Plaza Callao

La ciudad como lenguaje de contención

Por   ・ México
Fotografía: Miradas Múltiples 23 marzo, 2018

1. Lenguaje de contención

Acuñado por William Roseberry (1994) en un ensayo sobre hegemonía e historia del Estado, el concepto trata básicamente sobre el ground o la plataforma común de significado a partir de los cuales se funda todo proceso socio – cultural de corte hegemónico. Su apelación resulta justificable al expresar el rol que las bases de la comunicación cobran tanto en la contrucción de la vida institucional como en el desarrollo de diferentes formas de resistencia.


Ese material común y marco significativo es, en parte, discursivo. Un lenguaje común o una manera de hablar sobre relaciones sociales que expone los términos centrales alrededor de los cuales y en términos de los cuales pueden ocurrir la impugnación y la lucha.

(Roseberry, 1994, p.7)


Desde el habla coloquial, pasando por los discursos político – científicos y llegando hasta el mundo de las imágenes, las máquinas y otras formas especializadas de relación, los lenguajes establecen bases axiomáticas formales y de contenido que, más allá de hacerlos inteligibles, les permiten circular en virtud de diferentes objetivos para engendrar discursividad.

Finalmente: ¿qué es el discurso sino la aplicación pragmática de un lenguaje en un determinado contexto de enunciación?…

Pues bien el lenguaje de contención aparece como un límite o marco para la acción social sirviendo a quien lo tiene en su poder ya sea al generarlo o controlarlo. De esta forma, todo conjunto de acciones sociales y, por igual, toda forma de disidencia a las mismas están bajo la lógica hegemónica del lenguaje: un contenedor o una contención.


Propongo que usemos el concepto no para comprender el consentimiento sino para comprender la lucha; las maneras en que las palabras, imágenes, símbolos, formas, organizaciones, instituciones y movimientos usados por las poblaciones subordinadas para hablar sobre, comprender, confrontar, acomodarse a o resistir su dominación, son modeladas por el proceso de dominación mismo.

(Roseberry, p.7)


Pensemos como ejemplo para lo anterior en el diseño de centros comerciales: esos espacios donde el sujeto está condicionado a deambular teniendo muy pocas o nulas opciones para sentarse y descansar en áreas que no tengan un propósito explícito de comercialización de algún tipo de producto. En estos marcos de interacción la arquitectura o la ingeniería diseñan áreas donde el consumidor pierde una cantidad considerable de libertades sin que, en gran parte de los casos, se haga siquiera consciente de ello.

Fotografía: Miradas Múltiples

El mall aparece conformado por lenguajes de contención tanto como las iglesias, las oficinas públicas, los corporativos y las áreas de esparcimiento. Ello nos invita a adentrarnos en el caso que nos ocupa: La ciudad.

2. La ciudad como lenguaje

La idea puede parecer ambiciosa de entrada. Cualquier antropólogo accedería a considerarla -sí- un marco para la proliferación de formas lingüísticas; un sociólogo como una forma institucionalizada de orden emergente y un comunicólogo como un espacio de expresión de “n” cantidad de mediaciones. No obstante y siguiendo a Roseberry la ciudad puede ser entendida como un derivado físico planeado, diseñado y ejecutado en función de un conjunto de axiomas (por lo general consistentes con la perspectiva económica) sobre los que se desenvuelven grupos humanos. Una confluencia de lenguajes que acotan al sujeto volviéndolo ciudadano y mantienen el orden de las relaciones por éste mantenidas.

2.1. El paradigma

La perspectiva ideológica que orienta y condiciona el sentido de la ciudad moderna es el desarrollo o la capacidad de crecimiento -muchas veces irrestricto- cuyo motor es eminentemente económico. La ciudad es entendida como un marco para habilitar el progreso de instituciones, empresas, grupos y personas y por ello está subordinada al mundo de las cifras y categorías escalables que podrían enunciarse como “mayor”, “mejor”, “más rápido”, “más”. Sobre ellas se erige, además de toda una plataforma productiva, una industria cultural, una moral y una estética bajo cuyo imperio, el ciudadano sienta sus aspiraciones y justifica sus acciones haciendo de objetos, mercancías y dispositivos medios para la propia trascendencia.

