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Muñecas

Por   ・ México
Fotografía: Miradas Múltiples 4 abril, 2018

Para mis padres, pesa más / el dinero que su hija. / Y así, con el laúd entre los brazos, / recorro sola mil y mil leguas. / Al claro de la luna, / tras mi interpretación, / no cesan de aplaudirme. / No saben que no han escuchado música, / sino los sollozos de mi alma rota.

LU HUINU
Poeta y prostituta china

 

Nunca olvidaré las muñecas de Fernanda, muñeca viva de la calle San Pablo, ofertando su carne cerca del legendario mercado de La Merced, en la Ciudad de México.

Estuve ahí trabajando algunos meses. Tuve la oportunidad de conocer a varios escritores y oficiantes de teatro y cine durante mi estancia. Artistas, desde los más comerciales y famosos, llegando —el mismo día de la función sin saberse una mierda de su acto— en sendas camionetas lujosas; hasta los del underground, nadando en vasos de cerveza y cigarros baratos, al tenor de la noche en foros alternativos del Valle Monstruoso.

Estaba solo en la ciudad, extrañando a mi gente, accionando el nervio de una vida distinta. Lejos de mi pareja en turno, con la relación devastada por la lejanía y la apatía, me movía entre las venas del gigante de concreto, inhalando el frio humo que vomitaban los microbuses y los autos. Algo bueno tendría que suceder, me repetía. Tenía que tomar a la ciudad por sus cuernos.

Después de realizar un trabajo que me representó una buena ganancia, salí. Paseé sin compañía por el Centro Histórico un rato largo, hasta decidirme visitar el mercado de La Merced. Quería conocerlo. Era parte de un ritual que aprendí de un maestro de poesía: “cuando vayas a cualquier lugar, ve a los mercados; ahí está la gente auténtica”. Además, un amigo me había recomendado pasar por la calle San Pablo: “es parte del básico turismo sexual”, me había dicho.

Jamás tuve prejuicio por ello. Para mí, pagar por el acto era igual a pagar cualquier otro servicio. Un intercambio más. Había conocido el mundo de las sexoservidoras de primera línea, al charlar con varias de ellas en un taller de seguridad sexual, cuando rondaba los veintitrés años. Escucharlas era nutritivo. Aprendí ahí que el oficio podía estar teñido de todos los tonos de un trabajo cualquiera, incluido el aburrimiento. No solía pagar prostitutas, no me hacía falta; tampoco desdeñaba hacerlo. El por qué un hombre paga a una prostituta es tan complejo que hasta el mismo Sade se dio por vencido antes de nombrar todas las razones. “Pasiones”, las llamó. Mi conclusión era la misma, siempre: un hombre paga para sentir el calor de otro cuerpo, para sentirse compenetrado con alguien y trascender la soledad.

Caminé, deslumbrado por la decoración navideña que colgaba de edificios y tejados. La gente marchaba a toda prisa, casi rabiosamente; los “changarros” estaban a punto de la explosión. El tránsito, como siempre, era torpe y rudo. El ruido de las voces rivalizaba con el de las aves chillando por el inminente arribo de la tarde. Aún estaba claro, pero el sol comenzaba a descender bajo un cielo sucio de contaminación y luces artificiales.

Tomé el metro para llegar pronto a las entrañas del mercado. Me bajé precisamente en la estación Merced. Mareas de humanos corrían de aquí hacia allá, asfixiantes y escabrosas. Las escaleras percutían desquiciadamente al fragor de miles de pies. El traca traca violento de los torniquetes se fundía con el vozarrón de los vendedores adentro de la caverna. La Merced es un laberinto de colores violentos, olor a garnacha, flores y plástico nuevo. Es una mole dantesca de microcomercios, donde encuentras desde tacos de un peso hasta básculas de baño; relojes, jarros, pirotecnia, ropa (muchísima ropa), libros, películas y por supuesto, mujeres.

