Mario Ficachi

¡Harás teatro!*

Por   ・ México
Imagen: Portada del libro El Teatro. Evocaciones / Obras / Ensayos, de Mario Ficachi 20 marzo, 2018

Y, bueno, aquí estamos. Dicen que no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla y, navegando a contracorriente, como de por sí es su de por sí, el Centro de Investigación Escénica El Teatrito nos ha invitado a hacer la presentación del libro El Teatro. Evocaciones / Obras / Ensayos, del maestro Mario Ficachi.

Es difícil saber de quién fue la idea, si de la banda de El Teatrito o del mismo maestro: eso de navegar a contracorriente se les da a los unos tanto como al otro; aunque él tiene su derecho de antigüedad, que le dicen. A contracorriente, sí. ¿A quién se le ocurre, en tiempos donde la imagen ha desplazado a la palabra al grado de asegurar, aunque no sea del todo cierto, que una imagen dice más que mil palabras, hacer un evento para invitar a leer? ¿A quién se le ocurre, por si invitar a leer fuera poco, que ése leer sea en el antiguo soporte de papel y tinta que hoy nos tiene aquí reunidas, reunidos, cuando las nuevas tecnologías han abolido el placer que da el aroma de un libro nuevo al hojearlo?

Fotografía: C.I.E. El Teatrito

Desde luego, la culpa primera es del autor. Miren que eso de hacer ediciones propias, fuera del mercado que dictan las grandes casas editoriales, ya dice mucho de nuestro invitado de esta noche… corrijo: el maestro Mario Ficachi no vendría a ser nuestro invitado; El Teatrito, él lo sabe bien, es su casa: las invitadas, los invitados, son ustedes, soy yo: somos nosotras y nosotros. Y, viéndoles aquí esta noche, reafirmo esto de ir a contracorriente. Miren que ya de suyo, como lo vengo diciendo líneas arriba, es un despropósito hacer una presentación de un libro, y hacerlo los mismos días que la otrora Capital Americana de la Cultura es sede de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán, parece una franca provocación; pero, aceptar la invitación a estar aquí y ahora juntas, juntos, está fuera de todo sentido común.

Sin embargo, el sentido común es el menos común de los sentidos, y aquí estamos; frente a esta edición de autor impresa en los talleres de Solar, Servicios Editoriales, con un tiraje presumible de 100 ejemplares encuadernados en hot melt, lo que significa que sus más de 100 hojas de, al parecer, papel bond ahuesado de 90 gramos, con una tipografía similar a la Minion Pro en algo así 11 puntos, 11.5, están inicialmente sueltas y van pegadas por el lomo y adheridas a los forros. En su cubierta destaca una primera de forros con una fotografía de Carlos Ezquerro en color sepia del rostro de un Mario Ficachi joven, acaso de aquellos tiempos en que fuera cofundador de Contigo… América. ¿El año?: 1981.

La boca entreabierta, sonriente, y los ojos claros brillantes, con la mirada atenta puesta en algo o alguien que se antoja saber qué o quién es, nos adelantan un poco de la inteligencia y la curiosidad de aquél muchacho de 33 años. El cabello rizado, oscuro; un lunar en la ceja derecha, y la chaqueta de pana que viste, completan el cuadro. El título, en un color naranja ladrillo, con sombras en gris, no deja lugar a dudas del contenido: El Teatro, y, a manera de subtítulo, las palabras evocaciones, obras y ensayos terminan por disipar las dudas que quedaran respecto a los géneros literarios en que camina la palabra de nuestro autor, cuyo nombre en cursivas sirve de base al diseño de la portada de Luis Almeida.

Fotografía: C.I.E. El Teatrito

Dos solapas nos cuentan, cómplices, un poco más de quién es nuestro anfitrión con una breve biografía encabezada por una foto en blanco y negro tomada por Lourdes Almeida a un Mario Ficachi maduro que no ha perdido la curiosidad en la mirada; más aún, la ha aderezado de cierto rasgo escrutador: pareciera que el modelo fotografiara con la mirada a la fotógrafa que lo fotografía. La curiosidad del Mario Ficachi de 1981, que se bebía fascinado el mundo con los ojos, parece haberse vuelto una curiosidad estudiosa, analítica, en 2018.

