Anatomía del Teibol

Por   ・ México
Imagen: Época de Quema. Javier Paredes Chi 8 febrero, 2018

Visiones de un cliente y una bailarina

“No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.”

Jaime Sabines

Preludio

Hace unos años, escribí un poema llamado: “Ángeles en acero vertical”, dedicado a una bailarina de “Teibol” que se hacía llamar “Ashley”. Lo escribí en una servilleta mojada, completamente extático por la experiencia que acababa de golpearme: las formas redondas, las luces estridentes, la música de heavy metal que ella había elegido, sus piernas enormes balanceándose en la oscuridad, sus ojos astrales. Posteriormente, el poema se publicó en la revista “Morbífica” y aún debe estar nadando por la web; pero “Ashley” nunca volvió a bailar en ese lugar.

Esa imagen quedó grabada en mi psique. Ha sido una experiencia estética –incluso– determinante para mi escritura.

Había visto a una mujer poderosa, libre, potente, capaz de reducirme a la observación absoluta de su aura. Pre-Nirvana, carajo.

Resbalan, entrecruzan, deslíen:
las estrellas enfermas, en su voluptuoso vaivén,
crean materia y sudor al ritmo de una sicalíptica danza
donde la carne se agita y crece
hasta reunirnos con el rostro verdadero
del hombre.

Uno creería, como una compañera actriz me dijo en alguna ocasión, que todas las mujeres que se dedican al table dance son esclavizadas: objetos de placer que no tienen voluntad, “muñecas” que no tienen otra salida más que desfilar en los tristes anaqueles de la noche; pero no es verdad… No en todas las ocasiones. Cabe destacar, que mi compañera jamás había ido a alguno, pues su férrea moral se lo impedía. La invité en varias ocasiones. Quería que observara las fuerzas que transcurren y se mezclan en estos lugares, y acabar, de una vez por todas, con el mito de que ahí todas mujeres son “ganado”. Localmente, eso no sucede así. Si hay una grey en estos templos, tiene como género el masculino.

Mi juicio en estas letras no será el de un intelectual. No me enfocaré en la crítica del “Teibol” como sistema operativo dentro el capitalismo sexual; tampoco haré énfasis en la aparición del escabroso negocio de la trata de personas que ocurre en muchos de estos establecimientos; menos será una evaluación historiográfica de los centros nocturnos. Este texto nace desde la única perspectiva que me siento capacitado para abordar: la de un cliente.

“Este es el lugar más feliz y triste del mundo, a la vez”, le dije en una ocasión a mi mejor amigo (frecuente parroquiano en esos lares, gracias a mi influencia). “Estamos dentro de la caja de Schrödinger: mientras no la destapes, estamos muertos y vivos, ambas realidades coexisten.”

Lo decía con toda la honestidad que tres cubetas de cerveza estimulaban en mi cuerpo. Lo creía. Si la fe, dijo San Agustín es la “certeza de lo que no se ve”, mi creencia estaba más que probada: bastaba echar una ojeada al lugar para sentir una tremenda carga de cohibiciones, risas, gritos, moralina y soledad.

La poética del espacio, dirá Bachelard. Y la poética del “Teibol” está construida como una fiera tragicomedia de lujuria y melancolía.

Mascarada

Los clientes y las bailarinas se unen en un ritual carnavalesco: ellas, sonríen, bailan, se dejan tocar, tantean el terreno, ofrecen rostros plácidos y lúbricos; sin embargo, si el observador es agudo, se percatará de la ruptura de esa máscara: los rostros de precaución, mareo (para las chicas cuya noche ha sido agitada), indiferencia, hastío, burla o desdén.

El cliente porta una máscara más obvia: la del carnívoro hambriento. Esa animalidad tiene matices, según el número de las presencias: en manada de tres o más adeptos, lo aulladores son ruidosos, bravos, agresivos; en dúo, fingen apartamiento, hablan entre ellos como urdiendo sus movimientos con finura, se funden en el aparato de luces y sonido, son silenciosos y tienden a presentarse ajenos; y en solitario, parecieran adoptar la mimetización de los dúos, pero un cliente solitario en el “Teibol” se verá indefenso, descontextualizado, a pesar de aparentar cierta solemnidad y supremacía. En cualquier caso, su rostro original es el mismo: hambre de calor.

Las mujeres, que desfilan con sus breves prendas, sus senos o nalgas expuestas, sus tacones enormes, su dulce perfume cuajado con el sudor de la actividad, son dadoras de ese calor, de ese contacto humano que es el non plus ultra del “Teibol”, así: humano.

