43 Ayotzinapa

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Imagen: Mural a la memoria de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, desaparecidos desde 2014. Obra del artista Raúl Gutiérrez Loya, Plaza de la Cebada, Madrid. Fotografía: Gloria Serrano 26 septiembre, 2017

En Argentina, y en distintas partes del mundo, la gente se pregunta dónde está Santiago Maldonado, el artesano a quien vieron por última vez el 1 de agosto y desde entonces nadie sabe su paradero. En México nos preguntamos dónde están los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos desde el 26 de septiembre de 2014, hace tres años. En ambos casos dicen que se trató de desapariciones forzadas. Ambos casos, también, forman parte de los 55.273 que ha documentado Amnistía Internacional desde 1980. 44.149 siguen abiertos.

Raúl Gutiérrez Loya (México, 1977) es artista visual: dibujante, pintor, grabador, muralista influenciado por la obra de David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera. También por el costumbrismo y las calaveras de José Guadalupe Posada. Actualmente vive en Mánchester, Inglaterra, lugar donde tiene su estudio de trabajo y desde 2015 La Chuleta Press, el proyecto a través del cual se dedica a la creación y comercialización de ilustraciones. Invitado por el colectivo Nodo MxM (Madrid por México), “Loya” vino a Madrid para realizar un mural como homenaje a los jóvenes desaparecidos en el estado de Guerrero, los 43 de Ayotzinapa.

Pretendo reflejar la indignación y la tristeza que se vive. Son tres años de una situación inaudita: desaparecer a 43 personas. He sido parte de este activismo para juntar recursos y exigir justicia, por eso estoy aquí. Esta una obra artística que, como tal, persigue una estética y lograr un impacto visual, pero también debe transmitir el dolor, la persistencia de los padres que continúan buscando a sus hijos.

Esta entrevista sucede en la Plaza de la Cebada, en el barrio castizo de La Latina, el 16 de septiembre, día de fiesta nacional en México cuando se recuerda el Grito de Dolores que marcó el inicio la Independencia, en 1810. En este contexto, le pregunto a Loya qué significado tiene encontrarse en el extranjero pintando un mural que, de inicio, no tendría que haber existido:

No celebramos, más bien es algo que se conmemora. La gente sigue con las tradiciones y las fiestas porque es el único alimento que tiene para soportar la realidad que vivimos en el país. Yo utilizo estos momentos para hablar con otros mexicanos y saber qué piensan o qué podríamos hacer juntos. Los mexicanos usamos la fiesta y la comida para hablar de otras cosas. No lo veo del todo mal, pero también es importante hacer un repaso de la historia y reflexionar sobre la situación que vivimos ahora.

¿Percibes esa reflexión en otros mexicanos que también están lejos de México?

Hay mucha gente que sale del país y se olvida de los problemas o pretende ocultarlos; eso me molesta mucho. Generalmente me rodeo de gente que tiene alguna propuesta, que quiere hacer algo por México desde fuera.

Háblanos acerca de tu trabajo:

Me dedico a hacer murales callejeros, efímeros. Siempre he estado muy interesado en el arte público y eso me ha motivado a hacer que mi trabajo llegue al mayor número de personas posible. En mi mente está hacer un arte accesible, grande en dimensiones y que no pierda su carácter estético. También está mi lado de ilustrador, lleno de color, muestra de la tradición mexicana, mezclada con un poco de rock y heavy metal. Pinto calaveras, con toda la influencia de Posada y Manilla, los padres del grabado mexicano. En Inglaterra este es un concepto que antes les parecía muy tétrico, pero ahora están de moda y han sido muy bien aceptadas. Mi ilustración es más relajada, en el muralismo es donde plasmo el compromiso social que tengo.

Raúl Gutiérrez Loya, en la creación del mural en Madrid en homenaje a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Fotografía: Nodo MxM

Ilustraciones por Raúl Gutiérrez Loya / La Chuleta Press. Fotografía: Gloria Serrano

¿Qué le dices a los mexicanos que viven en el país?

Les envío todo el apoyo y mi respeto; es muy difícil salir adelante en México y la situación habla por sí sola, basta con leer los periódicos.

Tres días después, el 19 de septiembre, esos mismos periódicos informaron del terremoto de 7.1 grados de magnitud que afectó a los estados de Puebla, Morelos y a la capital, la Ciudad de México. Un desastre natural en el que han perdido la vida cientos de personas, hasta el momento más de trescientas. Como ocurrió hace 32 años con el sismo de 1985, la sociedad mexicana salió a las calles para brindar cualquier clase de ayuda, para intentar rescatar con vida a quienes quedaron atrapados, para trasladar a los heridos, para recuperar a sus muertos, en fin, para coordinarse en las labores más urgentes durante esta emergencia.

Los escombros, las banderas, las muestras de humanidad, los reclamos al gobierno, el desprestigio de las dos principales televisoras, los testimonios en primera persona y los de oídas, las fotografías que reflejan la dimensión física y anímica de la catástrofe hacen que el espacio sea limitado para hablar de otra tradición histórica en México: la desaparición forzada de personas. Esto ha sido un desborde, como una presa que ya no puede contener más agua y se rompe, revienta. La información desbordada, las noticias falsas desbordadas, la catarsis nacional desbordada, el espectáculo desbordado, las buenas intenciones desbordadas, la deslegitimación del otro desbordada.

