Grupo Cultural Zero: 40 años de un amor necio

Por   ・ México
Imagen: Sebastián Liera 1 junio, 2018

«No me gusta el teatro.» Ésa es una de las frases más honestas que he dicho en mi vida; tanto, que me gusta repetirla, regalarla, incluso, a quien quiera o, más bien, a quien pueda oírla: mis compañeras y compañeros estudiantes, mis colegas de la academia, mis cómplices de tablas. Y, sin embargo, nadie, nunca, me lo ha creído; al menos no la primera vez que me lo han escuchado decir. Y se quedan mirándome a los ojos fijamente, en silencio, con una sonrisa socarrona entre las comisuras de los labios como quien está a punto de descubrir el secreto que guarda la mirada del otro, y el otro soy.

Y, tarde o temprano, encuentran lo que buscan (porque, a decir verdad, todo mundo encuentra lo que busca, aunque no se dé cuenta bien a bien qué está buscando, ya porque no se hayan enterado, ya porque estén haciéndole al tonto, que es otra forma de no enterarse), y la sonrisa socarrona se envuelve en un halo de pretendida complicidad, y siguen con su camino o con su plática, que son casi siempre lo mismo.

Como a todos, creo, el teatro se me inoculó (sin albur) siendo, antes que nada, un espectador. La primera vez que vi una obra de teatro tendría unos 7 u 8 años de edad; se trataba de un espectáculo infantil producido por el Grupo Cultural Zero: De dulce, de chile y de manteca. Me recuerdo, primero, fascinado, encantado; después, triste o, más bien, decepcionado, porque al final de la función mi padre me llevó a los camerinos para descubrir que el león en la fábula de “El León y el ratón” era un actor.

Poco ayudó que ése actor fuera mi tío Eduardo; yo quería que el león fuera, simplemente, un león; no un león de esos de verdad que hay en los zoológicos: me hubiera dado mucho miedo; no, un león de verdad con piel de peluche y garras de tela que sabía pararse en sus patas traseras y, para acabarla, hablaba español.

Y, no es que yo no supiera que el león era en verdad un actor disfrazado de un león con piel de peluche y garras de tela; lo que yo quería era seguir pensando en la remota posibilidad de que quién quita y sí fuera un león con piel de peluche y garras de tela de verdad. De modo que el teatro, desde muy temprana edad no fue, como dice la banda, mi hit; lo mío, lo mío, eran los deportes, sobre todo el futbol. No obstante, muchos años después, cuando el teatro se me metió en la piel y en la palabra, mi primera meta profesional fue ser parte, precisamente, del Zero: el grupo de teatro ése donde unas veces chambeaba de actor un león con piel de peluche y garras de tela y otras veces mi tío hacía, entre otras muchas cosas, de león.


Recuerdo su solidaridad cuando fundamos el PSUM. Ellos hacían con sus obras de teatro reflexionar en los mítines a la población que nos acompañaba; tanto en mítines cómo en la lucha tan dispareja en esos años, siempre presentes en donde había lucha social, por conseguir mejorar la calidad de vida de los mexicanos y el Grupo Cultural Zero, A.C. fueron nuestros compañeros en las malas y en las muy pocas buenas. Lalo El Guajolote, Fernando Fantasma, El Topo, Bertha… se me van los nombres a tanto tiempo de distancia. Lo que no se olvida es su excelente actuación y su indiscutible solidaridad con las causas imposibles. Los quiero y los admiro; además, les agradezco haber sido parte de mi vida.

―Martha Delgado


 

Estar en el Zero, ser parte del Zero (lo he dicho en otras ocasiones), era como mi prueba de fuego para saber si el teatro podría ser mi proyecto de vida: si podía vivir y sobrevivir a la experiencia del teatro popular e independiente de ser un zero (léase: nadar a contracorriente, sin ni uno sólo de los apoyos oficiales que hoy mendigamos muchos de quienes nos decimos “independientes”, caminando hombro con hombro con pueblos indígenas en resistencia antes que el neozapatismo llamara la atención nacional e internacional hacia ellos, organizaciones precursoras de la defensa y promoción de los derechos humanos hoy tan en boga o partidos políticos pertenecientes a una izquierda entonces reciéntemente legalizada y constantemente reprimida; es decir: pasando hambre), significaría que podría hacer del teatro mi oficio, mi profesión, mi vida.

