Editorial Abril Miradas Múltiples

Editorial Año 2 Número 6

Por  
Fotografía: Sebastián Liera 1 abril, 2018

Por Sergio Aguilar

 

“Si se ha podido convivir durante mucho tiempo, como acabo de contarles que se convivía en Tánger, ¿por qué un choque?
¿Porque usted necesita un enemigo?
¿Se
está inventando al enemigo para poder ir contra el enemigo?”, José Luis Sampedro.

 

¿Tolerancia? ¡Sí, dos para llevar! Gentrificación turistificación de las ciudades y la otredad como el encuentro – o el choque- con uno mismo.

La supuesta tolerancia multicultural del mundo contemporáneo, cómodamente capitalista y rendido al conformismo, nos invita siempre a “aceptar las diferencias” y “trabajar más allá de los desacuerdos”; sin embargo, muchas veces en la realidad, esto solo deviene en dos posturas: por un lado, en que, efectivamente, al “trabajar más allá de las diferencias”, termina no habiendo diferencia entre yo y el otro –esto es evidente, por ejemplo, en el grave problema político que hay en México con los partidos que se dicen de izquierda y los de derecha, tan abiertos a hacer coaliciones electorales que resultan siendo la misma cosa. Por otro lado, en que solo aceptamos las diferencias cuando nos convienen, cuando nos ahorran un encuentro con una otredad radical –y es aquí donde se inscribe el asunto que quiero comentar.

La libertad de expresión y la capacidad de tolerancia solo tienen sentido de existir cuando nos cuestionamos el límite. Tolerar solo lo que está dentro de los límites de la tolerancia y la libertad de expresión, únicamente tiene sentido como actividad auto-adulatoria: en tanto la tolerancia y la libertad de expresión sean, en este capitalismo moderno, una mercancía que pueda incluir dentro de mi economía –libidinal y monetaria– con la cual entiendo el mundo. Es decir, solo soy tolerante siempre y cuando eso esté dentro de mis límites de la tolerancia. ¿Me ofreces tolerancia? Sí, dos para llevar, pero sólo la que me queda, sólo la que me conviene, solo la que no me obliga a enfrentarme a mis propios límites.

Me refiero, en específico, a la polémica que, por estos días, se ha dado en torno al ruido en el Centro Histórico de la ciudad de Mérida, en Yucatán (México). Para ponerlos en contexto: Mérida, ubicada al sureste del país, a cuatro horas de Cancún por carretera, es una ciudad relativamente pacífica y segura que, durante los últimos 10 años, ha sido destino de retiro para muchos extranjeros y mexicanos de otras ciudades en busca de un lugar tranquilo, pero no retirado de los espacios urbanizados. Así, en muchas dimensiones, Mérida es un lugar que cumple con esto.

Fotografía: Sebastián Liera

Con esta migración humana, el Centro Histórico, que había estado abandonado y era una zona ajena al intercambio comercial del resto de la ciudad, comenzó a tener nueva vida: bares, antros, restaurantes, tiendas, hoteles, centros culturales y casas abandonadas que ahora son remodeladas para convertirse en residencias mucho más lujosas y modernas. Las últimas semanas, sin embargo, vecinos nacionales y extranjeros han iniciado una serie de peticiones al Ayuntamiento para “reducir el ruido” que esos lugares provocan en el Centro. Pero, más allá de lo legítima que pueda ser esta petición, considero importante leerla desde otra perspectiva, la de un encuentro con la otredad y la propia tolerancia.

Este proceso no es local, sino parte de la gentrificación de las ciudades a nivel global, que se vuelven parques temáticos antes que espacios habitables. Un letrero en el centro de Madrid invita a los transeúntes a pasar por la madrugada para ver los deportes que la ciudad tiene por ofrecer: guerra de vómitos, batalla de orines en la vía pública y salto de balcón ejecutados por aquellos intoxicados por el exceso de alcohol. A primera vista da risa, pero rápidamente caemos en cuenta de la desgracia que supone el “boom turístico” en las capitales que va desplazando a quienes construyeron esas cosas tan maravillosas que el turismo depredador ahora consume y destruye.

Fotografía: Sebastián Liera

Entonces, ¿cómo queremos seguir consumiendo sin enfrentarnos a los residuos que causa ese mismo consumo? Tal parece que esto se trata de ocultar la basura, ignorar el calentamiento global, hacer como que no sabemos de la explotación laboral con tal de tener el celular de moda. De la misma forma opera quien intenta callar el ruido de una ciudad a la que ha llegado para disfrutar de sus beneficios: silenciando la otredad que no se adapta a mi particular e idílica conveniencia. Lo anterior, cabe señalar, nunca debe ser confundido con la xenofobia que experimenta buena parte de la población yucateca y que, por alguna razón todavía más estúpida, sencillamente no quiere vivir con personas que hayan nacido o crecido fuera de Mérida.

Por el contrario, lo que aquí propongo es un abrazar la diferencia por la diferencia misma, ya que el encuentro con la otredad sólo tiene sentido cuando cuestionamos nuestra posición en el mundo. Si usted ha vivido su vida pensando y haciendo las mismas cosas, es claro que nunca se ha enfrentado a sí mismo y, en ese sentido, no conoce nada de la vida. Porque saber más no significa ignorar menos, sino darnos cuenta de cuánto ignoramos, todavía. En este darse cuenta, el encuentro con la otredad es clave para poner en duda nuestros propios privilegios, nuestro propio lugar, nuestros propios “derechos”.

Es en ese choque, en esa intersección donde también podemos comprender en qué consiste la ética del ensuciarse las manos. En una orilla están quienes quieren la casa de descanso sin el ruido del otro que perturba su descanso. En la otra, quienes en verdad están dispuestos a ensuciarse las manos, a aceptar vivir dignamente en la otredad, y no a pesar de la otredad. Porque, en efecto, cuando pretendemos atorar la otredad con tal de vivir en una masturbación auto-adulatoria del barrio “de mis sueños”, cuando abogamos porque haya libertad de expresión siempre y cuando sea dentro de los límites que definí previamente, cuando somos tolerantes si y solo si el otro no pone en duda nuestra capacidad de tolerar, entonces nos enfrentamos a un fascismo disfrazado de convivencia comunitaria. En definitiva, una mirada introspectiva a la otredad siempre será una mirada hacia nosotros mismos, hacia el interior. Fingir que no (nos) vemos es otro problema que habita, por supuesto, en nosotros.

Este fascismo es el que hoy se viste con el traje de multiculturalidad, de políticamente correcto, y es el mal contra el que hay que luchar enunciando una verdad universal desde una posición parcial. Esta posición debe ser: el modo de afirmar nuestra individualidad no es bajándole el volumen a la otredad ni censurando su petición, sino cuestionando constantemente nuestra posición a partir de esa otredad. Es decir, hay que denunciar tanto la práctica proto-fascista de querer callar el centro histórico de una ciudad, tanto como la práctica proto-fascista de defender una idea maniquea, romántica y en última instancia irreal de ese ciudadano “ideal” que no existe en ninguna ciudad.

Ya lo dijo David Harvey: “El tipo de ciudad en que queremos vivir, está ligado al tipo de personas que queremos ser”.

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