19 – S: El día en que la sociedad mexicana se volvió convivencial

Por   ・ México
Fotografía: Miradas Múltiples 19 octubre, 2017

El sismo que afectó al centro de México el pasado 19 de septiembre dejó en claro dos cosas: Primeramente que la crisis que vive el país no es recurrente, que aún hay brotes de altruismo y que la sociedad civil -no obstante lo compleja que aparezca- puede auto-organizarse sin necesidad de liderazgos políticos, ideológicos o comerciales. En segundo lugar, brindó un diagnóstico preocupante sobre los límites de nuestra dependencia tecnológica e institucional en escenarios límite. Es aquí es donde quisiera detenerme.

Desde el minuto posterior al sismo, las comunicaciones móviles se colapsaron ante la cantidad de usuarios conectados que intentaban averiguar el estado de familiares y amigos. El efecto fue el de un incremento de la incertidumbre y de la preocupación pues, acostumbrados a la inmediatez de las llamadas, la imposibilidad para conectarnos nos llevó durante un buen rato a vivir de nueva cuenta en un mundo silencio, un mundo para el que ya no estábamos preparados.

Al poco rato las labores se suspendieron y esto provocó una avalancha de desplazamientos que saturó las avenidas principales de la capital del país y otras ciudades del centro. Durante horas, millares de automóviles permanecieron inmóviles, en algunos puntos incluso a merced de bandas criminales que asaltaban a sus ocupantes ante la mirada atónita del resto de varados quienes, desde sus islas, no podían hacer más que testificar el infortunio ajeno. Luego las telecomunicaciones comenzaron a fluir y los primeros documentos gráficos del siniestro aumentaron la angustia. Algunos optaron por dejar sus vehículos o el transporte público en el que viajaban para seguir su ruta a pie al ver que, entre ese caos, lo único que fluía eran peatones y ciclistas. Pronto, la gente se movía entre los autos como agua entre las grietas de un terreno árido, mientras contemplaba en las pantallas de sus celulares la caída de edificios o los primeros testimonios de hongos de humo y polvaredas grabados por aficionados. De la autoridad, poco. La información no era oficial.

Fue en esa primera hora de caos que la complejidad se organizó, pero no en virtud de las estructuras ni de los dispositivos institucionales, sino en función de competencias básicas como la de la vuelta a la movilidad no motorizada, la de la espontaneidad ante la contundencia de la catástrofe que se abría frente al viajante o la de la capacidad de sacar provecho a los medios emergentes (como teléfonos móviles), misma que permitió hacer de las redes sociales algo más que plataformas para la frivolización de contenidos.

Como en 1985, la “sociedad civil” -ese conglomerado atípico de individuos “de a pie”, de “nómadas urbanos” u hombres aparentemente “sin atributos”- que accidentalmente pasaba frente a los inmuebles colapsados, fue la protagonista de un orden emergente; de un orden que vio en la técnica habitual, en las instituciones habituales, en los procesos racionalizados y en las estructuras sobre las que cotidianamente se movía, más un obstáculo que una ventaja. Al momento el caos, los miembros de ese colectivo se vieron reducidos a las posibilidades que su propio cuerpo, las cosas que llevaban o lo que estaba cerca, les abrían. El sismo dejó al descubierto una fuerza oculta que remediaba aquello que la tecnología, la política y la infraestructura no habían podido contener.

Ante la evidencia de la catástrofe el ciudadano de pronto descubrió que tendría -y más aún que podía- usar la propia energía para modificar su suerte; que no necesitaba de un motor para moverse más eficientemente, que la maquinaria llamada “pesada” le era inútil, que los dispositivos de información tenían ciertos límites y que podían sí, darle ciertas indicaciones pero, también, perderlo en la marea de datos que ya comenzaba a subir. Estaba solo, dependiendo de una tecnología incipiente y haciendo frente a la naturaleza básicamente con lo que su propio ser le permitía operar.  Manos, pies, palas, picos, lentes de seguridad, malacates, carretillas, bicicletas: Herramientas que el filósofo Ivan Illich no hubiese dudado de calificar como “convivenciales”, se elevaron desde un rol siempre anónimo -por no decir anodino- hacia un claro protagonismo.

