Yo: ciudadano

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Fotografía: Plaza cívica, Huixquilucan de Degollado, México. Autor: Boris Hevia del puerto Siliceo. 14 agosto, 2017

In Memoriam Carlos Hevia del Puerto. Tus compañeros y lectores siempre te recordaremos.

La banca en la que me siento no está mal, a pesar del sol que cae a plomo. Fue una pena, hace un par de años, durante la remodelación que hizo el último presidente municipal, retiraron de la plaza cívica todos los árboles que daban algo de sombra. No es que esté en contra de la obra que dignifica el espacio público, pero siento que no tomaron en cuenta mis sugerencias respecto a la necesidad de incluir árboles en el proyecto para proporcionar refugio a los paisanos que, además de las aves, suelen pasear y descansar aquí todos los días. Las escribí en el cuaderno colocado exprofeso al lado de la maqueta y los videos, en el patio del palacio de gobierno municipal, donde se mostraba el proyecto a los ciudadanos que acudían a realizar algún trámite.

¡Mal asunto! -pienso-, tantas cosas que necesitamos por aquí, no es que estemos tan fregados como en otros sitios, pero hay tanto por hacer… ¿qué les costaba considerar árboles?, ahora ponen su remiendo de lona para cubrir a la gente que asiste a eventos públicos.

El ruido del megáfono, combinado con el sonido a todo volumen fuera de la farmacia, me distraen de mis cavilaciones, y comienzo a sentir ese rapto: ajeno a mi entorno y, sin embargo, dentro de él. Miro a la gente atravesar la plaza a toda velocidad, saludándose entre sí, cuchicheando a espaldas de quien apenas pasó; veo a los policías quitar y poner sus tambos para permitir que alguien se estacione a cambio de unas monedas… ¿Será por costumbre o agradecimiento que los mexicanos correspondemos un favor entregando monedas? Las damos a quienes empacan nuestras compras en el supermercado, a los despachadores de gasolina, al que nos echa “aguas” para estacionarnos.

Entreviendo la cotidianidad, evoco esto que leí en un excelente libro¹ de Ikram Antaki:

“Los romanos distinguían dos formas de barbarie: una barbarie dura, la ferocitas, encarnada por los pueblos destructores; y una blanda, la vanitas, que es la barbarie de la debilidad, de la decadencia, de la inconsistencia.

Los mexicanos no hemos vivido lo suficientemente las palabras que utilizamos; muchos se dejan regir por un viejo resentimiento; la fascinación y la ira del pequeño frente al grande.”

Volteo hacia los proselitistas del Partido de Acción Nacional que atraviesan afanosos pero desordenados la plaza, repartiendo volantes, pulseras, banderitas y demás distintivos partidistas. Algunos pequeños les piden a sus mamás que acepten la banderita para jugar con ella pero, después de algunos pases, termina en el suelo. Un promotor del voto duda en recogerla, se ve desorientado. -Sonrío- mi cabeza comienza de nuevo a elaborar un par de juicios: ¿en esto se ocupa tanto dinero y esfuerzo? ¡Treinta años viviendo en este municipio y la alternancia se reduce a esto, ¿a cambio de colores bajo las mismas prácticas?!

-Querida Ikram-, ¡cuánta razón hay todavía en tus palabras!: necesito comprender.

¿Qué es lo que me permite salir de mi entorno individual para entrar al común? No me refiero a las condiciones obvias de existencia (materialidad, circunstancia, etcétera), sino a aquellas que posibilitan mi sentido de pertenencia a una comunidad y de confianza en la gente que la integra.

La mayoría de las veces no me pregunto los motivos ni las intenciones de la gente que se cruza en mi camino; afortunadamente, aun no percibo hostilidad ni un riesgo que me obligue a evitar a la multitud; simplemente abro la puerta y salgo a la calle. A la calle como un espacio dado y tan familiar, que en raras ocasiones nos preguntamos cómo es que existe y cómo es que existimos en él. Otra vez, busco claridad en mi pensamiento: no me refiero a la historia de alguna calle en particular, ni siquiera a mi propia historia; me refiero a la construcción del espacio común que entrelaza los espacios individuales y que conocemos como “público”.

Mi atención regresa a la plaza, paseo mi mirada por el cielo con sus nubes de lluvia en un mayo caluroso hasta detenerla en el puesto de periódico y los boleros, tan familiares en sus formas de comportamiento; su desenvolvimiento parece natural en ese entorno, son parte del ecosistema. Amplío mi reflexión y reconozco que la historia sí tiene un poder determinante en mí, que estoy en este lugar por la cadena de acontecimientos que condicionaron mi condición de clase, mi biografía particular y que materializaron este territorio como plaza pública. Entonces me concentro en reconocer los contenidos que dieron lugar a la circunstancia en la que estoy, para tener una clara noción sobre la vida en común en un espacio compartido. Eso quiero.