Luego de caminar unos quince minutos sorteando a la gente y ajustando mis orejas al griterío de los comerciantes, al fin vi la luz, otra vez. Estaba ante Circunvalación, por cuyo perímetro se extiende un sinfín de puestos de compra-venta, responsables de la principal derrama económica en la zona centro. Crucé la enorme avenida hasta llegar al borde de la calle que lleva a la Plaza San Pablo, lado opuesto de la estación del metrobús. Al llegar a la esquina con Roldán, vi una tienda ambulante de revistas y me acerqué a mirar. Compré un libro de poesía hispanoamericana, amarillento y roído, el “Aullido” de Ginsberg y “La máquina de follar” de Bukowski. Una ganga.

Me fui y remonté hacia la iglesia. A unos pasos había un bar y decidí entrar a beber y comer un poco. Lugar tranquilo. A lo lejos, desde las puertas de madera, se observaba a las sexoservidoras. Ya a lo largo de Circunvalación se les puede ver, pegadas al enrejado negro que protege la banqueta de la ferocidad automotriz. Antes, había caminado entre ellas, admirando cómo de entre las figuras femeninas que adornan tristemente la cara opuesta al mercado de flores, sobresalían enormes efigies de la Santa Muerte, con montañas de centavos a sus famélicos pies.

Se prostituyen en la zona mujeres de todo tipo: jóvenes que platican por sus teléfonos celulares en lenguas originarias, chicas que claramente no son mexicanas, mujeres maduras que a mayor competencia portan menos ropa y algunas ya entradas en la tercera edad. “Esas te la chupan por un taco”, me dijo aquel amigo. No lo dudaba.

Seguí bebiendo en dicho bar. Leí un poco. “He visto a las mejores mentes de mi generación…” aullaba Allen. Yo no había visto ninguna.

Cuando el calor llegó a mis mejillas y la realidad se tiñó de alegría, salí del lugar. Aún el velo anaranjado de la tarde se comía el horizonte. Los microbuses rugían cual perros enfebrecidos. La gente tropezaba entre sí como en un festín de hormigas. Me dirigí hacia el metro Pino Suárez. Pero algo me detuvo en la intersección con Jesús María. La visión de las chicas que se prostituyen en esa zona, frente a las refaccionarias de bicicletas. Chicas bellas, sobresalientes entre las demás. Y una de ellas, rivalizando con todas. Una chica de no más de veinticinco años, con figura prodigiosa. Mi embeleso duró lo justo hasta que alguien me empujara por la prisa.

Es cuando tu libido es golpeada que recuerdas lo solo que estás. Revisé mi cartera. De sobra. Sucumbí a los nervios, no a la moral. Crucé la calle. La miré. Me sentí observado. Abordar a una sexoservidora no es sencillo. No es por el hecho en sí, es por las miradas externas. De cerca, la muchacha era extraordinaria; exudaba un aire de tristeza desconcertante: como la ciudad.

—Hola —dije—, ¿qué… qué precio tiene el servicio?

—Hola. Trescientos, sencillo —dijo en voz baja, casi tímida, apartando la vista de su móvil.

Estuve a punto de retirarme. Pero no podía. Me sentí vaciado. Como si retirándome no ganase nada, y quedándome tampoco. Alea jacta est. Daba igual el resultado.

—Está bien. Me parece. Vamos.

—¿Lo querrás? —preguntó, a mi parecer, con desilusión. Lo entendía.

—Sí.

—Sígueme.

Se metió el celular al bolso verde turquesa que llevaba. Vestía una blusa rosada y unos vaqueros ceñidos y rotos. Me tomó la mano.

Caminamos por un extenso corredor cuyo suelo era un camino de ladrillos color café. Algunos niños jugaban con un enorme perro blanco. Unas mujeres con delantal, sentadas, nos miraron, ecuánimes. Anduvimos hasta llegar a un hotel desvencijado. Entramos y nos dirigimos al vestíbulo.

—Aquí. Son cien del hotel.

El encargado me pidió mi identificación. Le extendí el dinero y miró a la joven. Al darme el cambio, me guiñó un ojo. Me dio asco. De pronto, sentí que estaba haciendo algo jodidamente erróneo.

Entramos a un cuarto modesto, con una cama matrimonial, un mueble alto con cajones gruesos y una mesita de hierro.

—Ahí —me dijo, señalando la cama —. Son doscientos. Otra posición son cincuenta más. Completo son ochocientos, una hora.

