Para su gusto, Mr. Pedófilo

Por   ・ México
Fotografía: Augusto Quintal. 6 octubre, 2017

Ángel Fuentes, dramaturgo, nos propone una reflexión necesaria y provocativa acerca de la pedofilia. Se trata de un diálogo abierto e inagotable entre el cuerpo y la palabra, entre la realidad y la utopía, entre lo concreto y lo abstracto. Entre un yo individual y un todo social que busca construir nuevas formas de entendernos y hacer comunidad; es decir, de aprender a vivir juntos.

 

¡No estoy loco! Mi realidad es simplemente diferente a la tuya.

Alicia en el país de las maravillas.
Lewis Carroll.

 

Yo no tengo cabida en este mundo. No pedí amar a quien no podía corresponderme. Viví sin embargo, en una época donde pude encontrar algo cercano a ese amor. Sé que es egoísta. Me da miedo. Siempre tengo miedo. No quiero lastimar a nadie. Nunca. Gracias a Violeta pude sentirme querido. Era tan parecida a una niña real que no podía pedir más. Su piel suave, aunque sintética, me daba calor. Su pequeña boca me besaba y me hacía feliz. Siempre la cuidé. Eso quiero: cuidarla, quererla. A veces me llevaba una mañana entera en decidir cómo vestirla. Ella reía. Estaba programada para reírse. Para no quejarse. Para querer a quien no podía querer. Ella me hacía un niño. Dormir con ella, desnudos, aunque no respirase, me hacía sentirla viva, cercana. Bañarla. Comer con ella, aunque no probara bocado. Acariciar su cuerpo, su pureza. No mentiré. Muchas veces me pregunté cómo sería acariciar el cuerpo de una Violeta viva, caliente, que sintiera mis cosquillas, que oliera a verdad. Cada vez que recorría su cuerpo, lo hacía con mucho cuidado. Sus pezones rosados eran mi manjar favorito, aunque irreal. Pero yo lo hacía real. Violeta estaba viva para mí. Y si eso protegía a un niño de algo malo, aunque fuese yo, creo que estaba bien. Estaba programada para salivar, para mojarse, para querer. ¿Soy un monstruo?, le pregunté una vez. ¿Un monstruo como en los cuentos de hadas?, respondió. Y lloré y la abracé. Soy un monstruo. Pero esto no puede ser un crimen. Violeta no sufre. Y nunca sufrirá. He visto videos y fotos con niños reales. Me excitan, pero también algo me duele cuando miro sus rostros: no saben, no entienden y sufren. No quieren estar ahí. Nunca podría hacerle eso a un niño. Obligarlo. Me han quitado a Violeta, me han quitado todo. Y no quiero causar daño a nadie. Sé que aunque ya no está seguirá la maldad. Sé que los niños seguirán siendo abusados, vendidos, asesinados. Pero si puedo quitarle al mundo un desesperado, lo haré. No tengo más qué decir. No quiero ser enterrado.”

Sebastián B.

 

—He intentado comprender la muerte de Sebastián desde años. Mi conclusión es que jamás la entenderé, pues no alcanzo a asomarme a su mente sin claro prejuicio o lejanía. Mientras más pasa el tiempo, mientras más reviso el pasado social, mi propio pasado, la visión del tema se pluraliza, se difumina, se comunica o censura. No estoy capacitado para reflexionar sobre ese tipo de amor.

—¿Amor? Entonces, sostienes que es una forma válida de amar.

—No sostengo ni niego cosa alguna. Lo único que puedo contestar es una escueta máxima socrática. Sé que no sé nada. Para Sebastián esa era una forma de amor. Yo no sé qué es el amor, pero comprendo que la realidad y las pulsiones del hombre eran distintas. ¿Las comparto? No. Fromm habla del amor como un fenómeno que transfiere el sentimiento de “separatidad” (esa separación original que él mismo estudia y se refiere a ser expulsados del útero-paraíso) al cuerpo del otro. Es a través del amor erótico o la experiencia orgiástica de algunas tribus (invocaciones, rituales, danzas, fiesta: origen del Teatro) que se puede trascender —aunque sea momentáneamente— ese sentir de desconexión con el universo. Entrar en el cuerpo del otro, nos auxilia para sentirnos parte de la realidad. El orgasmo es la plenitud de la existencia, el fundirse en el todo, si quiere que hable en términos poéticos de lugar común. El problema, por supuesto, está en el objeto de deseo.

