Niños de dulce: la propuesta audiovisual de Sol Natividad Núñez

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Fotografía: Sol Natividad 14 agosto, 2017

 

 

Vendió globos y chicles, limpió parabrisas
aprendió a vivir
Entre miles de gentes que siempre traen prisa
Entendió
que la vida es un juego que es muy difícil jugar.
Ese niño
no conoce el amor.
(Niño sin amor, El Tri).

 

Si digo materiales para ser moldeados o modificados, recursos plásticos, ready-made, instalación, happening o performance, quizás no terminen de leer este texto. En cambio, si digo locura, melancolía, éxtasis, pequeños demonios, sueños en colores vívidos o los nervios del placer, podría ser que se sientan atraídos y continúen con la lectura. ¿Qué dicen, lo intentamos?

Elbert Hubbard dijo que es un camino y Marc Chagall lo consideró, sobre todo, un estado del alma. “Si el mundo fuese claro el arte no existiría”, escribió Albert Camus. Desde las pinturas rupestres, como las que celosamente resguarda la Cueva de Chauvet, al sur de Francia, o las recién encontradas en la Sierra de San Carlos, en Tamaulipas, pasando por las películas de George Méliès o el Teatro del Oprimido de Augusto Boal y hasta llegar a las producciones más contemporáneas, el arte representa una forma de explicar el mundo, el interior –el de cada uno– y también el que juntos habitamos.

Las expresiones artísticas –música, danza, fotografía, pintura– poseen una estética, algo que sentimos o percibimos –por su color, por su forma, por su armonía– como “bello”. Son signos que nos cuentan la vida, representaciones de “otra cosa” a las que les asignamos un significado. Son razones y emociones manifiestas que nos maravillan, que nos sugieren, que nos comunican una actitud hacia la realidad, la actitud de su creador. Son, en esta ocasión, cajitas con dulces: goma de mascar, barras de azúcar quemada y cacahuate, frituras. Golosinas como la metáfora de una patria agridulce.

Me refiero, en este caso, a la mirada de Sol Natividad Núñez (Guerrero, 1980) –el artífice, la averiguadora– sobre la pobreza que obliga a desplazarse, los comportamientos cotidianos y la violencia disfrazada de una sociedad –la nuestra– en un tiempo regido por la dictadura de los mercados que paulatinamente está destruyendo el entorno y el equilibrio de la humanidad. Es, por ejemplo, la silueta en acrílico del que sobrevive día tras día en la calle. Es un niño representando a los miles que recorren el país luchando por su derecho a la alimentación, a la salud y a la no discriminación. Son 85,000 en México que se suman a los 120 millones de menores de 18 años que se buscan la vida en los parques, en las plazas, entre los coches, sobre el asfalto y a pesar de nuestra indiferencia.

Niños de Dulce, es la instalación conceptual que –mediante un conjunto abstracto de colores, voces y sonidos– intenta crear una experiencia interactiva en la que el espectador resignifique los objetos y perciba lo precario de la existencia, el empobrecimiento de los lazos comunitarios y la abyección moral de los ciudadanos; es decir, aquello que el poeta William Yeats ya observaba en 1919:

“La oscurecida marea de sangre se desata y en todas partes
La ceremonia de la inocencia se ahoga;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.”

La autora y su obra nos invitan a encontrar una grieta en el muro de la indolencia para reconocer a todos los niños en la figura de uno, a todos los migrantes en el silencio de estos y a todos los excluidos del “festín capitalista”, en las escuetas palabras de un adolescente chiapaneco que se gana la vida vendiendo dulces en Yucatán. Aunque, si bien este montaje simboliza la amargura en el rostro de una infancia fugaz que precede a una madurez precoz, jodida e injusta, también es una muestra del arte como llamamiento a cambiar de ruta y a sumarnos a lo expresado por Antoine de Saint-Exupéry, escritor de El Principito:

“Combatiré, pues, a todo el que pretenda imponer una costumbre particular a otras costumbres, un pueblo particular a otros pueblos, una raza particular a otras razas, un pensamiento particular a otros pensamientos.

Creo que la primacía del Hombre funda la única Igualdad y la única Libertad que tienen significación. (…).

Combatiré a todo el que, al pretender que mi caridad honre la mediocridad, reniegue del Hombre y aprisione así al individuo en una mediocridad definitiva.

Combatiré por el Hombre. Contra sus enemigos. Pero también contra mí mismo”.

Sol no escatimó en su esfuerzo. Fueron meses de trabajo para apuntalar el concepto y asirse a todo tipo de tácticas que amplificaran su capacidad de percepción, indispensable para entender la cotidianidad de “Los Nadies”, como los nombró el escritor Eduardo Galeano. Así, un esmerado desarrollo del proyecto –fundamentado en investigación de campo y la sugestiva influencia de otras mujeres como la escultora Helen Escobedo o la artista visual Teresa Margolles– ofrece ahora a los asistentes la posibilidad de explorar el arte como camino, como espiritualidad que trasciende el ámbito personal y como claridad frente a la penumbra.

Visibilizar al niño para fundar al Hombre, liberarlo de la medianía, combatir a sus enemigos, incluso a nosotros mismos. Esta es la propuesta de Sol Natividad Núñez, una artística plástica mexicana que en Niños de Dulce ha plasmado un problema sistémico –a menudo ignorado– pero también y en contraste, la convicción de quien se detiene a mirar la vida y por eso se expresa, se solidariza y la defiende.

A veces, la realidad es un caramelo amargo que solo puede ingerirse a través del arte y la cultura.

Sol Natividad describe Niños de Dulce, la instalación que presentó el 19 de agosto de 2016 en la Unidad de Servicios del Fuerte de San Diego en Acapulco (Fuente RTG).

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Soy periodista mexicana, ahora en Madrid y siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales por la Universidad de Zaragoza, España. “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo. Twitter @gloriaserranos
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