Crónica Caravana Migrante

Crónica: enseñanzas de la caravana migrante (I)

Por   ・ México - Inglaterra
Fotografía: Pablo Allison 8 abril, 2018

“Un cuartito, una pensión y otras cositas que la hacían sentir cómoda”, me dijo…

I. La salida: el nieto y su abuela

Como migrante, tengo una admiración tremenda por las personas que dejan su lugar de origen en busca de una mejor vida. En específico, me refiero a los centroamericanos que atraviesan cientos de kilómetros para cruzar la frontera de Guatemala con México y después enfrentar un segundo calvario, el paso por México para llegar a Estados Unidos.

Hace más de 2 años que quería hacer el recorrido inicial de la ruta migrante —a manera de una búsqueda interna y para dar seguimiento a cierta historia que empecé a desarrollar en Honduras. Finalmente lo hice y, al llegar a Tapachula, Chiapas, me encontré con más de mil migrantes, principalmente de cuatro países: Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua.

Según supe, de su propia voz, hondureños y salvadoreños huyen de sus países a causa de la violencia, una catástrofe nacional que los está forzando a desplazarse hacia horizontes más seguros como ‘México’. Conociendo mi país, no puedo pensar en su situación sin suponer que de verdad la realidad en sus países debe ser insoportable. Solo así es posible imaginar que deseen vivir en un territorio igualmente azotado por la inseguridad y los altos índices de violencia.

La mayoría de los hondureños que venían en esta caravana se encontraban muy molestos con la situación política. Durante el trayecto se escuchaba su grito de “Fuera JOH”, en repudio al presidente hondureño Juan Orlando Hernández, pues muchos de ellos han huido a raíz de la represión posterior a las elecciones presidenciales que lo mantienen en el cargo por segunda ocasión, a pesar de que un amplio número de personas está convencido de que hubo fraude electoral.

En este contexto, el 25 de marzo salimos de Tapachula con destino a Huixtla, también en Chiapas. Más de mil doscientos migrantes caminando esperanzados y con el sueño de salir adelante, de trabajar para mejorar sus condiciones de vida. Pero su destino no es el mismo para todas y todos, algunos pretenden llegar a las ciudades fronterizas de Tijuana, Mexicali o Reynosa, mientras otros más tienen la meta de asentarse y hacer su vida en puntos cercanos al centro de la república mexicana.

Como pude observar, no es sencillo llegar hasta “La Bestia”, el tren de carga que los lleva hacia el norte:

Entre esos miles, Carlos, Alexi, Juan, Mariana, María y Ventura caminaron por varios kilómetros sin rendirse. Durante el recorrido pasamos por una garita del Instituto Nacional de Migración (INM) que cedió el paso al ver que no tenían la capacidad física para detener a tal cantidad de personas. Los migrantes celebraron el hecho como si hubieran llegado a la meta, pero en ese momento no entendí porque les causaba tanta emoción haber pasado por una, la primera de las diversas garitas que debían atravesar.

Más adelante, al escuchar los relatos de otras personas que antes habían hecho el viaje y narraban la forma en que evadían estos puntos migratorios —ya sea caminando por los montes o bordeando por veredas todavía más peligrosas— tomé consciencia de lo cruel que es pasar por México sin papeles. Los agentes de migración constantemente “cazan” migrantes para deportarlos masivamente a sus lugares de origen.

La caravana, que en un inicio conformaban más de mil personas, aumentó de tamaño en algunos puntos y se redujo en otros, pero se mantuvo constante hasta llegar al poblado de Matías Romero, en Oaxaca, donde la cantidad de personas rebasó la cifra inicial. Eran más de mil quinientas que después tomaron distintas rutas —de eso hablaré más adelante.

