Necesidad y Satisfacción. Reflexiones de paso sobre la felicidad

Por   ・ México
Fotografía: Gustavo Garduño 22 enero, 2018

Un contertulio —¿Por qué no llamarlo “un amigo”? — me dijo el otro día en una charla de café que la felicidad consistía en algo así como ver crecer una flor entre la mierda. Pensé que se trataba de una paráfrasis muy libre de lo que ya varios pensadores, más o menos conocidos, habían dicho sobre la felicidad que deja la belleza de las cosas simples o aquella que produce lo inmediato; no obstante, no pude evitar darme cuenta de que su versión contenía una dosis de poesía dada su actualidad. Finalmente, el mundo se está convirtiendo en un gran vertedero.

Más tarde, descubrí que la felicidad no es un concepto sobre el que me hubiese detenido a pensar alguna vez en mi vida y que, pese a considerarla un objeto de búsqueda constante, no podía definirla; de hecho, no recuerdo haber hablado con mis padres al respecto o si busqué su significado en algún volumen. Comprendí, además, que muchos de quienes me rodean parecen obviarlo tanto como yo o, cuando mucho, se contentan con sentirse satisfechos, de momento, con el logro de un proyecto, con lo que se demuestran a sí mismos y ante los demás. ¿Es acaso esto lo que buscaba? Si la respuesta es afirmativa, entonces no dudo que he sido regularmente feliz.

Al llegar a casa, en automático, me dirigí al diccionario y me fui de bruces cuando leí que la Real Academia de la Lengua definía “felicidad” como un “estado de grata satisfacción espiritual y física”, como una “persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz” o simplemente como la “ausencia de inconvenientes o tropiezos” (DEL- RAE, 2017). Algo bastante soso, a decir verdad. La definición cazaba a la perfección con mis reflexiones hechas por la tarde y, por lo mismo, estaba sujeta al acoplamiento con los objetos, o determinada por la interacción con las personas en una cierta sensación de estabilidad, surgida de la correspondencia entre lo deseado y lo obtenido y, quizá también, en la beata permanencia dentro de la llamada “zona de confort”. Se trataba de un concepto que establecía funciones entre factores externos y nuestras propias vidas, llevando por tanto al descubrimiento de la flor, a su contemplación y a una cierta catarsis por ella producida… No obstante, no se decía nada del acto de que la felicidad surgiese de entre la mierda; en la definición parecía más bien surgir directamente de ésta.

¿Será que la felicidad no existe y lo único que perseguimos es tener una conexión con el mundo y quienes lo habitamos? Desde aquella conversación en que abordamos el tema y tras digerir sin provecho el significado que arrojaba el diccionario, he seguido dos vías para lo que he llamado “mi búsqueda personal de flores que rompan la sordidez cotidiana”:

Primero en mi trayecto personal y luego en el de familiares y conocidos. En lo que a mí respecta, hasta ahora solo encuentro la felicidad en momentos de reflexión —quizá como Sócrates cuando se topaba con una idea— pero, la mayor parte de las veces temo que la he confundido con la mera satisfacción: con las sensaciones que la publicidad nos vende como sustituto comercial de la felicidad.

En cuando a los demás, no hubo gran diferencia, pues mis relaciones parecían estar también buscando personas o cosas con las cuales llenar sus huecos, que los condujesen al placer y los acercaran —por lo menos momentáneamente— a un estado de plenitud, permitiéndoles ejercer incluso un determinado nivel de ostentación material, ideológica y hasta biológica.

En el sentido que nos concierne como hombres promedio, como consumidores y miembros de una sociedad industrial, está satisfecho quien ha podido adquirir su cafetera de cartuchos, quien ha logrado bajar 20 kilos y ha desarrollado un cuerpo escultural, pero también lo está quien ha curado su enfermedad y, por supuesto, quien ha sido ascendido de puesto tras muchos años de afán corporativo.

Estamos satisfechos cuando, previamente a la satisfacción, hemos detectado una carencia, pero somos felices cuando, sin ningún ningún aviso y frente a nosotros, se abre un marco de sorpresa que se vuelve plenitud y nos volvemos capaces de decir: ¡Puedo morir en este instante!

Fotografía: Gustavo Garduño

El problema con la satisfacción es que no necesariamente emerge de la mierda, sino que es producida por ésta: germina, nace y se desarrolla según su base para que, al morir, pueda contribuir a incrementarla. Su funcionamiento depende de la previa construcción de necesidades a las cuáles se sujeta un egreso monetario; no abre escenarios, sino que los construye al tiempo que los satisface generando, a su vez, nuevas referencias para posteriores satisfacciones. Su naturaleza es del orden estructural – funcional, mientras que el de la felicidad es contingente y coyuntural.