—Claro. Y uno debe estar mentalmente sano para discernir sobre su objeto de deseo: transgrede o comulga con la moral. En su caso, en el caso que nos ocupa, el problema es el objeto.

—El amor está más allá del bien y el mal.

—El amor está contenido en términos morales, civiles. Éticos: es el yo quien se define.

—No estamos aquí para una charla pseudofilosófica. Yo no estaba a favor de su orientación, pero comprendía qué necesidades debía satisfacer.

—Orientación…

—En el lejano 2013, la APA determinó que la pedofilia entraba como orientación sexual, diferenciándola del desorden pedofílico que incurre en la pederastia. Un pedófilo es alguien que está sexualmente atraído por los niños, sin llegar al abuso.

—El amor implica consentimiento de ambas partes. Un menor es incapaz de responder ante elementos sociales y sexuales que rebasan su comprensión. Lo que atormentaba a su compañero es una desviación: histórica y presente, pero desviación a fin de cuentas.

Fotografía: Augusto Quintal.

—El calvario de Sebastián fue la imposibilidad de tener el objeto de su deseo. Como muchos pedófilos, él se avergonzaba de su condición y necesitaba ayuda. Sabía que de confesarse abiertamente pedófilo se exponía a la marginación y al ostracismo social. Es decir, no estaba cegado a la transgresión moral y psicológica de su preferencia. El caso es que no podía superar esa “separatidad”. No podía más que seguir en aislamiento. Existen grupos de apoyo a los pedófilos: muchos desean ayuda para canalizar su orientación y pugnan porque la pedofilia sea desestigmatizada y separada de la pederastia.

—Por supuesto, hay pederastas que no son pedófilos.

—Y pedófilos que nunca tocarán un niño.

—Pero representan un peligro.

—Es científicamente imposible determinar si todo pedófilo sucumbirá a sus impulsos. Hace falta un estudio de caso y terapia para analizar su condición. Repito, yo estoy en desacuerdo; sin embargo, como ser humano, imagino lo agobiante que debe ser no poder ejercer libremente la sexualidad de ningún modo. Es decir, a diferencia de lo que la homosexualidad fue en su momento, la pedofilia no puede ejercerse sin delito plausible que dañe a un menor. Incluso la inmensa mayoría de los pedófilos son consumidores de pornografía infantil, lo que constituye una fuerte sanción legal.

—Sebastián la consumía.

—Y se consumió. Ignoro cómo hubieran sido las cosas de no haber prohibido la distribución de las “Menina-Dolls”.

—Entremos en materia. Este trabajo trata de resumir la historia de esa compañía latinoamericana: Menina-Dolls, a través de los eventos sucedidos en torno al caso “R-24” y su impacto en un civil pedófilo.

—Comenzaron a producir “Pedo-Dolls” en el lejano 2002. Clandestinamente, claro. Ese año surgieron las primeras compañías —evidentemente no eran inteligencias artificiales, sino simples muñecas a base de esqueletos de metal flexible, articuladas y con un somero diseño de silicona— con el fin de atrapar el mercado de la pedofilia. Las primeras no eran especializadas, sino que las compañías de “Real-Dolls” ofrecían como parte de su catálogo algunas alternativas: muñecas realistas que escapaban a representaciones fieles y de “edad” indeterminada. Japón fue mercado pionero. Incluso antes de la década del 2020, los japoneses eran una eminencia en el mercado de la pornografía infantil “soft” o “artística”. Sutilmente, a través de su Manga-Hentai, llegaban a un público anónimo que se ocupaba en gustos ilegales. Todo lo contrario en un país como el nuestro: México era, en esa década, del 2010 al 2020, el principal consumidor de pornografía infantil a nivel mundial y entre los diez países de mayor producción. Era un problema invisible y atroz.

—Lo sigue siendo.