Un caso podría ser el de la cadena de cafeterías “starbucks” que ha eliminado del vocabulario de sus transacciones el tamaño pequeño en sus productos, sustituyéndolo por barbarismos o neologismos escalables en función de lo incierto y anulando la dimensión física en virtud de una simbólica. Otro sería el de los cines de cadena que eliminan la brecha en la relación precio-producto convirtiendo en una estupidez la decisión del consumidor de acceder a un producto pequeño teniendo a una diferencia mínima de precio el más grande.

Desarrollarse es expresar positivamente la acción de las categorías escalables en la propia persona y ésta aparece no como otra cosa que como una consecuencia del desarrollo de las propias instituciones. El lenguaje de contención es un marco que da coherencia a la vida social y nuestro éxito o fracaso está ponderado en función de ésta.

¿Qué pasa, sin embargo, con la disidencia?

Lo curioso es que ésta se ha vuelto incapaz de expresarse en otro terreno que no sea el que el propio paradigma ha marcado. Se habla de otras formas de desarrollo, de desarrollos alternativos, de desarrollos locales pero nunca o si acaso rara vez se niega al desarrollo en sí mismo. Plagado de una legitimación moral que cubre ya generaciones, el desarrollismo constituye un componente fundamental de nuestra visión del mundo:

Un mundo en el que se compite por el dinero pero no se niega su utilidad (repartición de la riqueza); se compite por el acceso al poder, pero no se le da la espalda (empoderamiento); se reconoce la paradoja que encierra la movilidad basada en el automóvil, pero no se deja de adquirir vehículos… La sola idea de no ser partícipes de la gran carrera por la superación hace que la educación haga ojos ciegos ante sus grandes vicios.

El de “Desarrollo” es un concepto que construye axiomas o reglas de juego para la sociedad y marca límites o aplica una lógica de la contención en lo que toca a su antítesis. Es un concepto que, no obstante, segrega al construir sobre sus reglas y hace desaparecer lo que se opone a él. A saber: el anti-desarrollo.

2.2. Los axiomas y los casos

La ciudad es el producto desarrollista por excelencia. Aparece como la negación del mundo antiguo ante la contundencia de una modernidad industrial, informativa y económica que se materializa en cada uno de sus rincones. No es posible disociar la idea de progreso de las evidencias urbanas, así como tampoco es posible pensar en las disidencias más allá de los medios que la vida en la ciudad ofrece como garantía de circulación: movilización, consigna escrita, audiovisual, icónica, estética o material que garantizan sentido a toda oposición pero, sobre todo, un impacto ante ese ambiguo ente llamado “opinión pública”.

Y es que hoy ya no importa que el problema se suscite en el campo, la solución solo estará urbanamente emplazada. Es precisamente en la ciudad  donde se cree que se causa daño, que se presiona o motiva a través de la circulación, del comercio, de la actividad laboral o  recreativa; es en la ciudad en donde los “sin voz” se levantan poniendo en jaque a la cotidianidad del resto: la vida determinada por el justo a tiempo, por la productividad y por los límites económicos.

En cierta forma la ciudad es el punto de partida para la legitimidad de cualquier discurso, articulado en cualquier base lingüística y que circule por cualquier medio de comunicación, ya que estará previamente condicionado por el aparato de sentido determinado por el propio sistema de vida llamado urbano: El contexto de contención.

Fotografía: Miradas Múltiples

a). El auto

Un ejemplo emblemático del poder que guarda el sentido engendrado por un lenguaje (una tecnología) se dio con el caso del “gasolinazo” a fines de 2016. El problema fue un incremento considerable al precio de los hidrocarburos que desató toda una serie de protestas entre las que se distinguieron: el cierre de carreteras, la toma de estaciones de servicio y la clausura simbólica de dependencias públicas. Curiosamente, para todas ellas fueron usados los automóviles; es decir, precisamente las unidades de sentido que veían afectado su funcionamiento a partir de la aparición de la política. Todo quedó en torno a aquel. Las dudas aparecieron  al percatarse de qué nadie protestaba dejando de consumir el combustible; al ver que no hubo reacciones que llevasen a los usuarios de transportes privados o públicos prescindir de los mismos como reacción al alza… El auto apareció como condición para que la institución (pública y privada) desarrollase beneficios económicos y de recaudación pero también para que la gente protestase por no poder seguir usándolo en la misma forma y medida que siempre.

