Poética de lo cotidiano: los paseos urbanos

Por   ・ México
Imagen: Ronda de Atocha, Madrid. Fotografía: Gloria Serrano 18 septiembre, 2017
* Con la colaboración especial de Gloria Serrano (texto)

 

Las ciudades son narraciones plurales: de luchas, de solidaridad, de intercambios de todo tipo, de experiencias particulares que se mezclan con las comunes.

Existe un paisaje social, una composición de sitios que todos construimos entre pasos zigzagueantes y a través de un lenguaje ordinario. Nos referimos a las ciudades, esos suelos habitados desde hace muchos siglos en los que sucede la vida, individual y colectiva, y en los que formamos nuestra memoria como si se tratara de un enorme palimpsesto. Las ciudades cobran vida a través de prácticas cotidianas, de relatos invisibles y mimetizados que nos cuentan qué ocurrió antes, qué ahora y hacia dónde nos dirigimos. Las ciudades son narraciones plurales: de luchas, de solidaridad, de intercambios de todo tipo, de experiencias particulares que se mezclan con las comunes.

Paterson (Estados Unidos, Francia, Bélgica, 2016) es una cinta que narra el transcurrir de una ciudad y de un chofer de autobús que comparten el mismo nombre. Digamos que se trata de un encuadre perfecto, un primer plano que centra la atención del espectador en aspectos nimios de la cotidianidad para dotarlos de sentido, de significado en el contexto de quienes comparten un mismo espacio. Es una historia que se detiene en la belleza de las cosas simples para que no se pierdan entre las prisas, entre el ruido, entre la contaminación, entre el tráfico, entre el estrés o la abulia que causa trasladarse de un lado a otro. Paterson —el chofer y poeta introvertido— escribe lo que ve, escucha y siente en un empeño personal de encontrar la correspondencia entre las partes y el todo. Es decir, entre él y el lugar que habita y las personas que lo rodean:

Otro más

Cuando eres niño aprendes que hay tres dimensiones:
Alto, ancho y profundidad.
Como una caja de zapatos.
Luego, escuchas que existe una cuarta dimensión: El tiempo.
Hmm… Entonces, alguien dice
que puede haber una quinta, sexta, séptima…
Me retiro del trabajo, bebo una cerveza en el bar.
Miro abajo al vaso, y me siento feliz.

 

Another One

When you’re a child you learn there are three dimensions
Height, width and depth
Like a shoebox
Then later you hear there’s a fourth dimension
Time
Hmm
Then some say there can be five, six, seven…
I knock off work
Have a beer at the bar
I look down at the glass and feel glad

 

¿Estamos hablando de poesía? Por supuesto, pero también de urbanismo, movilidad, gentrificación, gobernanza, turismofobia; en suma, de pensar nuestro barrio y las metrópolis donde vivirá el sesenta por ciento de la población en 2030, esto de acuerdo con ONU-HABITAT, el informe más reciente de la Organización de Naciones Unidas.

Pensar o repensar la convivencia en las ciudades no es nuevo. Lo hizo la activista Jane Jacobs cuando sugirió la necesidad de dejar el auto para caminar las calles y fortalecer la convivencia vecinal frente al aislamiento moderno. Jacobs afirmaba que: “No hay ninguna lógica que pueda ser impuesta a la ciudad; la gente la hace, y es a ella, no a los edificios, a la que hay que adaptar nuestros planes”. Lo hizo el filósofo Michel de Certeau, cuando comenzó a indagar sobre las manifestaciones culturales “reveladoras” que se originan al usar los objetos y al contacto de unos con otros. También la asesora internacional Amanda Burden, cuando se propuso revitalizar la zona del bajo Manhattan, en Nueva York.

Para el investigador Antonio Lafuente (Granada, 1953): “Las ciudades son un artefacto colosal que regula, modula, condiciona y asfixia, pero que también amplia, extiende, potencia o multiplica nuestras posibilidades”.