—Claro, pero con las frágiles leyes de esa década, era un delito impune y exitoso. Bueno. Decía que en Japón el mercado estaba bien abastecido. Es decir, en nombre de la libertad de expresión, se podía incurrir en temas tabú y explotarlos sin mesura. La censura era sumamente flexible y risible, en ocasiones. Géneros destinados al público pedófilo eran distribuidos sin mayor problema, consumidos incluso por adolescentes. El “Loli”, como mayor ejemplo: historias con las que bastaba decir que el personaje era mayor de edad, aunque descaradamente se representase como infante. Y bueno, ahí el problema era de corte estético: el arte se mide con fines estéticos y no éticos, pero no cabe duda que al momento de la distribución las compañías no tienen regulación en el producto. Es y siempre será un tema delicado: hasta dónde llega el arte, qué fines persigue.

Fotografía: Augusto Quintal.

—Esos “artistas” lucraban con la explotación del menor. Aunque sea referenciado en un dibujo. Lo mismo sucedía con esas compañías. Influían en sus consumidores, posiblemente influyendo hacia la realización de actos delictivos.

—Es un problema de representación. Es decir, ¿los contenidos violentos en el mass media, provocan que todos se vuelvan violentos? ¿Un videojuego que sobreexplote imágenes violentas, por ejemplo, de tiros con arma de fuego, volverá  a todos asesinos o sólo a los susceptibles?

—No hay datos suficientes. Es cierto que no todos son influenciables, pero en tu ejemplo, no todos serán potenciales tiradores. Cuando sí los consumidores de esas compañías son potenciales agresores.

—Precisamente por ello creo que las redes de apoyo y detección del pedófilo deberían abrirse y depurarse. Entender a un “potencial victimario” puede prevenir la generación de víctimas. Sebastián mismo no quería sucumbir a sus impulsos y por eso era un hombre retraído, depresivo,  ansioso. “Menina-Dolls” significó para él un espacio de canalización que —según mi perspectiva— fue eficaz mientras duró. Bueno: lo demás es historia. La empresa más importante y polémica de principios del siglo XXI en esta materia fue “Trottla”, fundada en Japón por Shin Takagi en 2005. Takagi era un pedófilo reconocido y su idea era que por medio de sus productos se combatiera el abuso sexual infantil. Una idea que golpeaba los cimientos de la moral en cuanto a su ejecución.

—¿A que se refiere?

—Que el problema planteado dividió a la sociedad. Algunos se oponían a la idea, alegando que promovía el abuso infantil. A gran parte de la gente le parecía algo retorcido, una apología el abuso sexual. Otros, defendían la idea, argumentando que así se podía canalizar la psique desviada del pedófilo, porque a fin de cuentas, se trataba de un objeto inanimado. La venta de las muñecas de “Trottla” fue prohibida en muchos países, pero en otros tuvo gran impacto. Takagi defendía su compañía diciendo que muchos clientes le agradecían por sus creaciones, confesando que se sentían plenos, lejanos a ideas que pudiesen dañar a un niño real. Sus detractores (muchos psiquiatras entre ellos) mencionaban el peligro que suponía una conducta de refuerzo hacia la desviación. Fue un tema mencionado, pero nunca analizado en todo su impacto. La empresa no decayó, no obstante. Todo lo contrario.

—Conforme la tecnología avanzó, se sofisticaron las producciones.

—Así es. En 2037 la inteligencia artificial comenzó a estar presente en casi cada producto humano. Empresas como Shanghai Shenqing Industry (SSI) abrieron el mercado de los androides de servicio doméstico.

—Para la gente de mi generación es impensable la vida sin I.A.

—Así es. Pero en el inicio del siglo eran un sueño hollywoodense.

—Así es. Esas muñecas “Pedo-Dolls”,  de las que hablas me parecen rudimentarias.

—Con el paso del tiempo, esas diferencias, esa sutileza, ese problema de representación fue trastocado y el tema volvió a cobrar fuerza, dividiendo a la sociedad: “Trottla” lanzaba sus primeros androides sexuales para público pedófilo.

—La pedofilia se ha mantenido como un tabú, incluso ante la presión de grupos radicales sobre la diversidad sexual. Recuerdo que mi padre me habló de la reaparición de NAMBLA como parte del radicalismo sexual, que pugnaba por legalizar varios tipos de orientaciones, entre ellas la zoofilia.