Fotografía: Miradas Múltiples

Porque la idea de una movilidad motorizada, potente, vigente, ostensible y grande es correspondiente con las categorías enunciadas en el apartado anterior y, más aún, con la idea general de un crecimiento personal manifiesto en las posesiones. Sin auto no hay noción de progreso; es necesario para reflejar el avance social de las personas y la permeante adecuación de los contextos en los que están viviendo.

Junto al teléfono celular (cuyo caso será comentado más adelante) el automóvil es considerado para este texto como una de las unidades de medición del desarrollo individual más expresivas.

b). La vivienda

Pues bien, ya se tiene una unidad de medida del desarrollo urbano: el auto. Pasemos a otra: la vivienda.

Al igual que el automóvil, la casa constituye otra unidad axiomática sobre la que se erige el progreso. La habitación proyecta el poder adquisitivo (o el potencial para desarrollarse) que tiene una persona. Tiene extensión, ubicación, accesibilidad, servicios y complementos que la hacen ser más grande, mejor, pertinente y susceptible de escalarse mediante la incorporación de complementos. Quizá por ello las ciudades tienden a crecer a lo ancho y no a lo alto dando pie a la aparición de suburbios que hacen exponencialmente mayores las distancias entre centros laborales y unidades habitacionales; a la multiplicación de las vialidades y verdaderos desafíos o amenazas al medio ambiente por la energía requerida para el abastecimiento de recursos. Por otro lado los enjambres departamentales son perspectivas que hoy se acompañan de la idea de zonas densamente pobladas y pauperizadas, de estudiantes o jóvenes profesionistas, de “solteros” o de guaridas para aquellos que tienen “una doble vida”.

Fotografía: Miradas Múltiples

Hay,  como está visto, toda una serie de ideas asociadas que hacen de la habitación vertical un recurso aún no cuestionable mientras los fraccionamientos, la vida residencial o las casas particulares se asocian con imágenes de estabilidad, poder adquisitivo, capacidad de movilidad y estabilidad financiera. La casa es más, es mejor, es escalar y puede dar mucho más a su propietario en corto, mediano y largo plazos y quizá por ello la especulación inmobiliaria, la llamada gentrificación, la especulación con terrenos suburbanos se dan como consecuencia de esta lectura, acarreando protestas y resistencias que, sin otra opción, toman al paradigma de vivienda como única referencia reduciendo el conflicto a asuntos de control, de poder y de economía.

c). La información

Los actuales parámetros para medir el desarrollo están basados en la capacidad de los estados para generar, acceder, procesar y gestionar la información. En este sentido la presencia de infraestructura mediática resulta indispensable pero, sobre todo la determinación de la función que legitima el uso y el acceso a datos: finanzas, reportes, noticias, tareas, eventos y sus coyunturas espacio temporales.

La ciudad está determinada por las comunicaciones personales y, a la vez, brinda las condiciones para la proliferación de sus nuevos mecanismos de acceso: los teléfonos inteligentes.

De hecho, actualmente la vida urbana ha pasado a simular un gran juego que se desarrolla en tiempo real y  es controlado por aplicaciones: desde el GPS que borra la diferencia entre mapa y territorio, desde apps sociales que legitiman nuestro rol en términos de extensión e impacto, desde apps financieras en las que el dinero físico se diluye mientras las rutas de acceso a bienes y servicios proliferan o los grandes escaparates virtuales en donde las distancias físicas, lingüísticas e ideológicas se rompen para hacer de todos nosotros mercancías para el amor, la opinión o la participación democrática.