Las chicas, “putas”, en su acepción latina, referida para “muchachas”, generan ese calor, la sensación de ese calor, a pesar de su distanciamiento emocional. Como actor y director de Teatro, me es notable esa técnica para habitar la ficción: el mejor ejemplo de lo que Diderot llamaba “la paradoja del comediante”: expresar sin sentir. Las “teiboleras” son una forma de actriz superior: creando un personaje definido: “Alexia”, “Ámbar”, “Rebeca”, “Abigail”… Habitan esa máscara para distanciarse. Ellas no son ellas, y sólo a algunas, ya que has sido elegido, puedes llamarlas por su verdadero nombre. La máscara mujer-bailarina, hembra-carnívora, niña-salvaje, es la materialización de las fantasías caóticas de los hombres. Eso es una actuación magnífica, porque incide directamente en la realidad de cientos de seres, que semanalmente asisten al “Teibol”. Cualquiera que ha pasado a un privado o un cuarto con ellas, sale transformado. La ficción ahí es lo real.

La pregunta es: ¿se puede tasar en alguna cantidad el recibir el calor humano para trascender la soledad, las violentas ganas a que nuestra sociedad y naturaleza bestial nos arrojan?

Imagen: Invitación. Javier Paredes Chi

Una Bailarina  

Dejaré que una protagonista nos cuente de viva voz, su experiencia. En entrevista, ella pudo dejarme conocer ese vital punto de vista que merecemos conocer.

“Alexa”
23 años.  

1.- ¿Podrías describirnos en qué consiste tu trabajo? Es más que nada entretenimiento, damos un show que consiste en bailar.

2.- ¿Cómo decidiste dedicarte a ello? Pues, para poder pagar mis estudios.

3.- ¿Te pidieron algo en especial para entrar? No.

4.- Una vez leí que una bailarina dijo: “la gente piensa que en estos lugares la mujer es tratada como esclava. Se equivoca: son tratadas como diosas”. ¿Qué piensas de esto, dado tu privilegiado punto de vista? La verdad es que sí, hay hombres que nos tratan bien y hay otros que la verdad da mucha flojera aguantarlos.  

5.- ¿Crees que la sociedad necesita avanzar más en cuanto a la aceptación de este trabajo? Sí y mucho; lamentablemente, nos tachan de ser lo peor, malas mujeres, borrachas, etc…

6.- Para ti, ¿cómo ha sido la experiencia de trabajo? ¿Hay algo que te sorprendió al entrar o en la trayectoria? Las mismas chavas son las que sorprenden.

7.- ¿Hay algún requisito con las edades de las bailarinas? ¿Cualquier persona puede entrar a trabajar? Tener la mayoría de edad, mientras más jóvenes, mucho mejor.

8.- ¿Es justo el salario que se gana? Sí y –a veces– más.

9.- ¿El lugar cuida a las bailarinas? ¿Las obliga a quedarse con algún cliente o a realizar alguna acción? Nos cuidan siempre, por eso tenemos a “las mamis” ellas se encargan de la ropa, comida, peinados…

10.- ¿Qué pasa en los privados? Se duermen los clientes… Ja, ja, ja. Broma…

11.- ¿Cuánto es lo máximo que has ganado en un día de trabajo? Seis mil pesos.

12.- ¿Afecta el trabajo tu vida personal? A veces, por las desveladas. Al día siguiente no me quiero ni levantar de la cama; pero tengo que atender a mi hijo.

13.- ¿Tu familia sabe que te dedicas a esto? Sí y me apoyaron bastante.

14.- ¿Cuál es tu sensación al estar con un cliente? ¡Me gusta conocer gente!

15.- ¿Qué opinas del machismo en nuestro país? Es decir, de la violencia hacia la mujer. Bueno… Yo sufrí mucha violencia en una relación y nadie me apoyó. Opino que la gente tiene que dejar de pensar que las mujeres somos sumisas: abrir la mente y ser más tolerantes.

16.- ¿Qué opinas del Feminismo? Es decir, de la lucha por la equidad. Pues… (Respuesta inconclusa.)

17.- ¿Cómo es tu vida fuera del lugar de trabajo? Bastante normal, soy una persona como cualquiera.