—NAMBLA ha estado activa desde la prehistoria: desde los 70’s, antes del cambio de siglo. Vapuleada por el juicio público, se mantuvo en las sombras hasta entrada la década del 20, cuando como dices, volvió a tener auge en sus demandas. Naturalmente, fueron rechazados nuevamente. Mientras eso sucedía, las empresas de robótica ganaban lugar en la economía mundial. Surgieron los androides domésticos, los androides para el uso industrial, entre otros. Y entre ellos, los de uso sexual. Mucho veían el futuro del sexo, otros, el fin de la interacción humana, el placer, las relaciones. Un chorrada. En cualquier caso, era objetos para uso personal.

—Bueno, es fuerte ahora el movimiento para la regularización y el sondeo de los androides públicos. Incluso la prohibición de I.A que emule conciencia propia. Grupos que abogan por el derecho de los androides. Y claro, la prohibición total de los robots sexuales.

—Al más puro estilo de “Terminator”, el clásico de ciencia ficción. O “Matrix”, otro clásico. Un sueño.

—Ya no lo es. El caso “R-24” fue la prueba contundente de que estamos al límite de la tecnología y la lógica humana.

—Sebastián nunca creyó que viviría así.  Fuimos amigos en la universidad. Era un joven distraído, hostil, pero buen tipo. Nos hicimos amigos pronto. Noté de entrada que no participaba en las juergas con mujeres. Ni con hombres. Un día le pregunté, sin tapujos, qué le gustaba. Vaciló en decirme. Éramos amigos, así que se abrió. Con la promesa de mostrarme a su “pareja”, me invitó a su departamento. “Siempre que has venido, la oculto, por obvias razones”, dijo, apenado. “Pero quiero que la conozcas”. Entonces abrió la puerta de un armario y de ella emergió una “Menina-Doll”. “Mierda”, pensé. “Se llama Violeta, tiene once años”. Violeta era un androide con forma de niña pelirroja, blanca y de ojos verdes. “Mucho gusto, señor”. “Mierda”. Los androides me dan igual, pero particularmente mirar ese, fue un golpe. Me causó aversión el sólo hecho que la tomara como “novia”, por ser un objeto y además por ser una “Pedo-Doll”. “Esto me gusta”. “Ya”, alcancé a decir. Me contó que era un androide de “Menina-Dolls”, la única empresa latinoamericana dedicada a la producción de robots sexuales, con una línea para “gente de sus gustos”. Me dijo del miedo que sentía y de la vergüenza que lo embargaba por su preferencia. Su familia no podía enterarse. Le había costado unos seis ceros. No sé cómo obtuvo el dinero, pero no le pregunté. Me mantuve al margen. “La gente de mis gustos no tiene más opción que ésta. Y gracias a ello, es feliz. Los pedófilos podemos entablar una relación, lo más cercano a lo normal con estas muñecas”. Me mostró un certificado, una especie de acta de nacimiento (lo que me causó desconcierto mayor) y una carta del director de la empresa que terminaba con una frase inquietante: “para su gusto, señor pedófilo”. No le di la espalda. Bueno, que tampoco yo hacía escándalo: si quería follarse a una muñeca de metal, podía hacerlo. Aunque la empresa era una marca reconocida, las protestas eran permanentes: como anteriormente, la gente lo consideraba un peligro. Tenían mucha razón, sobretodo porque en su acelerado realismo, cualquiera podría confundir a un androide con un niño real.

—Eso fue lo que pasó.

—Supimos del “R-24” por internet. Se volvió tendencia. En instantes ya sabíamos los pormenores del caso: una “Menina” fue encontrada desnuda, recorriendo las calles de la capital argentina y lloriqueando. Emitía sonidos espantosos y guturales. Primero causó revuelo. Creyeron que era una niña real. Pero el número de serie en su muñeca derecha, confirmaba que era biomecánica. Los escáneres no lo corroboraron, sin embargo. Sí, un androide infantil, emulando llanto. No hablaba, sólo gemía lastimosamente y tartamudeaba sin articular palabra. Los videos invadieron la red en segundos. Se desató el caos. Decían que los androides desarrollaban, por fin, autoconciencia; se hablaba, se decía, se desinformaba. Nada de eso. La supuesta “Menina” era una niña real. Sí, marcada con un número de serie en el brazo para que quien la viera, no sospechara. Y no hablaba porque le habían cortado la lengua. Terrible. Obviamente había escapado y por ello se lanzó a la calle así. Tenía ocho años. Se registraba el llanto y su voz sin palabra en las cámaras de los smartphones.