Más allá de los dispositivos, su software aparece como esos determinantes internos del discurso que para Foucault constituían a quien hablaba, lo que podía decirse a manera de opinión y la forma en la que podía ser dicho y resultar coherente con una cierta voluntad de verdad. No sin matices, el medio y el mensaje de MacLuhan cobran vigencia. Pero el teléfono celular no puede, bajo ninguna circunstancia, ser considerado un único medio de gestión de la información en la urbe. La ciudad en sí misma se presenta como soporte de una gran cantidad de discursos que se anclan en diferentes mecanismos y hacen de la vida urbana una prescriptora de conductas, un determinante de objetivos y la vía para para alcanzarlos.

Los discursos urbanos van de la identificación de zonas por la actividad que las distingue (como el Centro Histórico de la Ciudad de México) hasta la ponderación de las mismas por la infraestructura que las conforma (zonas pobres y pudientes / rápidas y lentas / comerciales o habitacionales, etc.). Elementos urbanos como la existencia de árboles, el ancho de banquetas, la existencia de alumbrado, la señalización y hasta la cantidad y condición de espacios públicos, habilitan o inhiben la circulación tanto de vehículos como de la gente, haciendo de la infraestructura urbana un lenguaje contundente sobre el cual de asientan prácticas.

Fotografía: Miradas Múltiples

3. Hacia una comunicación urbana

Desde la ciudad romana descrita por Fustel de Coulanges hasta el París moderno del Barón Haussman, la vida urbana ha dependido de la relación entre visiones tradicionales y funcionales. En el siglo XX, la perspectiva se centró en enfoques productivistas que ponían acento en la capacidad de hacer de las urbes contextos para el desarrollo de las herramientas y sus usuarios, emplazando el mercado y haciendo de lo “más grande”, “mejor”, “más rápido” y “mayor”, las bases para dar sentido a la cotidianidad.

Hoy, nuevas posiciones teóricas -más de orden transdisciplinar que meramente urbanístico- apuntan privilegiar lecturas sobre lo urbano brindando enfoques que acercan a formas de acceder a relaciones humanas más convivenciales dejando a un lado las meramente económicas o instrumentales (Cf. Illich, 1978). La razón es que la tecnificación, la productividad, el consumo y la acumulación no nos han vuelto más felices; al contrario: El desarrollo no parece estarnos llevando a ningún otro lado que no sea el de volvernos servidores de nuestros dispositivos. ¿Se trata de una vuelta al pasado? No necesariamente pero sí de una perspectiva que muestra la caducidad del paradigma anterior y el riesgo en el que éste nos está adentrando (crisis social, ecológica y residual).

La ciudad feliz (Montgomery, 2013) más allá de la ciudad rica o la ciudad desarrollada no es solo un asunto de definiciones, es un problema de sucesión de paradigmas y, por tanto, de orden multivarial y que precisa, por lo tanto, de comunicaciones eficientes.


¿Se puede ser feliz sin tener?

¿Se puede volver a un punto en el que nos sirvamos de nuestras herramientas y no sigamos sirviéndolas a ellas?

¿Se puede hablar de sociedades de convivencia y no de competencia?

¿Cuál tendría que ser la fisonomía de la ciudad en tales circunstancias?

¿Podríamos siquiera seguir hablando de ciudades?


Hacerse estas preguntas es hacerse de posiciones que requerirán nuevos lenguajes de contención y la conformación de una nueva comunicación urbana que trace e interprete las relaciones entre ciudadanos como actos convivenciales y no como estrategias de crecimiento.

¿Quién está dispuesto, sin embargo, a decir “hasta aquí”… “con esto tengo” o “basta” mientras el resto sigue acumulando?

He allí el desafío.


Referencias:
• FOUCAULT, Michel. 2008. El orden del discurso. España. Tusquets.
• ILLICH, Iván. 1978. La convivencialidad. En: 2015. Obras completas. México. FCE.
• KLEIN, Naomi. 2015. Esto lo cambia todo. España. Paidós
• MONTGOMERY, Charles. 2013. Happy Cities. Estados Unidos. Penguin Books.
• ROSEBERRY, William. 1994. Hegemonía y lenguajes de contención. Disponible en: https://www.scribd.com/document/125831576/Hegemony-and-the-Language-of-Contention

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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