Claro que en ése estoicismo un tanto cuanto romántico no estribaba mi deseo de ser un zero; tampoco, cabe aclararlo, en el hecho de que uno de sus fundadores fuera Eduardo López Martínez, mi tío (con todo y que posteriormente se convirtiera en uno de mis maestros escénicos más significativos). Mi deseo por ser un zero radicaba en, habiendo caminado el oficio de Tespis, reconocerme heredero de un teatro que en México tiene uno de sus capítulos más importantes en el Grupo de Teatro y Poesía Coral “Mascarones”, mismo que tiende sus ramas hacia el teatro chicano, al norte, y al teatro latinoamericano, al sur, y abreva de una línea genealógica que, por un lado, va de la carpa mexicana a la commedia dell’arte, pasando por la legua de los siglos de oro español, y, por otro lado, va de Seki Sano a Stanislavski, pasando por Meyerhold, y de Boal a Brecht, pasando por Dragún, Buenaventura o Del Cioppo.


Recién llegué a Cuernavaca, en febrero de 1982, yo extasiado, conociendo rincones o sitios propios de Cuernavaca, recuerdo que los descubrí en el zócalo o la plaza de armas; con sus diferentes expresiones de comunicación al pueblo. Con el tiempo, me fui involucrando y conociendo a los activistas open mind de la ciudad. Reciban muchas felicitaciones y bendiciones; sé que seguirán adelante.

―Alfonso Leija Salas


 

El Grupo Cultural Zero se fundó en 1978, tres años después de que yo llegara al mundo, tras una escisión al interior de «Mascarones». Según lo tengo contado, en una suerte de microhistoria que como todas las microhistorias pasa muchas veces desapercibida en medio de los metadiscursos de la Historia con mayúscula inicial, trece de los entonces dieciséis zeros habían decidido que el discurso por democracia, libertad y justicia que el grupo capitaneado por Mariano Leyva ostentaba como bandera de dientes hacia afuera debía regir también la vida interna de la agrupación. Mariano, apoyado por su entonces pareja sentimental, Lourdes Pérez-Gay y Fernando Leyva, conservó para sí el nombre y la historia de «Mascarones», incluyendo las regalías de la mayoría de sus productos: libros y discos, principalmente. Así lo tengo contado; así lo tengo entendido.

Las y los treces jóvenes, apoyados por Humberto Proaño, quien hasta entonces había sido algo así como el brazo derecho de Mariano en «Mascarones» después de haber sido colaborador de Seki Sano en el Seminario de Actores del Teatro de la Reforma, se vieron forzados a encontrar un nuevo nombre para su colectivo; uno que expresara tanto la idea de comenzar desde cero, como la de estar de vuelta: de no estar acabados.

Una película franco argelina dirigida por Costa-Gravas: Z (1969), les dio la pauta; al final del filme, en el que se desmenuzan las prácticas represivas de gobiernos de derechas en Grecia, una enorme «Z» que alude al apellido del líder de izquierdas asesinado en la película aparece garabateada en alguna de las paredes; la «Z», durante los regímenes militares en Grecia, era un símbolo prohibido porque significa «el espíritu de resistencia vive». Así nace el Zero.

Para la siguiente década, las y los zero’s estaban, junto con las y los zumbones y zopilotes, entre las y los principales representantes del teatro popular e independiente en México; así lo pensaba al menos el investigador teatral Donald H. Frischmann, quien en la primavera de 1985 escribió en la revista especializada Latin American Theatre Review:


El Grupo Zero ha incursionado en una variedad de formas teatrales, destacándose entre ellas el teatro de revista carpero. En espectáculos de creación colectiva como La Carpa Zero y En la tierra del nopal, el grupo retoma esta tradición, dándole toques originales, como su muy hábil utilización de las máscaras y los disfraces, y a través de ella da su perspectiva acerca de personajes de la vida social del México actual; funcionarios y vedettes, “pelados” y policías, amas de casa, figuras del hampa, vendedores ambulantes, artistas, ricos y pobres figuran en cuadros cuya comicidad frecuentemente responde a un humor negro y que ofrece la risa como válvula de escape frente a situaciones aparentemente insuperables, a la vez que provoca la reflexión crítica.

Problemas sociales y políticos como la represión y la desaparición de ciudadanos, el subempleo, la prostitución de la democracia y de toda la maquinaria de poder en México, el charrismo sindical y la institución de la ‘mordida’ son examinados crítica y humorísticamente por el Grupo Zero. No sorprende, pues, que por su ingenio y por sus grandes cualidades humanas este grupo se haya colocado a la vanguardia del nuevo teatro popular e independiente de México. (Frischmann, 1985: 32-33).


