En la superficie de la existencia

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Imagen: Adela De Anda Paz, madre de Carmelo Cervantes De Anda. 3 diciembre, 2017

“Que la idea de la muerte no me distraiga de lo que estoy haciendo, porque lo que va a quedar es lo que uno haga de vivo”, Gabriel García Márquez.

 

Las crónicas periodísticas. Los testimonios de miradas extraviadas. Las imágenes de una realidad insuperable. Los videos documentando la muerte, nutriendo el morbo, generando clickbaits. Las protestas masivas en las calles. Los memoriales en papel, en piedra, en canción, sobre tela. La contabilidad, la estadística, el recuento, el espectáculo. El exceso. La soledad. La tristeza. Y la noción del tiempo.

Siendo corresponsal en la revolución de los claveles, Ryszard Capuściński describe esta sensación que tuvo cierto día, en Luanda:

“Consulté el calendario, puesto que ya no tenía noción del tiempo, o mejor dicho, para mí el tiempo había perdido toda medida y divisibilidad, disipándose y desvaneciéndose como el fibroso vaho de los trópicos. El tiempo concreto había perdido su significado, hacía mucho que para mí no tenía ninguna importancia si era el día diez o el día veinte, miércoles o viernes, las ocho de la mañana o las dos de la tarde. Mi vida transcurría de acontecimiento en acontecimiento, dirigiéndose de una manera difusa hacia un destino no menos difuso”.

Así pasa en condiciones de guerra. Aunque de este lado recibimos más noticias de la Feria del Libro de Guadalajara —porque la ciudad invitada es Madrid— en México también existen personas cuyas vidas transcurren de acontecimiento en acontecimiento, de ausencia en ausencia, de sinrazón en sinrazón. Personas para las que el Black Friday o la presencia de Paul Auster en la FIL 2017, por ejemplo, han dejado de tener cualquier importancia.

Personas como Adela De Anda Paz, que vive en la ciudad de Xalapa, en Veracruz, y es la madre de Carmelo Cervantes De Anda, estudiante de arquitectura —de nacionalidad mexicana y española— que desapareció la noche del 3 de agosto de 2012 y desde entonces nadie sabe dónde está ni qué le sucedió. También, desde entonces, Adela ha perdido toda medida y divisibilidad del tiempo. O mejor dicho, su tiempo permanece estático en esa fecha, en los detalles minúsculos de la desaparición de su hijo, en las versiones contradictorias de los testigos, en algunos objetos personales, en escenas que no olvida.

Carmelo Cervantes De Anda.

Carmelo Cervantes es uno de los más de treinta mil desaparecidos que ha dejado —hasta el momento— la guerra contra el narcotráfico. En el estado de Veracruz suman alrededor de tres mil denuncias. En conjunto son sucesos, cifras, denuncias, indignación, dolor, impunidad, injusticias que algunos periodistas y defensores de los derechos humanos intentan visibilizar, a pesar de la censura estructural a la libertad de expresión y del peligro que implica desafiar a un sistema corrompido y corruptor hasta la médula. El cronista Javier Valdez fue asesinado por contar la violencia en Sinaloa. Desde el año 2000, más de cien comunicadores han terminado igual: asesinados.

Sin embargo, “incluso en la muralla más compacta se abre una grieta (o al menos tenemos esa esperanza, cosa que ya significa mucho). Aun cuando nos da la impresión de que ya no funciona nada, algo sí lo hace y nos proporciona un mínimo de existencia. Aunque nos rodee un océano de mal, siempre emergerán de él islotes verdes y fértiles. Se ven, ahí están, en el horizonte. (…) como las ramas de un arbusto que creciese en la costa, para oponer resistencia a los remolinos que nos tiran hacia el fondo. Esa grieta, ese islote y esa rama nos mantienen en la superficie de la existencia”.

Esto nos dice Capuściński en Un día más con vida (Anagrama, 2003). Y es la misma idea que hoy quiero contagiarles: la urgencia de convertirnos en grieta, islote o rama para mantener en la superficie de la existencia a mujeres como Adela De Anda y a todos aquellos que son víctimas de hechos infames. Ser grieta, rama o islote significa, en estas circunstancias, hacer algo tan instintivo como tender la mano, no permanecer indiferentes ante el sufrimiento, manifestarnos las veces que se requiera, exigir que se cumpla la ley. Es decir, verbalizar, alzar la voz para que la tragedia de tantas personas no quede sepultada bajo el peso de la desinformación en las redes sociales y de la desmemoria de las sociedades contemporáneas.

Sin que sea preciso conocer la biografía de Carmelo Cervantes, significa asumir un compromiso con la narración de la historia que juntos escribimos. Sin que sea preciso ser mexicano o español, significa dejar la parsimonia y decantarnos por lo que sabemos es correcto. Y hacer de nuestros actos —como sugería el filósofo Tzvetan Todorov— un elogio a la insumisión por encima de cualquier frontera para rechazar la mordaza que viene desde arriba, la muerte por imposición.

Para recuperar el valor de un concepto tan vapuleado como la dignidad humana.

Díganme ingenua, pero significa apelar a la bondad en los términos del escritor ruso Vasili Grossman: “La bondad de un hombre para con otro hombre, una bondad sin testigos, pequeña, sin grandes teorías”. Una bondad que oponga resistencia, que nos mantenga a flote o, si prefieren, que nos salve de terminar ahogados, todos, en ese océano del mal que en ocasiones parece el mundo.

 

Prohibida su reproducción.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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España

Soy periodista mexicana, ahora en Madrid y siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales por la Universidad de Zaragoza, España. “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo. Twitter @gloriaserranos
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