El cabello recortado y el cambio de la chaqueta de pana por un saco con todo y su corbata pueden ser engañosos: nuestro personaje no ha perdido el asombro de quien goza al dejarse sorprender por la vida; sólo se ha vuelto más crítico, más riguroso, sin que ello signifique dejar de disfrutar cada nuevo hallazgo gracias a la observación que con un gran sentido del humor disecciona lo que mira.

La semblanza curricular traza el andar profesional de esa mirada y uno, sentado en esta mesa sin mesa, no puede sino sentir un gran honor, enorme, de estar aquí contagiado de esa curiosidad que no nada más desborda la mirada, sino las palabras todas a lo largo del libro. Esta curiosidad y este honor, los míos, los de ahora, tienen su raíz en la admiración que siento por nuestro anfitrión: desde 1994 soy integrante del Grupo Cultural Zero, agrupación o sueño, como ustedes gusten llamarle, que surgió de una escisión en el seno del Grupo de Teatro y Poesía Coral Mascarones, en 1978; como tal, me reconozco heredero de una tradición que abreva del teatro popular e independiente, adjetivos que no siempre han ido de la mano.

En este país, las experiencias de este tipo de teatro, si bien han sido, son y serán muchas, acaso incontables, no suelen documentarse; no obstante, una de las que han podido contarse porque se consolidó en la creación de un espacio propio, es la de Contigo… América, en cuya fundación participó de una manera destacada el maestro Ficachi.

Fotografía: C.I.E. El Teatrito

Pero, volvamos al libro y a la mirada y la palabra de nuestro anfitrión. En El Teatro. Evocaciones / Obras / Ensayos, revisado por Daniel Fernández Cotera, el maestro Ficachi nos lleva de la mano de su propia historia; me atrevería a decir que de la historia de su propia curiosidad. En la primera parte, «Evocaciones», conocemos a Mario niño y Mario adolescente; los Marios donde nació la mirada que vemos en la primera de forros del libro; los Marios que, de algún modo, fueron la fragua de la palabra que después irrumpiría en la escena. Estela Leñero, en la presentación que acompaña al libro, habla de estampas; larines, dirían los Marios. Retazos de fotografías habladas que nos hablan de un país y, sobre todo, de una ciudad que estaba por entrar a la modernidad.

Imposible no ver los vasos comunicantes entre estos retazos de recuerdos y Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco; los Marios podrían ser el Carlitos enamorado de Mariana, o uno de sus vecinos: el escenario inicial en las «evocaciones» es también la colonia Roma de Ernesto P. Uruchurtu al frente del otrora Departamento del Distrito Federal y de Miguel Alemán como presidente de la pomposamente llamada República mexicana.

Los larines literarios de Mario son tan familiares y están tan sencillamente escritos, que se antojan; que contagian: más de una o uno de ustedes querrá tomar la pluma o el ordenador (la computadora, pues) para escribir su propia colección de canicas, con su diversidad de colores, luces y tamaños, y, como hace Cortázar en Rayuela, intercambiarlos, leerlos en el orden que están propuestos o de atrás hacia adelante o tomando cualquiera al azar y tejer a sus propias historias un número casi infinito de narrativas.

Fotografía: C.I.E. El Teatrito

En la segunda parte, «Obras», los larines y las canicas se agrandan y hacen más complejos. Aún conservan, como en Calabaza en tacha, cierto parentesco a las estampas; pero, la mirada con la que nos topamos es ya la de nuestra portada: pícara, inteligente, siempre curiosa. Ficachi se vuelve, inclusive, pedagógico y, no satisfecho con el catálogo de géneros literarios que nos receta, nos regala un rosario de géneros dramáticos.

Así, mientras transita de lo diegético de la narrativa con la que arranca el libro a lo mimético del drama, que dicho sea de paso, no es sólo la mitad del libro mismo, sino su columna vertebral, va de la respiración de un teatro costumbrista que recuerda a las dramaturgias de finales del siglo XIX, principios del XX (a mí me trajo a la memoria la pluma de Ignacio Ramírez, El Nigromante, y la poesía Carlos Rivas Larrauri), a la poiésis que entrelaza al teatro con la danza en Titipuchal; pasando por su comedia musical Fridísima, con cierto corte didáctico (no puedo evitar pensar en la Tinísima, de Poniatowska, dado el tiempo histórico que comparten los personajes, amén del superlativo en sus títulos); esa suerte de cucharada de teatro del absurdo que me recordó Parecidos, y la violencia verbal y física de Cinta canela.