Este es el escenario en el que el sábado 23 de septiembre se llevó a cabo un evento para insistir en nombrar a los 43 mexicanos desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014. Nombrarlos como una forma de nombrar a 30 mil más sin rostro, a los que ya no son noticia ni causan una sacudida de consciencias ni incitan a la adhesión. Nombrarlos como un recordatorio del seísmo que representa el estado de permanente violencia e impunidad en México, un estremecimiento al que la mayoría se ha acostumbrado sin importar la cantidad de víctimas: 109 periodistas asesinados desde 2000, 36 durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (Artículo 19 México); alrededor de 300 mil muertos en doce años de guerra contra el narcotráfico.

De nuevo, el colectivo Nodo MxM convocó a la comunidad para decirle que hay un cataclismo mayor que, no por añejo o insoportable, deja de ser cataclismo. A la cita acudieron miembros de Amnistía Internacional España, activistas, artistas y curiosos. También estuvo presente José Alejandro Solalinde Guerra, defensor de los derechos humanos y fundador del albergue Hermanos en el Camino. Solalinde no desperdició la oportunidad, fue breve y claro en sus argumentos, dijo que: “Estamos viviendo el momento de una civilización quebrada, rota, fragmentada. Estamos dentro de un sistema neoliberal, capitalista que está sacrificando vidas humanas con tal de tener muchas ganancias. Pocos ricos que tienen casi todo, muchos pobres que no tienen nada. Es el desprecio al ser humano, por eso vemos tanta violencia. En el caso de México nos duele hablar del país porque es un país que tiene muchos recursos, pero que se ha ido degradando. El sistema capitalista ha corrompido a la clase política y la clase política ha corrompido también al pueblo. Hoy, en esa deshumanización hay mucha confusión. México es un lugar donde desaparecen las personas, un país sembrado de fosas, fosas por donde quiera, fosas de mexicanos y, sobre todo, de personas migrantes”.

 

Quienes asistieron escucharon sus palabras con atención, con detenimiento en medio del barullo de una plaza que se mueve a un ritmo más relajado y divertido, de personas que probablemente ignoran la gravedad de lo que sucede en México, de jóvenes que nunca han vivido un sismo ni saben lo que es habitar un país en el que a diario colapsan las instituciones encargadas de velar por los derechos humanos y la seguridad de los ciudadanos. Desconocemos tantas cosas. Y en el desconocimiento nos atrevemos a afirmar muchas otras. La masividad con la que ahora se propagan los mensajes no es equiparable a la comprensión que tenemos del mundo. Digamos que cantidad no es calidad, y que información no es —necesariamente— comunicación.

El periodismo a nivel internacional tiene mucho que modificar al respecto. Para Bret Stephens, columnista en The New York Times y ganador de un premio Pulitzer en 2013, “ningún país puede tener un gobierno ni una vida pública sana sin un periodismo de alta calidad. Un periodismo que distinga el hecho de la creencia y de la opinión”. Pero, nos dice, para eso “se requiere de propietarios y publicistas que entiendan que su papel no es empujar a un partido político, o ser esclavos de Google y Facebook, o proveer de noticias de entretenimiento o ayudar a un presidente que los favoreció o que está en apuros”.

Al terminar la intervención de Solalinde se proyectaron tres videos: Guerrero, el monstruo en las montañas (The New Yorker); Mamá, si desaparezco ¿adónde voy? (realizado por Gerardo Hernández Turcio) y Desaparición forzada en Iguala: una reconstrucción forense (Forensic Architecture 2017). También se hizo el pase de lista, es decir, mencionar en voz alta los nombres de los 43 estudiantes y finalizar con la frase que ha prevalecido estos tres años: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

El terremoto en México provocó que la pesadumbre, al menos de una década, derivara en la autogestión de la sociedad civil, en una participación en la toma de decisiones para contrarrestar la inercia del gobierno frente a este y otros acontecimientos. Sin embargo, la solidaridad puede ser una idea bastante sísmica: aparece cada tanto, cada 32 años. Como sugieren las voces más ecuánimes, para pasar del entusiasmo circunstancial a poner en funcionamiento un nuevo modelo de país, se requieren voluntad y esfuerzo persistentes.

En el México anterior a la sacudida, el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio reporta que 7 mujeres son asesinadas cada día. Más de 7400 casos desde 2012. Una situación que se hizo notoria en 1993, cuando las cruces pintadas de color rosa se convirtieron en el emblema de las “Muertas de Juárez”, las mujeres desaparecidas y luego asesinadas en la ciudad fronteriza. En la actualidad, los estados en los que se concentra esta forma de violencia son Estado de México, Guerrero, Jalisco, Chihuahua, Ciudad de México, Veracruz, Baja California, Guanajuato, Oaxaca y Puebla. Olvidar esta realidad sería, por decir lo menos, una inocencia.

Las posibilidades están sobre la mesa y, quizás, nos encontremos en el umbral de una transformación que no podemos pronosticar. Salir de la burbuja personal, aprovechar la experiencia acumulada, invertir tiempo en la propia educación, aprender a mantenerse dentro la legalidad, hacer de los espacios públicos lugares permanentes de pensamiento y debate, generar una auténtica agenda pública no mediática y crear foros para preservar una memoria prospectiva, que mire hacia el futuro, son algunos de los incontables asuntos pendientes que conlleva reedificar una ciudad —la que sea— y las relaciones que en ella se entretejen. Por lo pronto, la tabla para asirse es el deseo colectivo de colaborar que ha expresado un amplio sector de la población. Colaborar para hacer de México lo que alguna vez sugirió el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, “la casa que nos albergue a todos”. O, como dijo, para erigirla si es que nunca la hemos tenido.

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Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

 

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Soy periodista mexicana, ahora en Madrid y siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales por la Universidad de Zaragoza, España. “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo. Twitter @gloriaserranos
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