Pero ¿qué implicaba el fenómeno?

Pues curiosamente la aparición de una situación límite y, luego, la conciencia de que en ese contexto los dispositivos a los que habitualmente servimos no resultaban ser de mucha ayuda e incluso  llegaban a obstaculizar. Al momento de asociarnos con nuestros semejantes y realizar tareas de rescate la mayoría desaparecieron. El automóvil nos inmovilizaba, cierta ropa se presentaba como inadecuada y nos contenía, las tecnologías de información comenzaban a desinformarnos, la infraestructura urbana se volvía de pronto un obstáculo y las máquinas altamente energéticas resultaban peligrosas.

¿Qué quedaba?… librarnos del despotismo técnico y volver a controlar nuestras herramientas, regresar al trabajo pre-moderno. Devenir en sociedad convivencial.

Ivan Illich fue un pensador fuera de serie, un visionario que desde los años setenta anticipó la inoperancia o el carácter contraproducente de la tecnología industrializada y universalmente emplazada por el mercado. Productos que desde entonces ya fetichizábamos, que considerábamos como una especie de panacea para el progreso o desarrollo y a los cuáles comenzamos a servir irreflexivamente. Curiosamente para este pesador de origen austriaco el mayor obstáculo para las sociedades era precisamente el depender la tecnología pues pronto comenzaríamos a trabajar para ella a costa de nuestras relaciones, de nuestro futuro y del medio ambiente como sistema madre.

El balance ideal -pensaba- estaba en desarrollar dispositivos que pudiésemos controlar nosotros, no que -contrariamente- nos controlasen.

El terremoto sacó a la luz consecuencias fatales de nuestras dependencias en sentido de un desarrollo meramente basado en lo económico:

En un primer lugar supimos que las edificaciones modernas sufrieron -y causaron- más daños que las antiguas. La razón es que aquellas estaban destinadas a ser más productivas, es decir, a generar mayor ganancia a menor costo mientras que las otras estaban destinadas a ser eficientes y a adecuarse al entorno.

En un segundo punto atestiguamos las consecuencias de la vorágine gentrificadora realizada en el llamado Corredor Roma- Condesa1 durante los últimos años pues este barrio presentó el mayor número de inmuebles afectados al estar pensado bajo la lógica estricta de la ganancia económica aplicada a partir de la creación de sitios de esparcimiento y la prestación de servicios turísticos. En este caso no cuesta darse cuenta de que lo importante no era generar condiciones de vida sino simplemente alojar gente. Se percibió la forma en cómo la especulación ante la sobre-demanda educativa llevó a escuelas como el Colegio Rébsamen2 a construir en forma irregular sus instalaciones demostrando que la educación no es sino un negocio basado en números y flujos de alumnos. Finalmente, quedó clara la urgencia por incrementar ganancia a partir de la reducción de costos. Esta fue la causa de que maquiladores sin escrúpulos mantuviesen costureras hacinadas en espacios no aptos3 para ciertos aforos de personal y maquinaria. Producir más con menos: Una lógica que se contagia desde el llamado “Primer Mundo” hasta las estrategias de negocio más básicas y localizadas.

