Una nueva forma de inmolación

Por   ・ México
Fotografía: Miradas Múltiples 19 diciembre, 2017

Caos y orden en las sociedades contemporáneas


“Hoy creo firmemente que la enfermedad global llamada “desarrollo” amenaza con hacer irreversible el agotamiento de las fuentes de donde abreva dada la fe que el ser humano ha depositado en sus “bondades”, como la acumulación y la búsqueda obsesiva del estatus. Pronto, anticipo, nos ahogaremos en las pertenencias que hemos obtenido a costa de TODO lo demás y el mundo no será sino un enorme basurero de excedentes”.


 

En un principio fue el Caos y nosotros navegábamos a la deriva en sus inciertas aguas. Conscientes de nuestra debilidad tuvimos que apelar a fuerzas superiores para prevalecer y superar la contingencia a la que la naturaleza nos había destinado.

Entrar en contacto con un Orden natural, no obstante, supuso una forma pre-moderna de inversión en la que el pueblo, de manos del sacerdote, entregaba a una deidad cierta pertenencia que le era querida, necesaria o estimable: una paloma, un buey, una oveja, un guerrero o una doncella; todo para obtener en retribución una cuota de certeza o un bien mayor: una gran cosecha, un tiempo propicio para navegar o simplemente un día sin dolor. La idea era dar para recibir.

Con la llegada de la modernidad fue el Orden el que generó nuevos niveles de Caos pues quisimos hacerlo común, incrementarlo y llevarlo a niveles superiores (bienestar le llamamos). Mediante la sustitución de la idea de Dios por el emergente vocablo “desarrollo”, las formas de inversión se hicieron más personales en aras de hacer común el orden; más racionales en términos de extender su sentido y más productivas buscando generar nuevos niveles para referir al mismo.

En el afán por lograr una mayor acumulación (evidencia clara de que las cosas se hacen en conformidad con el nuevo credo) resultó ser que nosotros mismos, como sujetos, nos ofrecíamos como víctimas propiciatorias en un rito que no vimos venir. Ya no se trataba de una inmolación de las que requieren altares, no; el asunto llevó a la negación permanente y al consecuente sacrificio de nuestra propia libertad en aras de un “deber hacer” para “poder tener” y “permanecer” en la ruta de ese Orden que cada vez se hacía más etéreo, más líquido. De este modo el tiempo, el espacio, las ideas, los objetivos, las relaciones interpersonales, nuestro ocio y hasta la cultura en sí misma se volvieron moneda de cambio o eso que habríamos de ceder en lo sucesivo para poder obtener más y mejores “posesiones”, vías más llanas hacia el progreso o simplemente la idea de que estábamos en crecimiento.

Mediante la nueva forma de sacrificio nosotros –hombres de nuestro tiempo– pudimos proyectarnos finalmente como “alguien” en una sociedad que se construía a partir de identificadores comerciales. Prescripciones.

La tribu originaria derivó en sociedad de consumo y la idea de vida en comunidad se tornó en una individualidad condicionada por un sistema de méritos y parámetros.

A muchos nos pareció que el proceso resultaba justo, que finalmente teníamos la opción de “ser” y que lo único que se nos pedía era “trabajar” en formas y estilos pre-establecidos. Pero de pronto tuvimos información que nos alertaba diciéndonos que eso que estábamos buscando -tan afanosamente- resultaba tan o más inasible que los dioses antiguos y tan o más contingente que esa naturaleza que otrora nos doblegaba. La sociedad de consumo se ve, ahora, asentada en un terreno incierto que día a día amenaza con hundirse más.

Fotografía: Gloria Serrano

Llegó la hora de hacernos de un nuevo “becerro de oro” al cual rendir culto ante la incerteza. Llegamos al punto de cambiar el rito y buscar nuevas víctimas propiciatorias.  Parafraseando a Latour: “Nunca hemos sido modernos” y hoy, como antes, el sacrificio debe ser el punto de partida en la nueva relación del hombre con sus dioses; con los elementos que asegurarán su permanencia en la tierra.

Actualmente la historia hace un bucle extraño y, como solía ser en la antigüedad, el pasmo ante un entorno bio-físico incierto se vuelve motivo para regresar a la idea del sacrificio ritual y ofrecer holocaustos mediante una forma invertida del proceder desarrollista. Urge una forma de inmolar que lleve sí al desprendimiento, pero no en el antiguo modo comunitario sino uno más personal y que suponga objetivos íntimos, conscientes y adecuados a la vida exclusiva de la persona. Un proceso en el que la variante de inmolación suponga invertir el rol actual del sujeto quien ofrecerá en el altar de la indiferencia sus objetos de consumo a cambio de más tiempo, más espacio, nuevas ideas, otros objetivos, profundas relaciones interpersonales, una nueva idea de ocio y el rescate de las “culturas”… Sí, en plural.

Hoy la única forma por la que se podrá garantizar un cierto nivel de equilibrio con el mundo supone deshacerse de ciertos hábitos de generación de necesidad que nos son caros. Alcanzar un estado de satisfacción que no se base en la acumulación sino en la posibilidad de hacer en un sentido más inmediato, más local y menos referido por los parámetros de eso que Adorno y Horkheimer denominaron “Industria Cultural”. Volver a la práctica cotidiana.

Hoy creo firmemente que la enfermedad global llamada “desarrollo” amenaza con hacer irreversible el agotamiento de las fuentes de donde abreva dada la fe que el ser humano ha depositado en sus “bondades”, como la acumulación y la búsqueda obsesiva del estatus. Pronto, anticipo, nos ahogaremos en las pertenencias que hemos obtenido a costa de TODO lo demás y el mundo no será sino un enorme basurero de excedentes.

¿Qué hacer, sin embargo, ante un sistema que no permite ignorar sus reglas y demanda a cada miembro una cuota específica de consumos y producciones que le permita “seguir adelante” superando el Caos que su obra ha producido?

A veces me pierdo en la imagen de un hombre invisible que subsiste sin trabajo, sin consumo y sin esa idea tan incierta de satisfacción que, temporada tras temporada, nos lleva a adecuarnos a nuestros objetos; en la idea de un hombre que cruza las ciudades como un perro –bebiendo de los charcos y comiendo de lo que la ventura pone a su alcance–; de un hombre que duerme y ama donde le es posible. Hablo del sujeto pre-moderno: De ese que asustaría a cualquier hijo del éxito o del emprendimiento. Pero no es ese el hombre que –estimo– surgiría de la nueva forma de sacrificio, no: El sujeto aludido sería un ente plenamente emancipado, pero no ajeno al consumo; un ser capaz de controlar sus posesiones en concordancia con sus necesidades, pero, sobre todo, con una nueva vocación ecológica que lo una a su entorno… Un ciudadano cuidadoso de lo que le es propio pero sensible ante lo que es de todos. La imagen emerge a la manera de un hombre-Dios capaz de crear y mantener su creación. No alguien dependiente de un Orden que surge de la ventura o de sus artefactos, sino capaz de generarlo.

La antigüedad hizo del ser humano un subproducto de Dios y lo sumió en profundas injusticias; la modernidad reemplazó las recompensas divinas con la idea de un progreso emanado de los objetos y ahora sus consecuencias nos han alcanzado. Quizá es tiempo de replantear la imagen Nietzscheana de un Uber Mensch en el sentido del Ser consciente que, vivo, genera las condiciones suficientes para seguir viviendo él, pero también el mundo que lo rodea.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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