Salir

Por   ・ México
Fotografías: Gustavo Garduño 14 mayo, 2018

Si en algo estoy de acuerdo con mi mujer es que la elección de un sitio para vacacionar debe tomarse en función del nivel de conocimiento previo que se tenga sobre éste. Ambos estamos convencidos que gran parte del disfrute viene de las narrativas que anteceden la salida y, quizá por esa razón a ambos nos gusta tanto Inglaterra. Desde hace ya un buen rato nos hemos venido embarrando la historia de la isla comprendiendo la complejidad que históricamente representa: desde que albergó los límites del mundo conocido con la Muralla de Adriano, pasando por la única invasión sufrida por las tropas al mando de Guillermo el Conquistador o el devenir de las diferentes casas reales y sus múltiples desvíos.

Hemos leído porciones de los dramas históricos o ficticios que  sus grandes letras han legado, así como testificado el arte que posee (tanto el propio como el expoliado). Ambos somos capaces de ubicar sin escrúpulos ideológicos ese humor plagado de prepotencia imperialista y, por supuesto sabemos reconocer el impacto de la trepidante modernidad industrial, cultural y artística.

Ir a Inglaterra representa para nosotros un proceso contrario a la exégesis literaria pues nos permite descubrir en la realidad lo que hemos recorrido en la literatura. Quizá por ello la actividad más recurrente en las “escapadas” que nos hemos dado es caminar trazando rutas orientadas por ese conocimiento previo haciendo coincidir en el East End (por decir algo) la sordidez de las barriadas victorianas, el cockney de Doolittle y la modernidad industrial con la constitución de nuevos circuitos comerciales en los que los londinenses realizan su día a día más allá de las masivas locaciones turísticas vendidas en Westminster, la City, Notting-Hill o Camden Town.

Para nosotros salir implica vivir unos días “a la manera de”, lo que no quita la posibilidad de colarse en el British Museum o la National Gallery a sabiendas que no se cubre un horario ni un programa. Quizá solo para contemplar a los “Inmortales de Susa” o para contemplar una pieza específica de Turner y, luego, escapar a por un café o una cerveza. La idea es sentirnos dueños de nuestro tiempo pasar desapercibidos en el espacio aunque sabemos bien que vivir “a la manera de” en unos cuantos días es solo un simulacro. No obstante, gracias a éste hemos sabido que moverse no requiere de un programa, un grupo o un manual y que gran parte de la satisfacción del viaje consiste en el ir descubriendo mientras uno pasa desapercibido.

Salir para moverse y dejar mover a los demás constituye un acto liberador que justifica a la perfección las críticas que desde hace ya varios años se vienen exponiéndose en varios medios ante ese turismo que requiere de una “masa crítica” y lo que ella implica: la sensación de seguridad, comodidad, certeza, desplazamiento y consumo en un solo esfuerzo.

El llamado turismo masivo es hoy objeto de cuestionamientos (e incluso de agresiones) en comunidades de alto impacto histórico como Barcelona, Madrid, Venecia, París o Nueva York; sitios donde se ha documentado la existencia de grupos que intentan rescatar la posibilidad de moverse libremente por su urbe, su barrio o, incluso, su edificio… Posibilidades que el turista les ha quitado. Caso extremo es el de esa Puerta al Adriático en la que se asientan los escenarios shakesperianos de Otello o el Mercader, esa misma que se ha convertido en un parque de diversiones al que se accede por torniquetes y en el que el horizonte se opaca por las torres departamentales móviles de cruceros de línea que descargan a diario millares de personas dispuestas a pagar precios inconcebibles por la experiencia de degustar una pasta de lata a bordo de una barcaza (las góndolas son insuficientes) o escuchar O Sole mio bebiendo un martini.

El turismo masivo es el que anula la experiencia histórica ante la presencia del estereotipo o del lugar común. ¿A quién le importa qué hay, que hubo o que habrá en las galerías de Trafalgar Square o en el Louvre? Lo fundamental es dejar testimonio de que se estuvo allí, sincronizando nuestra presencia con las redes sociales que muestran a nuestros contactos el álbum fotográfico antes, incluso, de nuestro regreso y evitando así la anécdota, el comentario o el ritual de exhibición (ese que los que vivimos en las últimas décadas del XX cubríamos al revelar un rollo, colocar imágenes en álbum o proyectar diapositivas).