En tercer lugar, se apreció la forma por la que las estructuras políticas, en su anquilosamiento y tendencia al cálculo electoral, tomaban posiciones relacionadas más con su imagen que con la solución de problemas. La reacción de diversas instancias de gobierno fue disímil y apareció de nuevo -tal como en el ochenta y cinco- como una especie de simulación en la que lo que contaba era “salir en la foto” ya entregando víveres, ya haciendo declaraciones pero siempre sirviéndose de la herramienta mediática tradicional (televisión) y, muchas veces, adjudicándose los créditos del trabajo realizado por actores sociales no identificados. El lenguaje y los medios oficiales cumplieron la función de una herramienta hegemónica que, basada en el eufemismo, la corrección política y la escrupulosa selección de contenidos pretendía catalizar la desesperación y el descontento social ante las instituciones. Lo cierto es que en muchos casos el efecto fue contrario a la intención. México salió adelante más como sociedad que como construcción artificial y artificiosa. Los héroes fueron colocados en pedestales sí, pero no se trató de héroes sacralizados por el logotipo partidista o la filiación ideológica sino por las propias prácticas que los distinguían: arquitectos e ingenieros que verificaban infraestructura, abogados que brindaban asesoría legal, colectivos ciclistas que fungían como sistemas logísticos, restauranteros que se convirtieron en proveedores de viáticos, ferreteros o comerciantes que apoyaban con material, artistas que buscaban catalizar la pena en esperanza… todos haciéndolo gratuitamente, todos como llamados por el instinto de preservación, todos actuando convivencialmente al margen de la utilidad y el crédito.

Quizá esta última fue la parte más emotiva y la que dio mayor pie a la difusión por parte de medios alternativos. Éstos, por un lado, hacían virales las acciones sociales y por otro denunciaban la incapacidad institucional; por una parte servían de vínculo entre sectores de la sociedad civil y por otra como factores de escisión con respecto a los órdenes de gobierno. La política nacional buscó sacar provecho a los estragos de la tragedia, pero la fuerza de la respuesta comunitaria no lo permitió.

Conforme avanzaron los días surgieron las preguntas sobre las causas y sobre las razones; sobre el por qué habíamos tropezado con esa misma piedra con la que 32 años antes nos habíamos caído. Las autoridades locales de la Ciudad de México y de los estados conurbados así como el Gobierno Federal comenzaron a responder en forma balbuceante. Una serie de irregularidades que emanó de los permisos, de las concesiones y de la revisión del cumplimiento a normativas urbanas aparecieron como la constante a la que las autoridades buscan hasta la fecha imponerse para salir airosas o, por lo menos, de pie ante la perspectiva del año electoral que se avecina. Todo lo que el gobierno ha hecho hasta el momento no deja de tener tientes de promoción y se ha manifestado en función del mantenimiento de un sistema creado a partir de instituciones que se promueven de una forma pero que operan de otras muchas: ninguna de ellas en pro de la verdadera reconstrucción de la infraestructura y mucho menos de la de un tejido social que, hoy más que nunca, está deshecho y presto a cobrar la factura.

El pasado 19-S abrió grietas. De unas de ellas: negativas, emanó tragedia y podredumbre mientras de otras: -positivas- surgió esperanza, nuevas formas de trabajo y modos alternativos de relacionarnos con aquello que día a día nos permite realizarlo. Hubo también grietas indiciales que nos permitieron percibir la distancia entre las instituciones para la gente y las acciones de la gente misma; grietas que mostraron los límites de nuestros artefactos y el peligro de la fe que en ellos depositamos en el cotidiano…

Quizá sea prudente quedarse con el repertorio de las últimas. De las primeras no nos libraremos nunca, pero a partir de los efectos positivos podemos eventualmente ir pensando en inocularnos de la dependencia del sistema para fortalecer nuestra capacidad convivencial.

[1] Una zona de alta plusvalía en el centro de la capital mexicana que en la última década fue ejemplo del cambio de uso de suelo en la capital del país.
[2] Inmueble colapsado en el que las víctimas fueron mayoritariamente niños que estaban a punto de salir de clases.
[3] Sin salidas de emergencia, sin garantías de seguridad o incluso una lógica ante contingencia.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

Comparte: 19 – S: El día en que la sociedad mexicana se volvió convivencial

por

México

Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
Contacto

Ver artículos relacionados