No es raro ver gente reír, ostentar su beneplácito por las personas, situaciones u objetos que la rodean, porque no tiene inconvenientes mayores o porque se encuentra satisfecha con su vida. Pero ¿es feliz? ¿Ha encontrado la flor que emerge de la podredumbre? No. Ni siquiera se ha percatado de que exista y, mucho menos, de que la satisfacción en la que se encuentra no emerge de ella, sino que solo la lleva a flotar, a realizar una navegación estéril y quizá a esforzarse por superar la deriva cotidiana gracias a satisfactores temporales que no solo proporcionan instantes de solaz o ventilas para respirar un poco de aire fresco, sino que acercan al aire fresco sin precisar de una ventila. La satisfacción es la energía para continuar buscando un puerto o, dicho en términos de los economistas, el móvil del desarrollo.

Sin embargo, al ser un efecto más bien contingente, la felicidad no suele llegar desde una plataforma previa que le dé sentido, sino que arriba intempestivamente y puede identificarse a nivel personal sin importar el número de personas que vivan la experiencia, ya que ninguna la interiorizará de igual forma. Por otro lado, la felicidad no puede alardearse o presumirse, pues su percepción no es sintácticamente manejable; se trata de contenido puro que se subordina a una situación particular que opera, como la experiencia estética, superando los límites del lenguaje.

Desde mi experiencia, he podido reconocer que el hallazgo de la felicidad es un asunto más bien personal, íntimo, relativo y hasta cierto punto inexpresable; su esencia tiene una vida muy breve y —posiblemente— no aparezca como una rara excepción, sino como un anhelo constante, aunque recurrente.

Sí, podemos hablar de “felicidades” en plural porque su aparición se da tanto en hechos nimios como en los más complejos, tomando la forma de una revelación o de un “Eureka” que emerge tanto en la pintura como en la aparición del rostro anhelado; en la intoxicación por ese aroma hace tiempo olvidado (y su cúmulo de sensaciones) o en el olor exótico y nunca percibido; en el clímax de una sinfonía o con el simple gorjeo de un pájaro en la fría mañana.

La felicidad no es regla y por eso se venera. He de conceder razón a mi amigo en su analogía con la flor pues, efectivamente, es un espacio de excepción que se contrapone a la nata de sordidez cotidiana: A la nata que arroja la satisfacción del poder ser, del poder hacer, del estar en lo correcto bordeando solo lo incorrecto, del permanecer conectado o del actuar en consecuencia. No lo sé aún, pero la idea de felicidad sugiere más de lo que el diccionario puede definir, quizá implicando -a juicio mío- un sentido opuesto a lo que la definición abarca. Quizá para saber de felicidad tengamos que preguntarle al niño que ve entrar a su madre, al gato que se frota contra nuestra pierna, al perro callejero al que quitaron ese collar con el que escapó cuando aún era cachorro, al esclavo liberado o al desahuciado que finalmente va a “encontrarse con su esposa”.

Fotografía: Gustavo Garduño

A manera de conclusión momentánea, propongo diez postulados intempestivos que, por supuesto, quedan a tu juicio, querido lector:

  • La satisfacción es la sonrisa que se emite sin reír. La felicidad es una risa que puede prescindir de la sonrisa.
  • La satisfacción es desplazarte simplemente para llegar a un punto, la felicidad es alcanzar un punto en el que te puedas, simplemente, desplazar.
  • La satisfacción es un peldaño más desde el que se contempla la inmensidad de la escalera. La felicidad, por su parte, es el escalón donde uno puede olvidarse de la escalera.
  • La satisfacción es un hallazgo esperado, la felicidad es un hallazgo excepcional.
  • La satisfacción lleva etiquetas, la felicidad las quita.
  • La satisfacción parte de la necesidad, la felicidad prescinde de la necesidad.
  • La satisfacción es darle órdenes a tu perro y que éste las ejecute, la felicidad es hablar con tu perro sabiendo que te entiende (aunque jamás te haya obedecido).
  • La satisfacción se desarrolla, la felicidad se desvanece.
  • La satisfacción es gradual, la felicidad es explosiva.
  • La satisfacción es palabra y acopla, la felicidad es sensación y desacopla.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

 

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Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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