La sensación de armonía se sintió durante los primeros cuatro o cinco días del viaje, pues la comida se repartía en abundancia en los lugares de parada para hacer un descanso. También había agua al alcance de la gente. Algunos cálculos aproximados, indican que el treinta y cinco por ciento de los viajantes son niños, niñas y mujeres, algunas con bebes. Igual se pueden ver dentro de la caravana a miembros de la comunidad LGTB, familias completas y jóvenes de distintas edades.

Para mí, fue asombroso ver las ganas de avanzar que todos mostraban. Si bien el largo itinerario comenzó en Tapachula, los migrantes ya traían cientos de kilómetros recorridos desde sus lugares de origen.  Ahí, a su lado, resulta imposible no pensar en lo duras que debieron ser las horas y horas de traslado, o caminata, hasta Chiapas.

Alexis, a quien acompañé por más de cinco días, partió de Honduras una semana antes de la salida del bien llamado “Viacrucis del Migrante”, como se conoce a la caravana que año con año viaja por las fechas en que se celebra la Semana Santa.  En su país, él se dedicaba a la venta de dulces y cacahuates, pero decidió partir, como otros, en busca de una mejor vida. Entonces tomó su ropa y sus dulces que, por cierto, aprovechó para vender por el camino. Así, simulando ser “solo” un vendedor ambulante, fue que logró cruzar a salvo la frontera. Ya en México, cuando se topó con agentes de migración, lo único que estos hicieron fue comprarle algunos de sus productos y dejarlo pasar, como si nada.

Aunque no todos corren con la misma suerte. Algunos tienen que pagarle a un “Coyote” o gestor para que los guíe; otros deciden ir por su propia cuenta, con lo que se exponen a infinidad de riesgos. En esta ocasión hubo dos personas que dejaron asombrado al resto. No tengo muy precisa la información, pero se rumoraba que eran nieto y abuela, ella haciendo el viaje en una silla de ruedas destartalada. Al parecer, en realidad se trataba de un mexicano que por alguna razón creció en Guatemala y había sido adoptado por la señora, a quien le dice “mamá”, por el afecto que le tiene.

Sin embargo, cuando hablé con ambos, a las afueras de Tapachula, la mujer se mostró muy enfadada porque la obligaron a hacer el viaje. La “abuela”, según me dijo, estaba contenta en Guatemala, con su cuartito, su pensión y otras cositas que la hacían sentir cómoda. Por su parte, el “nieto” argumentó que no podía dejarla sola y por eso se la había llevado. Iban rumbo a la Ciudad de México, de donde él es originario y pretenden vivir. De cualquier forma, abuela y nieto fueron los punteros de la caravana la mayor parte del tiempo. Su intención era seguir, “a como diera lugar”, hasta llegar a la capital. Hubo un momento en el que la sonrisa permanente de él, y los cuidados que tenía con la señora me hicieron recordar la importancia de mostrar nuestro amor a quienes nos rodean. Pensé en mis padres, por ejemplo.

Continuará…

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México - Inglaterra

Nací en Manchester, Reino Unido y fui criado en México, en el Distrito Federal o Ciudad de México, como se conoce ahora. Inicié mis estudios universitarios de fotografía documental y periodística en la Universidad de las Artes, en el London College of Communication de Londres, Inglaterra. Posteriormente, en 2009, me recibí como fotógrafo documentalista del Newport College of Art and Design, de la Universidad de Gales. Mi aprendizaje en el ámbito de los derechos humanos, trabajando en organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y ActionAid, en Londres, se convirtió más tarde en inspiración para abordar las artes visuales desde un enfoque social y humanista. Algunos de los conceptos que utilizo en mis continuas exploraciones de la realidad son la libertad, la reclusión, el control, la migración y, obviamente, los derechos humanos. Miradas Múltiples me da la posibilidad de generar contenidos cotidianos para referirme a personas comunes y corrientes, como yo, sin inmediatez y siendo subjetivo, pero a la vez balanceado, justo y sensible, desde la empatía y sin dejar de lado el rigor en la información. Encuentra más de mi trabajo en Instagram: pablondon1
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