La vi. Era hermosa y joven. ¿Por qué era prostituta? No sabía. Bueno. No me hice el idiota. La Merced es conocida por ser un foco color rojo-sangre de trata de mujeres. Le di el dinero para dos posiciones extra. Me desvestí y observé cómo ella se desvestía dándome la espalda. Bajó los pantalones. Su cintura se veía diminuta antecediendo a unos glúteos bien torneados y anchos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, mirándose al espejo, depositando el dinero en su cartera y pintándose los labios. De alguna manera, lograba hacer todo al mismo tiempo.

Le dije mi nombre y pregunté el suyo.

—Fernanda.

—No eres de aquí.

—No. Soy de Culiacán.

—También yo soy foráneo.

—Eres muy joven para esto —dijo sonriendo, mientras se quitaba la ropa interior.

—No lo creo. ¿Y tú?

—Tengo dos-dos —confesó. Le creí. Se notaba.

—Yo veintiocho.

Me acosté en la cama.

—No te saques de onda, es para prevenir —comentó, mientras me limpiaba con un pañuelo y me observaba los genitales minuciosamente.

—Claro —contesté.

—Es por seguridad —se encogió de hombros—, no todos son limpios.

—Comprendo.

—¿A qué te dedicas? —preguntó, tirando la servilleta en la basura y sacando un tubito de gel lubricante.

—Soy escritor.

—¿En serio? —abrió los ojos con sorpresa.

—Sí.

—¿Y escribirás sobre esto?

—¿De qué más podría escribir?

Fernanda colocó una rodilla en el borde de la cama para montarse encima de mi cuerpo.

—Puedes tocar lo que quieras. Los pechos sobre la blusa y las nalgas, pues ya están al aire —rio.

Me puso el condón y se lubricó la vagina. Luego dirigió mi miembro hacia adentro.

Sentí una calidez enorme. Acaricié sus nalgas. Eran suaves, amplias; mis manos no las abarcaban. Flexioné las piernas para una mejor penetración. Ella era una mujer grande. Me veía con sus redondos ojos color miel, encima del busto prominente. Afuera se oían las bocinas de los automóviles y voces confusas.

Quien ha pagado a una prostituta, sobre todo de la calle, sabe que el acto sexual es mecánico, puro desfogue animal. No hacen ruido. No se mueven. Es obvio. Muchas no quieren estar ahí, a diferencia de lo que sucede con la prostitución de primer nivel. Para muchos es triste, para muchos es indigno, pero para mí no importaba. A veces era bueno tener compañía. Era cosa tranquila. Como a veces es bueno ir al cine para distraerse.

Entonces pasó algo que no olvidé.

Fernanda apretó los labios, me miró y gimió.

No era gran cosa. Es el cuerpo que responde. Pero muchas mujeres no suelen gemir, por ser un indicador precisamente de un cuerpo activo. O por el contrario, gimen demasiado para falsificar todo indicio de contestación biológica.

Acaricié su rostro. Nos sonreímos. Vamos, que no pasaba nada.

Arremetí. Adentro se sentía resbalar lo justo. Ella lo hacía todo para no gemir, así que habló:

—Escribirás de mí, entonces.

—Sí.

—Escribes de todas las mujeres.

No era pregunta.

—Sí.

—Escribe de mí.

—Lo haré.

Mezclamos algunas posiciones. Al final, ella se acostó y yo la penetré desde arriba. Cargué sus muslos. Fernanda mordía sus labios.

En ese hotel venido a menos, nuestros murmullos corrían por el aire. Ella me veía, con esos ojos tristes color miel. Yo me reflejaba en ellos. Al final, éramos dos seres igual de solos. Un hombre que pagaba y una mujer que cobraba. Nada más. Un pene, una vulva, piernas enredadas, brazos tensos. Ahí no había moral ni violencia. Era un simple trueque.

Acariciaba sus senos. Ella tomaba mi espalda.

Tal vez se trataba de una mujer obligada a venderse, tal vez lo hacía por cuenta propia. Tal vez, tal vez. Ella era parte de un estigma social y yo parte del problema. O al revés.

