaje, cuando es logrado, en estas historias, llega al límite de su posibilidad pícara: argumentos llenos de albures sobre un mismo oficio o tema, jerga callejera, cantinfleadas irresolutas, malabarismos sexualizados y mentadas de madre (groserías) ocultas entre verbos, barbarismos y neologismos inverosímiles.

Me detengo, ya muy lejos de esos nueve años en los cuales poseí un tesoro incendiario que me acercó, sin quererlo, a la realidad de mi nación. Pienso en lo íntimo, me pregunto qué de ofensivo encontramos en estos productos: si es la vulgaridad con la que el lenguaje se corrompe (nosotros, amos y señores del buen decir), el machismo que hallamos bifurcado en la representación inaudita de la mujer y el hombre, la moral que se derrama en las páginas de una supuesta revista “porno”… Me cuestiono si no es la muestra exacerbada de una sociedad marginal que nos negamos a ver día a día, que desde nuestra trinchera “clasemediera”, gozosa de algunos privilegios económicos, miramos por lo bajo e imaginamos incapaces de ser propietarios de un placer sexual definido, contrapuesto a nuestra idea misma del rostro de Eros: el amor, la seducción, el cotilleo sugerente, el sexting, la porno de canales pagados, el vestido… ¿Acaso lo que nos lleva a despreciar ese producto no es más que el atisbar una rebeldía, una burla a nuestra manera de habitar la sexualidad a través del lenguaje y la imagen?

Chambeadoras núm. 54, “Tetas Justicieras”, La Naca Chica núm. 9, Pasiones Ocultas núm. 15, año 2017. Fotografía: Augusto Quintal Haas

La revitalización de ese producto tan consumido por un sector de clase no privilegiada, ¿no es una forma de sumarlos al escenario contemporáneo, en cuanto a una colectividad erótica, que contiene la Farsa del país? ¿No es una ironía necesaria representar a los sectores más necesitados de la población como propietarios de una alegría máxima, esa alegría tan nuestra que otorga el sexo?

Pienso en “Nosotros los pobres”, la película legendaria de Ismael Rodríguez. Una realidad ajena, donde los miembros del lumpen cantan y bailan, sujetos a sus desventuras amorosas y situaciones tragicómicas. Uno podría pensar en esa obra hoy, como una broma cruel (si dejamos de lado su alta dosis de melodrama): en México, donde los sectores vulnerables, como los herederos de los pueblos originarios, los infantes en situación de calle y las mujeres (sí, qué horroroso se vuelve aceptar que ser mujer es ser parte de un sector vulnerable en mi país) son violentados e irrespetados, en este lugar, ¿se puede cantar sobre lo erótico? ¿Se puede jugar a que lo importante es el placer del cuerpo?

En un país de violaciones, muertes, vicios, país surreal dirá Dalí, las revistas pornoeróticas de dibujos presentan, varias veces, realidades paradójicas: la mujer nunca es golpeada, la mujer es ama de sus recursos como ser humano, la mujer es quien gobierna su vida y el colectivo; las relaciones sexuales, por más feroces que sean, son consensuadas, pues el hombre le teme a la mujer, pero no la doblega; lo marginal es tan arraigado que es gracioso, no es impedimento para el goce. No existe el racismo, se castiga el clasismo.

¿Podrá ser el consumo de estos cuadernillos una fuga ante el espectáculo sangriento del México actual? ¿Podrían significar una obra de resistencia en contraposición de la tragedia mexicana? Si Eros es un colectivo, un continuo juego, una Farsa giratoria que acuna a los más desprotegidos, ¿no puede ese espíritu de fiesta orgánica detonar la defensa de los sectores más necesitados?

Lo vulgar nos aterra porque destruye nuestro academicismo constante, lo amenaza, un academicismo que nos separa, que nos hace mirar embelesados hacia el primer mundo, olvidando en ocasiones al pueblo llano. Podemos hallar en aquello que despreciamos como “vulgar” o “grosero”, ciertos elementos que dan cohesión a nuestros pobladores, nos permiten entenderlos, nos proporcionan las herramientas para establecer un diálogo con aquellos para los que gastarse diez pesos en una revista erótica de trazos y color, es un lujo.

El mercado de la historieta pornoerótica mexicana es un mercado tan marginal como su público, mercado casi maldito y hoy día, a punto de su extinción: los autores de estas historias se esconden bajo jocosos o secos seudónimos, siglas, apellidos o un simple diminutivo. Los creativos eligen el anonimato y otro tanto hacen las mismas editoriales: Grupo Editorial Estrella, Editora Contemporánea, Editorial Mango, K, Moneros, entre otras, no ofertan estos productos bajo la misma constancia que otras publicaciones menos “ofensivas”: los “libros semanales”, los “sensacionales”, como solemos llamarlos. En sus portadas (actualmente menos finas que antaño o sustituidas por una fotografía real) se pueden leer etiquetas como: “Su contenido puede ser ofensivo para algunas personas”, “para mayores de 18 años”, que hacen gala de su triste haber y malicia: sus títulos llegan a manos de menores de edad, pero ya ni siquiera son atractivos. Es claro que aún hay consumidores, pero la tecnología ha sido un elemento clave para su caída: con la (des)información en la palma de la mano, cualquier púber puede acceder a un catálogo penoso de la pornografía y el “erotismo” de la telaraña global. La piratería asesta otro golpe funesto. Desgraciadamente, la cantidad y calidad del material pornográfico accesible a cualquier ciudadano que tenga un smartphone es abrumadora. El mercado hoy está casi extinto. Nos toca enfrentarnos a otro tipo de erotismo, de pornografía, de expresiones y tabúes.

Quisiera, querido lector, seguir redactando mi encuentro con Eros y sus posibilidades, límites, fronteras, políticas y provocaciones. Te invito a asomarte al tema del que he escrito para que palpes, disfrutes o critiques mi postura, desde un libre criterio y sin cerrarte al gozo de ninguna expresión erótica. ¡Salud!

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Trabajo con la palabra, desde el sentimiento de ser extranjero en todas partes, desde la ausencia, el erotismo y la violencia, desde la poesía. He viajado -viajo aún- por varias disciplinas artísticas con el afán de encontrar un lenguaje que conecte con los otros a nivel aurático. Soy un ser de la escena, del verbo que se encarna. Creo fervientemente en el arte que destroza los huesos y la mente, que hace mirar hacia nuestras guerras internas y nos permite estudiarlas, para construirnos como individuos activos, intelectivos, transformadores.  No hay separación, considero, entre géneros y miradas: cuando uno MIRA, siempre es actante principal de su realidad: desde el cuento o el reportaje, el canto o la crónica, el ensayo o la dramaturgia, estamos comprometidos con nuestra sociedad inmediata y con la aldea global, contrapuestos a la falsedad y desinformación de gran cantidad de medios. Como artista y ser de la palabra, tengo la obligación de esgrimir una mirada aguda, crítica, mutable y honesta para el mundo. Miradas Múltiples es para mí una plataforma de seres que están al tanto de la realidad, desde la periferia y el arrojo, no desde centros herméticos ni conformistas, que dicen, dirán, diremos lo necesario y lo incómodo, lo políticamente incorrecto para quien ostenta la censura como principal discurso. 
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