Queda allí el Mario adulto, actor, pleno de experiencias, que se torna provocativo y nos dice: «yo también puedo decir dos o tres groserías en mis dramas, ¿contentos?» Aparece, entonces, el Mario de la semblanza en las solapas: el Mario académico, y nos receta en la tercera parte del libro, «Ensayos», sus textos: Los profetas de Clipperton o Caos, Ley y Teatro, en cuyo Cuarto Acto, se puede leer:

Se sabe que un reglamento surgido de la discusión en el seno del poder legislativo de un Estado sólo tiene aplicación en ese Estado (…) No fue el caso del Ayuntamiento de Mérida, Yucatán, que en 1995 emitió su propio Reglamento de Espectáculos Públicos, en cuyo cuerpo podemos leer la siguiente perla del humorismo involuntario:

ARTÍCULO 20o. Toda persona física o moral es libre de poder organizar y presentar el espectáculo que desee, siempre y cuando respete los tradicionales valores culturales, intelectuales, éticos, religiosos y artísticos característicos del pueblo yucateco, así como el respeto a la intimidad de las personas, a la genitalidad, la sexualidad y el debido decoro que le corresponde a la reproducción del género humano evitando su comercialización, mofa, disminución axiológica o la denigración de las preferencias sexuales respetadas por la mayoría social organizada de nuestro municipio, así como el orden público establecido por la sana convivencia social y la solidaridad humanas, evitando en todo caso, actos, posturas o gestos, reales o simulados, que introduzcan al espectador al desorden social o a la promiscuidad.

Cuando la ley a cumplirse resulta un atentado a la inteligencia no queda otro camino sino el de estar del lado del que la infringe. ¡Vivan pues aquellos que, esgrimiendo su libertad, siguen haciendo teatro en la Ciudad Blanca!

El libro cierra, o casi, con un conjunto de cuasi aforismos que Ficachi ha intitulado «Greguerías y paráfrasis teatrales». El homenaje a Ramón Gómez de la Serna es más que claro y nos advierte que estamos por entrar en el terreno del Ficachi más maduro, que se afloja el nudo de la corbata y se queda en mangas de camisa para decir cosas como: «Un Teatro que importa: el que sacude sin tregua, distorsiona, desconcierta, daña, estimula y a veces excita.

Ya sé, no es el Teatro de todos. ¿Y?» Sí, en efecto, se trata del Ficachi más retador y, por lo mismo, más irónico. Un Mario que ora afila los cuchillos: «¿Quieres publicar tu obra de Teatro? A ver, intenta nadar en la alberca del Club Alemán sin ser socio.», ora se pone los guantes: «Denunciar usando el Teatro y no la calle, es chaqueta evangelizadora.» y luego se deshace de todo para mostrar la sonrisa de la solapa: «Mal trato igual a mal teatro.»

Es allí donde, cuando crees que ya lo has probado todo, llegas a la página 211 y, con una paráfrasis al Morirás, de Séneca, a la voz de «¡Harás teatro!» caes en un vórtice de espejos donde el país, el oficio, los lugares comunes y las frases hechas y tú misma, tú mismo, yo, nosotras, nosotros en ellos, nos reflejamos, nos refractamos, nos relajamos, nos relamemos, nos retorcemos, nos relatamos, nos retratamos…

¡Harás teatro!, cuando conozcas el amor. ¡Harás teatro!, porque es parte de la condición humana (…) ¡Harás teatro! Le mentirás al ciudadano (…) ¡Harás teatro! Si te premian… y si no (…) ¡Harás teatro! Al ser expulsado de tu escuela. ¡Harás teatro!, para no renunciar a tu trabajo y si renuncias (…) ¡Harás teatro! Encarnando algún Mesías (…) ¡Harás teatro! Si aconsejas, si seduces, si perdonas, si revientas (…) ¡Harás teatro! Porque tienes privilegios y te horroriza perderlos (…) ¡Harás teatro! Besando a tu pareja homosexual para aparecer en foto de primera plana. ¡Harás teatro!