Pensar / repensar las ciudades, entonces, conlleva pensarnos / repensarnos dentro de ellas para comprender cómo determinan nuestro tiempo —nuestras relaciones, nuestros afanes— y cómo podríamos modificarlas en beneficio de todos. Ruidosos a la vez que espectaculares, los centros urbanos son actualmente el epicentro donde los poderes dialogan de tú a tú o se divorcian de los ciudadanos, donde se gestan o sofocan los cambios sociales y donde, sin remedio, nos convertimos en usuarios, consumidores o hacedores de distintas realidades.

Mi infancia está plagada de recuerdos callejeros, de paseos dominicales con mis abuelos alrededor de La Alameda y siempre con un helado de “La Presumida”. De tardes de juegos con mis vecinos y con Cuca, el perro salchicha que aparecía de imprevisto en el jardín de nuestra casa. Del olor irresistible de las palomitas de maíz que vendían en la Botica Moderna, la farmacia a unos pasos de Los Portales, en la ciudad de Toluca. No lo digo con nostalgia ni con idolatría ­—¡Ay, qué tiempos, señor don Simón! — sino con la consciencia de que aquellos años definieron mi interés posterior por cuanto se expresa a diario en el entorno más cercano: cualquier muro en Madrid, cualquier plaza en Mérida, cualquier estación del metro en la Ciudad de México.

Edgar Elías, poeta, en el Jardín de los Exiliados, Ciudad de México. Fotografía: Pablo Allison.

Edgar Elías es un poeta, narrador y pianista autodidacta, mexicano. Hace unas semanas conversábamos sobre ciudades y me dijo esto: “Hay un jardín por el que paso todos los días, a unos cuantos metros de donde estudio música, que me provoca mucha creatividad. Siempre llevo una libreta y escribo poemas, pero estando en este jardín las palabras llegan como si algo o alguien me susurrara poemas completos de una forma inusual, más que en una cafetería o sentado en una banca. La tranquilidad que respiro me hace imaginar que mis pies son raíces que se entierran en el sitio. Es una sensación sumamente placentera, una paz inconmensurable, como si un ángel tocará mi corazón en magma y lo aquietara, como si las nubes atravesaran mi tórax”.

Y como Paterson en la película, Edgar tomó su libreta para rendir un homenaje a su pequeño paraíso en este poema:

“Jardín de los Exiliados” 

11:12 AM

 

Camino sobre el
Jardín de los “exiliados”.
Lo veo desde un pestañeo,
Me recibe con su tráquea de
20 pájaros desenterrando lombrices.
Aún no he flotado sobre su membrana ocular.
o en su manto verde,
Mis latidos escurren mercurio,
y apenas he recorrido su lengua.
El amor suspendido en la lágrima
De un cocodrilo.
Entre el ceño de un volcán de flores.
Mis pasos se vuelven óxido
Pesan como anclas,
Después de hace tiempo de no navegar en el mar,
Tras recorrer su arquitectura débil
y elegante carcajada.
Enumero los principios de mi trapecio.
Mientras que Urquidi es selectivo a la hora de guiñar al sol.
Otro siglo perdido, en la memoria.
En la edad de oro de la industrialización acelerada.
Su extensa cama de corazones, vaciando sus relojes,
Me miro solitario de tranvías;
A un lado mío, pasan los residuos del atardecer,
Llegan a desembarcar parpados recién
Paridos, y otros que ya han hecho un trayecto como mis desvelos.
Estoy por llegar a mi territorio, donde sembré dos lunas.
El edificio donde habito
Por un par de manecillas que se balancean en mis arrugas.
Me recibe con su feroz boca abierta.
Donde nacen gigantes,
Ya no desde la tumba. Cuando no se tomaba la ruta de los libros.
Abro la adrenalina del toro.
La paz de mi ventriloquia,
aquietar los volcanes y los susurros de espectros
al tocar el piano, de donde ahora soy un trueno de letras y sonidos.

 

Edgar Elías, poeta, en el Jardín de los Exiliados, Ciudad de México. Fotografía: Pablo Allison.