Plaza cívica, Huixquilucan de Degollado, México. Fotografía Boris Hevia del puerto Siliceo.

De la diversidad de formas de las que he sabido, solo conozco la del Estado-Nación. Vivo en una comunidad inserta en esa idea de organización política. Vivo en una República, en una que se dice ser democrática. Democracia, ¡Ah! Esta palabra me recuerda una parábola hermosa que leí recientemente:

“Mira, siempre nos han enseñado que la democracia nos viene de los griegos, de los atenienses. No obstante, su ejercicio pertenecía a un puñado de seres libres cuya libertad dependía de una masa de esclavos y de excluidos, como las mujeres. Pero el sentido de la nuestra no viene de allí, a pesar de la palabra, sino de la conspiratio cristiana. Lo vio muy fríamente Iván Illich. ¿Se acuerdan cuando los llevaba a misa? ¿Se acuerdan que hacia el final hay dos momentos muy importantes: el saludo de la paz y la comunión? En las primeras liturgias cristianas eso se llamaba conspiratio y comestio. Dos momentos carnales. La conspiratio, que quiere decir respirar con otro, ese es el sentido real de la palabra ‘conspiración’, era un beso en la boca, un intercambio de alientos, signo de la presencia y de la vida de Dios en nosotros. El aliento, la respiración, es quizá lo más vital del ser humano. Ese acto señalaba que en ese momento las diferencias, las clases, los estamentos quedaban borrados, rotos. Ya no había gentil ni judío, amo ni esclavo, sino una comunidad humana de seres libres, unidos por el amor de Cristo.”

Cierro el libro y suspiro – ¡Ay Javier! Aunque nunca construí un lazo espiritual profundo como el de tu cristianismo, comulgo con tu enamoramiento por el concepto de democracia -.

Afortunadamente, nuestro país se fundó sobre la idea de una República que en su laicidad recoge este principio de igualdad del que nos hablas en tu libro². Si los cristianos cuentan con una liturgia que patenta este amor al prójimo, los modernos tienen el principio de laicidad dentro del Estado-Nación en el que se expresa su mayor aproximación. Quiero creer que la isonomía³ griega encuentra un cuerpo estatutario en nuestra constitución, quiero creer que somos un pueblo civilizado que prefiere la razón para construir sus acuerdos de convivencia, que para ello ha creado herramientas como: la ley, los valores, el civismo, la educación.

Absorto, dentro del sinsentido que encuentro en la información que a diario brindan los noticiarios, y ante el dolor, la rabia, la frustración, la indignación, la corrupción que no solo mi país, sino que prevalece en otras orillas del mundo y llega hasta la mía como ondas que se propagan, miro hacia la entrada del palacio municipal, frunzo la boca mientras recuerdo aquel día en que quise expresar mi opinión sobre los cambios en el diseño urbano de esta ágora y me detengo en la pregunta obvia: ¿Qué puedo hacer para ejercer mi identidad de ciudadano?.

Entonces comprendo que necesito aprender a argumentar, que el compromiso entre mi pensamiento y mi palabra es de ida y vuelta.

Sobre mi cabeza caen las primeras gotas de lluvia que me regresan a la plaza donde la gente apura a cubrirse, al tiempo en que pestañeo, sonrío y me digo que aún no es demasiado tarde para guarecernos.

¹ Antaki, Ikram “El manual del ciudadano contemporáneo”, Ariel México, 2000
² Sicilia, Javier “EL deshabitado”, Grijalbo, México 2016
³ Igualdad de los ciudadanos ante la ley, igualdad constituida por la isegoria el derecho de todos los ciudadanos a tomar la palabra ante la ecclesia (asamblea), en la isopsephia en que el voto de cada ciudadano tiene el mismo peso, y en la parrhesia la obligación moral de hablar con absoluta franqueza. Castoriadis, Cornelius “Los dominios del hombre, las encrucijadas del laberinto” Editorial GEDISA, Barcelona

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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En más de una ocasión me he sentido ajeno no solo a los acontecimientos -lo cual es comprensible si ocurrieron en lugares lejanos o mientras yo me ocupaba de mis asuntos- así como a las diversas narraciones que se comunican sobre ellos. Sea cual sea el motor que mueve a periodistas, reporteros y editorialistas en la fabricación de sus historias, como medio para entrar en contacto con los acontecimientos siempre se ubican entre el hecho y yo. Su labor no solo es posibilidad también es transfiguración. El acto de ver no es puramente ocular, se mira a partir de la significación. Por ello es importante hacernos de discernimiento para forjar nuestro entendimiento de la realidad. Bienvenido en Miradas Múltiples. Pensamiento horizontal.
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