18.- ¿Hay algún comentario que desees realizar para la gente que lee esta entrevista? (Sin respuesta)

Un Cliente 

Noche normal de viernes. Recorremos el anillo periférico de mi ciudad mestiza: la mayoría de los “teibols” se organizan geográficamente en la periferia de la ciudad, ya sea hacia el occidente o hacia el oriente.

Mi amigo y yo miramos las luces alegres y los anuncios espectaculares de los sitios: figuras de actrices o modelos eróticas en posiciones sugerentes; desglosada, la información del lugar: precio de la cerveza, de la “copa”, alguna promoción, el horario, y un eslogan nada original. El brillo estridente de los “puteros” palpita dentro de la oscura vegetación que crece en los límites de la ciudad. Cerca, los puentes, y los automóviles moviéndose en el desierto nocturno.

Al llegar, nos recibe el personal de seguridad. Por ley (dependiendo del establecimiento) te piden una identificación oficial; luego, una escueta revisión de rutina.

Al traspasar la puerta corrediza de cristal, se percibe ya una tibia oscuridad, matizada con tonos ultrabrillantes de color. Violento claroscuro que se vuelve costra de una herida placentera. Las luces neón, los reflejos de los objetos metálicos y las pantallas que sintonizan videos musicales, algún partido de fútbol, pelea de box o video erótico. Y sobre todo: una mujer en la pista, bailando, desnudándose, derramando su carne y su olor por el recinto.

Todo está hecho para aturdir la psique del hombre (me refiero a “hombre” sin entrar en polémica de género: hombre obviamente heterosexual y normado por la sociedad actual, que aunque se pretenda progresista, sigue bajo los parámetros del neomachismo). Lo logra. Cuando entras al “Teibol” se respira el álgido erotismo artificial. Desde la arquitectura, las mesas, el entorno, hasta el personal: todo exuda un artificio benévolo.

Elegimos mesa, cerca de la pista, un corredor de cemento que desemboca en el escenario. Los tubos verticales dispuestos a lo largo del pasadizo, testigos helados del calor corpóreo. Enseguida, un mesero nos pregunta por lo que tomaremos. Bien. Pedimos un “cubo”, un pequeño recipiente que contiene cinco cervezas de corte medio.

“Siempre me gusta ver la reacciones de los cabrones”, le digo a mi acompañante.

Y sí. El comportamiento del hombre en esos antros es risible y triste. Miran a las mujeres con devoción verdadera, más como diosa, menos como objeto. No, somos nosotros los objetos por donde ellas harán su voluntad. Todo el lugar está construido para volvernos un objeto de derroche. Caricias por pesos. No puede fallar.

Ver a esas mujeres (generalmente son de otros estados e incluso de otros países hispanohablantes) es una experiencia abrumadora: su cuerpo agresivo, acentuado por las plataformas de sus tacones, sus redondeces plenas, sus movimientos extendidos: su poderío es el eje del “Teibol”.

El hecho de que algunos hombres paguen a una de las bailarinas solamente para hablar, siempre me ha parecido síntoma de una sociedad enferma; aún más que el hecho de invitarla para saciar las ganas de tacto. Vivimos en una realidad donde algunos hombres pagan para ser escuchados, para hablar con alguien. La soledad es desgarradora. Esa acre soledad del macho, imposibilitado para expresar sus emociones, obligado para demostrar su valor a través de sus logros sexuales.

Intento no caer en un juicio pueril o idealizado. Como mencioné anteriormente, este mundo está enclaustrado en otras problemáticas profundas, que, claro, explotan la sexualidad de la mujer con fines de lucro; es verdad, varias de ellas han llegado a esos lugares por la fuerza. No somos ciegos a esa realidad, pero tampoco somos ciegos a que el funcionamiento de estos lugares se remonta a nuestra antigüedad occidental clásica, y que, por mucho que cueste creer, hay mujeres que disfrutan este trabajo como se disfruta cualquier otro. Romper el tabú de la mujer esclava, también es necesario para poder ser inclusivos y entender aquello que nos causa escándalo.

En un punto de la noche, los meseros llevan a algunas mujeres a nuestra mesa. La dinámica es la misma, siempre. Ella se sienta al lado tuyo o en tus piernas, te pregunta el nombre, te dice el de ella, te pregunta si eres oriundo de la región, te dice de dónde es; después hace plática de algún elemento que resalte en particular, coqueteo evasivo (en mi caso, el cabello largo o mi trabajo “sui géneris”). Las preguntas: ¿a qué te dedicas?, ¿eres soltero?, ¿ya habías venido aquí?, son las frecuentes. Luego, el ataque: ¿no me invitas una copa?