¿Estamos hablando de poesía? Por supuesto, pero también de apropiarnos de cada uno de los rincones de nuestra ciudad, de hacerlos realmente nuestros a través de enunciarlos, contarlos durante la cena, en unos versos o con una fotografía.

En nuestra charla, Edgar comenta que: “Hay un espacio pequeño en el que se plasma arte urbano; cierta ocasión vi a dos artistas, uno en un monociclo y otro haciendo malabares en una pequeña plancha donde también se reúnen trabajadores de las oficinas cercanas para pasar su hora de comida o las parejas para manifestarse su amor, todo en el mismo conjunto. Me pensé ocupando ese recinto, con vista panorámica y de momento abandonado, para declamar mi poesía en voz alta, para exponerla frente a un público.

En 2017, la ciudad de Madrid será sede de Ciudades Democráticas, un evento que “constará de talleres, hackatones y conferencias con personas de todo el mundo para potenciar la participación ciudadana en la democracia”.  Se trata de unas jornadas “dedicadas a las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la participación, las herramientas digitales y los procesos participativos territoriales que están transformando las ciudades”.    

Sin embargo, nadie puede ocuparse de lo que no conoce, mucho menos de lo que no ama. Tenemos bien visto que la tecnología no basta para acercar a dos mentes que están lejos, tampoco para entender los recorridos sensoriales, los mapas emocionales, la carga simbólica que acumulan los lugares por los que transitamos. Por fortuna, no hay dispositivo o aparato que sirva para comprender la poética de lo cotidiano, la importancia y la intensidad de nuestra existencia. Todavía precisamos de las palabras de William Carlos Williams o de la mirada de Jim Jarmusch y, necesariamente, de nuestros cinco sentidos.

Después de quince años, el periodista Hernán Casciari se volvió a subir al subte de Buenos Aires que —nos cuenta en una de sus crónicas en el blog Orsai— iba relleno, relleno del verbo “empanada”. Ahí, en medio de las caras largas, de las posturas incómodas y de los silencios compartidos se encontró con tres músicos que interpretaban a Bizet, a Mozart y a Tchaikovsky. Cuenta que eran una flautista linda, un chelista gracioso y un pianista enloquecido. Cuenta que todos salían del vagón desesperados por llegar a casa y que al toparse con aquella música todos se quedaron quietos, escuchando el final de Carmen. Y cuenta que pensó:

“Son músicos que tienen que vivir de tocar en el subte. Si alguien los mide con la vara del éxito, estos chicos están fracasando rotundamente, pero yo los vi y pude retener la mirada del pianista y la flautista, y era una mirada de triunfo. Yo conozco a estos chicos, conozco en este país a un montón de gente que hace lo que ama. No importa si es en un gran teatro o en los andenes de la línea D. Gente que no quiere nada malo para el mundo. Y entonces supe con claridad por qué volví a Buenos Aires, por qué amo con desesperación a esta ciudad”.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Edgar Elías, Pedro Nostalgias (Ciudad de México, 1988). Además de narrador y poeta, pianista autodidacta. Ha participado en las publicaciones colectivas: Colectivo Entrópico, Tocan a la puerta , Un claro en la ciudad, La llave de los secretos, Hostal Entrópico y Sobre la brecha. Algo más sobre mi trabajo: Editorial Dunken. Buenos Aires Argentina Radio (Palabras Urgentes) CDMX NVR (Nuestra voz radio) La banda eriza. Sistolee Editorial Objetum Radio Aragua Mágica "Las voces Románticas de Aragua" Conducido por mi gran Amiga Cantante Internacional Maigualida Ramírez "Lluvia" Caracas, Venezuela. Festival Atlántico de Poesía "De Canarias al Mundo" Invitación al Festival Internacional de la Poésie de Trois-Riviéres, Québec Canadá Alquimia MX (Proceso de Publicación) Editorial Porrúa. (Proceso de Publicación)
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