Crónica: enseñanzas de la caravana migrante (II)

Por   ・ México - Inglaterra
Fotografía: Pablo Allison 2 mayo, 2018

“Entre risas, llanto y algo más…”

El camino era largo y aún faltaban alrededor de dos mil kilómetros de recorrido. Como dije en la crónica anterior, la generosidad de la gente en cada pueblo era enorme. Cuando la caravana paraba en ciertos puntos, los habitantes con curiosidad salían para saludar, algunos alentar y otros conocer a los migrantes que de pronto aparecían y daban más vida a su pueblito. La comida y el agua que les proporcionaban los hicieron sentir acogidos y cuidados por las y los mexicanos con los que se topaban en el camino.

Llegando a Arriaga, Chiapas corrió el rumor, como ya era costumbre, de que subiríamos todos al tren para continuar la ruta; sin embargo, eso no ocurrió. Intentar subir con más de mil quinientas personas, entre ellas niños y mujeres, hubiera sido muy peligroso; aunque generalmente es la única forma que tienen de llegar a su destino. Durante el trayecto por carretera y monte, desde Tapachula hasta Oaxaca, las y los migrantes enfrentan un sin fin de atropellos que ponen en riesgo sus vidas. Por ejemplo, un compañero de El Salvador me comentó que, en su intento previo por llegar a los Estados Unidos, caminando por la sierra para rodear la garita de control migratorio, se enfrentó a una situación que puso en peligro su vida cuando fue interceptado por unos delincuentes que portaban pistolas y machetes. A él y a sus compañeros los obligaron a desnudarse y los golpearon varias veces. También les robaron sus pertenencias antes de perderse en el monte.

Por eso, viajar en grupos grandes es una forma de blindarse contra cualquier imprevisto que pudiera pasar en el camino yendo en solitario, pues los delincuentes la piensan dos veces antes de asaltar a una caravana de migrantes.

En las primeras semanas, y en general a lo largo de la jornada de más de dos mil quinientos kilómetros, la gente pasó de todo, buenos y malos momentos. Hubo situaciones que pusieron en peligro a los que viajaban en el tren, pero también momentos de mucha armonía y solidaridad. Entre ellos, llamó mi atención cuando a un compañero al que apodaron “Kiko” empezó a vender cigarros para hacerse un dinerito. Con sus ganancias compró cinco y luego diez cajetillas. Durante todo el recorrido se le escuchaba gritando: “iFumeeen, fumeen!”.

Cuando se hizo de suficiente dinero compró una bocina que usaba para tocar la música de moda. Y después dejó de caminar para ofrecer sus productos, porque ya tenía instalado un puesto en el piso. El expendio improvisado se llamaba “Chiclería Kiko” y ofrecía cigarros, paletas de dulce, chocolates, obviamente goma de mascar y otras golosinas para los andantes. Al cabo de unos días le robaron su mercancía, pero más adelante se recuperó del robo y emprendió de nuevo la venta. Y como sucede en estos casos, dado que su negocio prosperaba surgió la competencia y entonces los cigarros se hicieron cada vez más baratos. Ya no costaban dos por cinco pesos, sino que se vendían hasta de a dos por tres.  A Kiko no lo vi más vendiendo sus productos.

En varias ocasiones me pregunté cuál sería la suerte de cada una de las personas con las que viajaba, de aquellos que veía a diario y me gritaban: “iGringoooo!” cosa que me enroñaba, pero que poco a poco fui aceptando. En el transcurso la gente entendió que no era un gringo y que mi nombre tampoco era “mexicano”, sino Pablo. Sin duda, para mí fue una experiencia bastante chusca. Sin embargo, sabía que los sentimientos y emociones acumulados en la convivencia llegarían a un fin cuando cada uno tuviera que tomar su propio rumbo hacia lo que consideran “un futuro mejor”.

Freddy, el hondureño que conocí en Oaxaca, decidió apartarse del grupo en Tierra Blanca, Veracruz porque le entró miedo de ser detenido por las autoridades migratorias, así que prefirió quedarse para viajar por su cuenta hacia el norte del país. Jonathan, otro chico, también agarró su camino. Llegó a la Ciudad de México para dejar a su familia y luego continuar el viaje hasta su destino final, Ciudad Juárez. Ahí, me dijo, permanecerá hasta que encuentre el momento adecuado para cruzar por el monte hacia Nuevo México.

Por mi parte, decidí apartarme del grupo cuando llegamos al poblado del Encinar Nogales en Orizaba, Veracruz. Por algunas situaciones muy riesgosas y al ver que estábamos varados después de la redada de agentes migratorios en el patio de trenes de Orizaba, consideré que el trayecto no se veía prometedor.

Quizás se pregunten por qué algunos migrantes viajaron despegados de la caravana en el tramo de Medias Aguas en Veracruz, pero esta no fue una decisión que tomaron por si solos. No explicaré a detalle las razones, solo les diré que, en esas circunstancias, más de trescientos tuvieron que encontrar otra manera de salir del poblado lo antes posible para dirigirse hacia sus destinos sin el acompañamiento de la caravana.

Desde ahí, alrededor de ciento cincuenta personas tomamos el tren con destino a Tierra Blanca (dos puntos con una presencia muy fuerte del crimen organizado), y en ese punto subimos a otro tren, ahora con dirección a Lechería, en el Estado de México. Cuando paró en Orizaba debido a la detención organizada por los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) que detuvieron nuestro paso por unas horas, según datos oficiales más de cien personas fueron arrestadas y posiblemente deportadas a sus lugares de origen. De algunos con los que venía no supe más.

Horas más tarde, esperando el tren en el Encinar Nogales, también en Veracruz, decidí no continuar hacia adelante, pues las condiciones podían tornarse violentas y en el grupo se intuía la presencia de miembros del crimen organizado husmeando por la zona, controlada por huachicoleros y cárteles de las drogas que, posiblemente, estarían vigilando nuestros movimientos. Como lo hacen siempre.

Continuará…

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México - Inglaterra

Nací en Manchester, Reino Unido y fui criado en México, en el Distrito Federal o Ciudad de México, como se conoce ahora. Inicié mis estudios universitarios de fotografía documental y periodística en la Universidad de las Artes, en el London College of Communication de Londres, Inglaterra. Posteriormente, en 2009, me recibí como fotógrafo documentalista del Newport College of Art and Design, de la Universidad de Gales. Mi aprendizaje en el ámbito de los derechos humanos, trabajando en organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y ActionAid, en Londres, se convirtió más tarde en inspiración para abordar las artes visuales desde un enfoque social y humanista. Algunos de los conceptos que utilizo en mis continuas exploraciones de la realidad son la libertad, la reclusión, el control, la migración y, obviamente, los derechos humanos. Miradas Múltiples me da la posibilidad de generar contenidos cotidianos para referirme a personas comunes y corrientes, como yo, sin inmediatez y siendo subjetivo, pero a la vez balanceado, justo y sensible, desde la empatía y sin dejar de lado el rigor en la información. Encuentra más de mi trabajo en Instagram: pablondon1
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