Nunca he sido defensor de nada. No escribo para representar causa alguna. Sólo le prometí escribir sobre ella un día. Narrar el hecho tal como fue. Crudo, simple. Sin historia de trasfondo. Solamente un encuentro como miles que suceden en esas calles del centro en una de las urbes más grandes del globo. Eso era.

Otros autores revelarán las cosas importantes. Harán reportajes y entrevistas sobre ese submundo lleno de violencia y melancolía en que se sumergen algunas mujeres de este país; pero yo no puedo. No alcanzo. Sólo soy un relator de episodios cotidianos. Intento honrar el momento. Trato de alejarme de cualquier juicio. Soy solamente yo. Y ahí, era simplemente ella: Fernanda, una joven de veintidós años, oriunda de Culiacán, prostituta en la Ciudad Monstruo.

Eyaculé en esa posición, exactamente cuando me percataba de las múltiples cicatrices en sus muñecas. Hechas a toda luz con objetos punzocortantes. Cicatrices profundas, púrpuras. Una roja: la más fresca. Tuve un orgasmo mirando fijamente esas cicatrices, perpendiculares o secantes a sus venas azules. Ella cerró los ojos.

Nunca olvidé esas muñecas. Fernanda era el cuerpo de la Ciudad. Sus venas: las calles palpitantes; las cicatrices: las intersecciones y las zonas donde decenas de mujeres se plantan, convirtiéndose en muñecas a merced del cliente o de los zares de la prostitución nacional. Heridas antiguas con cuerpos juveniles. Heridas que a diario sangran en los hoteles: Regina, Tampico, Santo Tomás, San Marcos, Liverpool, Necaxa…

Miles de mujeres trabajan a diario en toda esa zona. Mujeres esclavizadas por la mafia o por un proxeneta. La trata de mujeres, la prostitución derivada de ésta, es uno de los negocios más lucrativos del país, quizá sólo por debajo del narcotráfico.

Cuando terminamos, nos vestimos. Tiré el condón y ella se aseó.

—Ya hay que salir —me advirtió.

—Sí.

—Pareces un buen tipo —me dijo, mientras se acomodaba las bragas—. Me he sentido cómoda a tu lado.

—También me he sentido bien.

—Espero volver a verte y que me cuentes lo que escribiste de mí. Sólo que esa vez págame el completo —reía.

Salimos del hotel y regresamos al punto  de origen. Más de una persona nos miraba.

—Adiós —me dijo con indiferencia, apenas llegamos a la vista de todos; pero apenas echó una ojeada alrededor, me hizo una seña con la mano que venía a significar: “escribe”.

Miré el gesto. Sus cicatrices oscilaban en la tarde que caía. Retrocedí unos pasos. Ella comenzó a hablar con otra chica.

Yo no me quitaba la sensación de haber intercambiado calor con la ciudad entera, con su cuerpo exuberante, trágico y, ante todo, triste.

Sé que ella nunca leerá lo que escribí.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México

Trabajo con la palabra, desde el sentimiento de ser extranjero en todas partes, desde la ausencia, el erotismo y la violencia, desde la poesía. He viajado -viajo aún- por varias disciplinas artísticas con el afán de encontrar un lenguaje que conecte con los otros a nivel aurático. Soy un ser de la escena, del verbo que se encarna. Creo fervientemente en el arte que destroza los huesos y la mente, que hace mirar hacia nuestras guerras internas y nos permite estudiarlas, para construirnos como individuos activos, intelectivos, transformadores.  No hay separación, considero, entre géneros y miradas: cuando uno MIRA, siempre es actante principal de su realidad: desde el cuento o el reportaje, el canto o la crónica, el ensayo o la dramaturgia, estamos comprometidos con nuestra sociedad inmediata y con la aldea global, contrapuestos a la falsedad y desinformación de gran cantidad de medios. Como artista y ser de la palabra, tengo la obligación de esgrimir una mirada aguda, crítica, mutable y honesta para el mundo. Miradas Múltiples es para mí una plataforma de seres que están al tanto de la realidad, desde la periferia y el arrojo, no desde centros herméticos ni conformistas, que dicen, dirán, diremos lo necesario y lo incómodo, lo políticamente incorrecto para quien ostenta la censura como principal discurso. 
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