Con el advenimiento de dicho turismo masificado salir se ha venido convirtiendo en algo cada vez más oneroso; caro no solo por la cantidad de recursos materiales que hay que invertir en una escapada (aún en temporada baja) sino por las consecuencias anímicas que el hecho acarrea tanto para el turista como para el involuntario anfitrión: Desde dosis de frustración al no encontrar en la realidad del destino cierta coherencia con espíritu expuesto en referencias literarias, artísticas o incluso mediáticas; hasta el riesgo cada vez más cercano de volverse cómplice de la desaparición de dicho espíritu al convertir los destinos en negocios que explotan el estereotipo hasta la saciedad: Hugh Grant y Julia Roberts como símbolo de Notting-Hill, caminatas nocturnas en Whitechapel que siguen las huellas de Jack el Destripador o fotos para revivir la historia inexistente del cruce de Abbey Road.

¿Qué ha pasado con la realidad de esos sitios? ¿Hacia dónde se ha desplazado el cotidiano que bien o mal tejió esas y otras leyendas? Está en los suburbios: en las periferias aún protegidas por la imagen del desinterés o -mejor aún- por la posibilidad del riesgo. Esos suburbios donde vive el verdadero barcelonés, el verdadero londinense o veneciano; esos suburbios donde la falsa amabilidad no es regla y donde el cotidiano, además de no interrumpirse, resiste.

Y es que el turismo masificado no se acopla, acopla; jamás busca vivir las condiciones de cotidianidad del sitio visitado, por el contrario, pretende que la nueva locación viva la suya: alojamiento, comercio y antros a modo, aire acondicionado, estacionamiento, conexión a wi-fi, la presencia de cafés de franquicia, alimentos específicos y transportes a la mano, por decir algo. Se quiere lo que se tiene a diario pero afuera y los prestadores de servicios turísticos están para darlo.

Una consigna que el urbanista de izquierdas David Harvey plantea en su libro “Ciudades Rebeldes” establece a los espacios del capital como agentes que configuran el desarrollo urbano y, por supuesto, dentro de ellos ubicamos a los servicios turísticos que operan como formas particulares de mercancía por las que el desplazamiento del fondo social a partir de formas atractivas y lucrativas es constante. Para sus promotores, un centro viejo no será más el espacio donde la anciana o el niño podían bajar a por la leche, el pan o la colada, sino el contexto para establecer la terraza de café o el bar de aires bohemios; el espacio para el mimo, el músico a modo o el saltimbanqui.

Bajo el argumento de la mejora inherente de los inmuebles, la práctica cotidiana queda anulada por el alza de precios en servicios, transporte y acceso por lo que la anciana o el niño -incapaces de pagar precios de turismo- tendrán que salir para habitar un nuevo espacio donde ni el pan ni la leche estarán a la mano pues se resguardarán en un hipermercado o local suburbano separado de sus viviendas por super vías, puentes o inmensos lotes de aparcamiento. Los habitantes de las zonas “gentrificadas” estarán condicionados a cambiar o perecer y muchas veces optarán por adecuar su vivienda para dar alojamiento al viajante adoptando la el modelo comercial del hotel-boutique, el hostel o la cocina de barrio que opera con insumo masificado.

El verdadero drama aparece cuando el viajero -con el que mi mujer, yo y una gran mayoría nos identificamos- se reconoce como actor involuntario de estos dramas localmente acotados; cuando se percata de que también su simulacro solitario, su anonimato y el supuesto conocimiento previo de las narrativas que dan sentido a un sitio tienen un costo indirecto que anula precisamente eso que buscaba.

Y es que ya no hay turismo inocente, solo hay nichos de mercado que parecen responder a demandas específicas que se etiquetan según las fobias del cliente: eco-turismo, turismo-tradicional, turismo de riesgo, turismo-alternativo y un largo etcétera en el que, por supuesto, se incluyen vicios, exotismos y caprichos de índole diversa. Por lo visto, ante el drama del mercado de experiencias, solo queda preguntarse: ¿Qué tan sano, factible, recompensante y racional es salir? ¿Qué tanto la experiencia externa expandirá horizontes más allá de un plan tan ineludible como ajeno a nosotros? ¿Qué tanto vale la pena salir?

El desafío está. Las posiciones, sin duda serán muchas.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México

Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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