Imagen: Redondeces. Javier Paredes Chi

Las copas en el “Teibol” tienen un promedio de doscientos cincuenta pesos. Eso en el “Teibol”; en otros lugares, como los “Sport Bar”, los “botaneros” o las “cantinas” (que merecen su propio análisis), las copas suelen ser de cien a cincuenta pesos más baratas. Una copa se refiere a lo que ella tomará, y tiene una duración de quince a veinte minutos, durante los cuales –dependiendo de la chica– ella baila mostrándote el cuerpo, platica contigo y permite que la toques. Varias bailarinas tardan menos, cuando los clientes quieren propasarse. Es lo justo. Su cuerpo es su arma. El objetivo es exprimir al cliente en lo posible. Y ahí todo cobra sentido: los sentidos son golpeados, exaltados: la música brutal, las luces intermitentes, el olor a perfume y humo falso, el paladar gustando el alcohol y, finalmente, nota de gracia para transitar al acorde de cierre: el tacto, la suave piel de una mujer que cumple los estándares de belleza impuestos por el estereotipo histórico, y te sonríe mientras te permite tocar sus senos, sus nalgas, su vientre.

Las copas, en la mayoría de los casos, están mezcladas con agua. Esto con el fin de que el rendimiento de la chica no merme por el alcohol en su sangre. Hablando con varias bailarinas, sé de viva voz que, según el establecimiento, a ellas les corresponde la mitad del valor de esa “copa”; a veces, no llega a la mitad. Cuando mejor les va, el lugar les cede el setenta por ciento. Casos raros.

Por supuesto, hay otros servicios que ofrecen estos lugares: están los “privados”: un sitio (sillón o silla con mesa) apartado del establecimiento general, donde la chica permite tocarla más y ofrece su desnudez casi total. Tienen una duración de tres a diez minutos y su precio oscila entre los doscientos o trescientos pesos por copa.

Algunos cuentan con zonas VIP donde el mínimo son de tres a cinco copas. Y claro, los cuartos. Ahí se lleva a cabo la relación sexual completa y tienen un mínimo de cinco o diez copas. Tienen un precio de tres mil a seis mil pesos, más lo que la chica añada, que ronda entre los mil y los tres mil pesos. Varía según la categoría del lugar. Incluso hay sitios donde el mínimo son setecientos u ochocientos pesos sin cargo adicional. Al César lo que es del César.

Imagen: Época de quema. Javier Paredes Chi

Así podemos darnos cuenta de lo lucrativo que es un “Teibol”, siendo que los más cotizados abren casi todos los días, descansando los lunes o los domingos, generalmente. Un negocio millonario que promedia, mínimo, diez trabajadoras en planta, a diario.

Así, en el “Teibol” convergen la fuerza del sexo femenino y la precaria voluntad de un machismo desdibujado que se entrega a la mujer como un discípulo religioso.

Llamamos a unas chicas y les invitamos una copa. Ellas platican con nosotros y ríen. Alegría que parece genuina. Se ponen de pie, bailando, inclinándose para ofrecer el trasero que queda a la altura de nuestros rostros. Tocamos, acariciamos, bebemos. Intento resistir a la ecuación, vencer a la bebida, a siglos de historia que nos vuelven animales sexuales. Ellas ofrecen, se otorgan como la noche, a veces, transgrediendo el código, hasta besan en los labios. Cuando la plática va por otros derroteros, se trasciende el coqueteo simple: te hablan de sus hijos, de sus problemas, te sinceras con ellas: “extraño a mi pareja”, “no veo a mi hija”, “estoy cansado por el trabajo”, “me siento solo”.

En los cuartos también, después del acto sexual, hay una plática humana. Tal vez nunca verás a la mujer de nuevo, pero en ese momento, donde eres vulnerable (todo orgasmo es entrar a la indefensión), te abres como a ninguna. Es una transacción. Las más profesionales, logran que no te des cuenta de la mecánica base. “Trato de novia”, dicen.

Una vez, cogí en un cuarto que estaba adornado con la “Ofelia” de Millais. Estaba con una chica llamada Nayeli. Era su verdadero nombre. Me pareció, cuando menos, curioso el episodio. Absurdo. La locura, la humedad, la mujer y la muerte. Y le confesé: “Quiero que llegues al orgasmo. A mí no me interesa llegar. No vengo a estos lugares para sentirme mejor, sino para sentirme peor. Y tal vez te puedo dar algo, además del dinero, claro. Tú me lo das. Contacto. Un contacto que mañana se disolverá. Verdadero hoy. Pura locura dura”.