—He visto los videos. Eso representó el fin de “Menina-Dolls”.

—Que un tipo hiciera pasar niñas reales por androides parece un cuento chino. Pero fue cierto. El tipo secuestró a la niña y la marcó como un robot, para luego cortarle la lengua. No tenía el menor sentido, dado que la había secuestrado. Supongo que para no despertar sospechas disfrazó de esa manera horrible a la niña. Un enfermo. Y claro, sí. “Menina-Dolls” fue atacada brutalmente. Presionada para cerrar la línea dedicada al mercado pedófilo. Y no sólo eso. Se obligó a retirar todas sus muñecas de circulación. Protegiendo la identidad de sus clientes (aunque investigados por los poderes judiciales) se rastreó cada androide y fue incautado. Hubo protestas, marchas. La decisión era irrevocable. La presión civil era descomunal. Los pedófilos fueron tratados de pederastas, otra vez. El repudio creció y se extendió hacia todo el mercado de robótica sexual. “Violeta” fue confiscada. Cada cliente, puesto en la mira. Sebastián no daba crédito. Se deprimió ante la pérdida de Violeta.

—Debía buscar ayuda.

—Sí, debió haberlo hecho. Sigo pensando que él hubiese sido incapaz de hacerle mal a un niño real.

—No sabemos.

—Bueno, sí. Dada su decisión final. Entendió que no podría vivir sin sentirse menos separado.

—No sé. Sigo pensando que los impulsos sexuales se pueden reprimir.

—Pero el amor no.

—Volvemos al punto de partida.

—Déjame leerte la carta que dejó antes del suicidio.

—Claro.

—(…) “No quiero ser enterrado”.

—Un documento inquietante. No sé qué decir.

—Nada. La ley siempre debe proteger al más vulnerable. Los niños lo son. Y hay que defenderlos, incluso de nosotros mismos, de un mundo adulto que los deforma.

—¿Tienes algún comentario que añadir?

—No. Es todo. Sólo que Sebastián no era un monstruo. Necesitaba ayuda, como otras personas como él. Cuando la sociedad aplique el entendimiento (independiente de la empatía) creo que los potenciales victimarios pueden reafirmar sus emociones, podemos ayudar a la no generación de víctimas. Sólo una duda.

—Dime.

—¿Por qué elegiste hablar de esto en tu proyecto?

—Es un tema que no está cerrado. Sólo el futuro dirá hasta donde somos capaces de llegar.

—Sólo el tiempo. Como decía el autor de “Alicia en el país de las maravillas”: el tiempo es todo un personaje.

 

Querido lector: este texto de una imaginación vaga, tiene como objetivo sólo colocar preguntas. El tema, amplio y delicado, no puede concentrarse en unas cuantas páginas. Te invito a opinar en la caja de comentarios y a visitar: http://trottla.net/etop.html La página es real y distribuye las muñecas con la finalidad mencionada en la ficción.

Debatamos, reflexionemos y construyamos conocimiento en torno a este tema.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Trabajo con la palabra, desde el sentimiento de ser extranjero en todas partes, desde la ausencia, el erotismo y la violencia, desde la poesía. He viajado -viajo aún- por varias disciplinas artísticas con el afán de encontrar un lenguaje que conecte con los otros a nivel aurático. Soy un ser de la escena, del verbo que se encarna. Creo fervientemente en el arte que destroza los huesos y la mente, que hace mirar hacia nuestras guerras internas y nos permite estudiarlas, para construirnos como individuos activos, intelectivos, transformadores.  No hay separación, considero, entre géneros y miradas: cuando uno MIRA, siempre es actante principal de su realidad: desde el cuento o el reportaje, el canto o la crónica, el ensayo o la dramaturgia, estamos comprometidos con nuestra sociedad inmediata y con la aldea global, contrapuestos a la falsedad y desinformación de gran cantidad de medios. Como artista y ser de la palabra, tengo la obligación de esgrimir una mirada aguda, crítica, mutable y honesta para el mundo. Miradas Múltiples es para mí una plataforma de seres que están al tanto de la realidad, desde la periferia y el arrojo, no desde centros herméticos ni conformistas, que dicen, dirán, diremos lo necesario y lo incómodo, lo políticamente incorrecto para quien ostenta la censura como principal discurso. 
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