Señalando la putrefacción del deporte, cobijándote en su burocracia. ¡Harás teatro! Cuidando animales, besando bebés, plantando un árbol, pintando una fachada, visitando enfermos, votando. ¡Harás teatro! para parecer doncella, pero la edad se adivinará en tu cuello (…) ¡Harás teatro! pontificando, señalando culpables, firmando desplegados, utilizando el púlpito, declarando la guerra. ¡Harás teatro! En tu momento de deslealtad, de infidelidad, de piedad, de barruntos de honestidad. ¡Harás teatro! Estás condenado, lo advertirás ipso facto.

Muchas gracias, Mario.
Muchas gracias, maestro.


* Texto leído en la presentación del libro El Teatro. Evocaciones / Obras / Ensayos, de Mario Ficachi (2017); en el Centro de Investigación Escénica El Teatrito. Mérida, Yucatán, 14 de marzo de 2018.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

 

 

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México

Mi nombre es Sebastián; es el nombre de mi padre, un jubilado telefonista, y el de mi bisabuelo, un panadero. Mi apellido legal se lo puso así mismo mi tatarabuelo después de desertar del ejército francés y quedarse en las tierras que vino a invadir; de modo que yo adopté para mí otro apellido, el que a su vez adoptara quién sabe de dónde un hombre que escribió, dirigió, actuó y produjo teatro en el norte del país en que nací: Liera. Nací en una de las ciudades más grandes, pobladas y contaminadas del mundo, pero digo que soy de otras tierras porque "mi siento" es que mi piel sabe a desierto y "mi pienso" es que mi corazón late al ritmo desafinado de la música cardenche. En mis venas, junto a la sangre de mi tatarabuelo francés, corre la sangre de por lo menos un bisabuelo español, pero también la de dos bisabuelas huachichilas y otra bisabuela cuya herencia antillana de negritud la porto con orgullo en la chatura de una nariz y un par de piernas que tiemblan cuando suena algún tambor. No sé quién soy, pero si mis oficios me lo dijeran, diría que por encima de todo he sido un hombre de teatro. Comencé a serlo poquito a poco desde 1990. Un año después, en 1991, la soberbia y la vanidad me llevaron a "dar clases" y comencé entonces a ser aprendiz de maestro. Un año más tarde, en 1992, las ganas de contar cosas que no podía desde las tablas me llevaron a mi primera redacción y desde aquel día colaboro para medios de comunicación. Al año siguiente, en 1993, comencé a caminar otra forma de hacer política. Y, a los dos años, en otras tierras y otros cielos, me di a eso de ser promotor sociocultural para intentar juntarlo todo en un solo oficio. Soy, pues, un hombre del siglo pasado; uno que se rehusa a seguir siendo el hombre que aprendió a ser y está allí: necio como es (qué razón tienes Juana), intentado desaprender a serlo. Una razón doble me motiva a ello: soy papá de otro hombre y no quiero que ese hombre sea un hombre como el que yo he sido, sino por el contrario, que sea un hombre libre y deje ser libres a quienes quieran compartir su libertad con él. Hace años, los suficientes para casi urdir dos décadas, un neologismo mösiehuali llegaría a mi vida para resignificar mi quehacer sobre las tablas: tlatulteketke. Tlatul, en mösiehuali, quiere decir: palabra; Teketke: trabajador o trabajadora. Sí, soy un trabajador de la palabra. Sin embargo, no cualquier palabra: la palabra que se encarna, que se hace cuerpo, para ser dicha sobre un escenario... sea cual sea el escenario. Es este trabajar con la palabra hecha cuerpo para la escena lo que me ha llevado por el triple camino de la estética teatral, la pedagogía popular (aunque no exento otros espacios de compartición de saberes y experiencias) y el del periodismo que se dice ciudadano porque habla (o quiere hablar) de una democracia participativa con diversas trincheras. En Miradas Múltiples, estos tres caminos tienen un punto de convergencia. Creo en las artes escénicas, en la pedagogía y en el periodismo como una red de redes de fenómenos de transformación de nuestras sociedades; pero, sólo si quienes la caminamos y tejemos nos comprometemos a ello sin soberbias ni vanidades. Estoy convencido de que Miradas Múltiples será el nodo para serlo y hacerlo. Escribir para el microblog "Artivismo" significará, pues, el reto de entretejer, como su nombre sugiere, una multiplicidad de miradas que, cada quien su modo, consideren que el quehacer estético y el quehacer político no pueden ir el uno sin el otro; que crean en una praxis, en el sentido más marxista de la palabra, de las artes vivas.
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