Ya no es viernes, sino las primeras horas del sábado. Cuando el dinero escasea, las despedimos. Ellas se levantan con una sonrisa. En la pista sigue el baile: los movimientos erotizados, pornográficos, sugerentes. No hay celos ni posesión: la mujer que estuvo contigo hace media hora ahora está con alguien más. Hay respeto por esa ficción. El macho obligado a no poseer, a ver con independencia.

Despedida 

¿Hasta qué punto hay hombres que no logran salir de esta ficción, romper la máscara? Depende del dinero.

He visto cómo hay hombres que le llevan regalos a su compañera: relojes, pulseras, animales de peluche, arreglos florales; asiduos clientes que pagan copa tras copa con tal de estar con la bailarina querida, hombres sonrientes por obtener algo más que media hora de gusto: un número de teléfono, una cuenta de Facebook, una salida extraordinaria.

La clase social es un aspecto fundamental del “Teibol”. La apariencia determina los beneficios que te serán dados. Aunque es falsa la idea de una discriminación fehaciente y agria, es verdad que el trato cambia dependiendo de qué tan adinerado parezcas. Mi amigo y yo, terminamos. Las chicas se despiden de nosotros, inmediatamente marcándonos como clientes futuros. Los meseros intentan salir bien parados. Ellos sí que pueden ser hostiles por una propina que consideren mediocre.

Los hombres vuelven. Volverán. Entrarán a ese espacio donde coexiste su fantasía (impuesta e ignorada) y la realidad para detentar su “poderío” económico. Reforzarán sus ideas preconcebidas sobre el género femenino, ¿fomentarán su machismo?, sí. ¿Vencerán a la soledad que los estimula para buscar comunicación y calor con cuerpos ajenos, inalcanzables (es lo inalcanzable el factor vital para hacerlos sentir seguros); amando a esas mujeres-máscara que les mienten haciéndolos infinitamente felices? No lo sé. Por su retorno: no.

“Sí”, pienso al salir, “es el lugar más feliz y triste del mundo”. Espejo de una sociedad estancada en sus prejuicios y el erotismo artificial que de ellos proviene.

Ellas los esperan. Ellas, con una sonrisa, ellas, a veces estereotipo y máscara de sí mismas (madres solteras, chicas que no tienen carrera universitaria o que se la pagan con ese trabajo), ellas, teiboleras, hechiceras capaces de revertir la soledad con el movimiento de su cuerpo, maquiladoras de una ficción de los que algunos nunca salen. Ellas, que después del trabajo son mujeres que lideran familias, trabajan, aman, viven.

Los reciben a ellos, padres, maestros, borrachos, empresarios, narcos, albañiles, artistas…

Una copa que puede llenarse con sudor, saliva o lágrimas.

Uno retorna al “Teibol”, caja de realidades benignas, juego donde parece que todos ganan, carnaval donde la “Ennui”, ese erotismo melancólico e incorruptible, agota todos los cuerpos.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Trabajo con la palabra, desde el sentimiento de ser extranjero en todas partes, desde la ausencia, el erotismo y la violencia, desde la poesía. He viajado -viajo aún- por varias disciplinas artísticas con el afán de encontrar un lenguaje que conecte con los otros a nivel aurático. Soy un ser de la escena, del verbo que se encarna. Creo fervientemente en el arte que destroza los huesos y la mente, que hace mirar hacia nuestras guerras internas y nos permite estudiarlas, para construirnos como individuos activos, intelectivos, transformadores.  No hay separación, considero, entre géneros y miradas: cuando uno MIRA, siempre es actante principal de su realidad: desde el cuento o el reportaje, el canto o la crónica, el ensayo o la dramaturgia, estamos comprometidos con nuestra sociedad inmediata y con la aldea global, contrapuestos a la falsedad y desinformación de gran cantidad de medios. Como artista y ser de la palabra, tengo la obligación de esgrimir una mirada aguda, crítica, mutable y honesta para el mundo. Miradas Múltiples es para mí una plataforma de seres que están al tanto de la realidad, desde la periferia y el arrojo, no desde centros herméticos ni conformistas, que dicen, dirán, diremos lo necesario y lo incómodo, lo políticamente incorrecto para quien ostenta la censura como principal discurso. 
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