Yo tenía entonces apenas 10 años de edad y mi formación política iba de la mano de las lecturas que me acercaba mi padre, entre las que destacaban los monos de «Rius», ora en Los Supermachos y Los Agachados, ora en sus libros ABChé, Cuba para principiantes, Mao en su tinta o La panza es primero, y de las historias de mi madre en el Chiapas de su infancia y adolescencia donde pervivían prácticas como el derecho de pernada y otras lindezas de ese cacicazgo muy medieval que aún tenemos en el México del Siglo 21.

Tres años más tarde, en aquél 1988 axial que me enseñó que al capitalismo mexicano no se le arrebataría el poder nunca mediante las urnas, los entonces integrantes del Grupo Cultural Zero participarían en el XIV Festival Internacional de Teatro Chicano Latino del TENAZ (Teatro Nacional de Aztlán).

No era la primera vez que lo hacían; como integrantes de «Mascarones» no sólo se contaban entre sus fundadores: el nombre mismo de TENAZ fue idea de Mariano Leyva, en 1971, sino que ya habían sido sus organizadores: en 1974, todavía siendo miembros de «Mascarones» y como integrantes de una CLETA que después, al más puro estilo estalinista, los expulsaría, co-organizaron el V Festival del TENAZ y I Encuentro de Teatro Latinoamericano, en la Ciudad de México, y dos años antes, en 1986 organizaron el XIII Festival del TENAZ, en donde homenajearon a su querido y emblemático Humberto Proaño, en Cuernavaca, Morelos.

En aquél XIV Festival del TENAZ, el de 1988, las y los entonces zero’s presentaron Como burro sin mecate, una farsa basada en los monos del «Maese Rius». Años más tarde, «El Churro», alias Arturo Torres Romero, hermano mayor de tablas y otras andanzas que ahora no viene al caso platicar, recordaría que Como burro sin mecate había sido el modo en como el Zero participó en uno homenaje que se le hizo al doctor «Rius Frius» junto con un titipuchal de banda:


Fueron varios días de exposición y temporadita de teatro en el Jardín Borda, pero en la inauguración, Rius nos la cambió, palabras más, palabras menos, nos dijo en el micrófono: “Éste ‘ojo-meneado’, perdón, homenajeado; quiere decir que aquí está presente el mejor caricaturista de México y me atrevo a afirmar que es el mejor dibujante y monero del mundo.” Entonces, el maestro Rius señaló a alguien que se puso rojo por la vergüenza: el maestro Rogelio Naranjo. Así se las gastaba el humilde maestro Eduardo del Río, Rius.


En la Latin American Theatre Review, Frischmann mencionaría la participación de las y los zero’s en el XIV TENAZ:


Como burro sin mecate, del Grupo Cultural Zero, fue uno de los actos más aplaudidos del Festival TENAZ. Esta comedia de enredos, basada en un cuento del caricaturista Rius, aprovechó con sabor genuino elementos de teatro popular netamente mexicano como el esquech de carpa y el espectáculo callejero de merolico, junto con el uso original de máscaras parciales (…) La crítica mordaz contra el sistema político mexicano, particularmente el PRI y el PAN, culmina en la última escena donde el político omnipotente pisa la espalda doblegada de su guardián, se tira un puñado de confeti sobre su propia cabeza y declara: “¿Desde cuándo se necesitan votos en este país para ganar elecciones?”

El Zero ha alcanzado un excelente nivel en los géneros populares mexicanos y sus miembros deben ser reconocidos como dignos representantes de esta rica tradición. La adaptación de la historia, la escenografía y las máscaras fueron realizadas por Eduardo López Martínez, y la dirección fue colectiva. Los demás integrantes del Zero eran Arturo Torres Romero, Fernando Hernández Silva, Silvia Pérez Gándara y Berta Alicia Macias Lara. (Frischmann, 1990: 94-95).


 

Yo tenía 13 años de edad y, junto con mi hermano Nicolás, el verdadero devorador del tal «Rius» en la familia, acompañaba a mi padre en las manifestaciones que inundaban de gente las calles de la Ciudad de México con consignas como: «¡20 millones, ja, ja, ja!», en sorna por la cifra de votos que el PRI dijo que obtendría con la candidatura de Carlos Salinas de Gortari, o: «¡Paloma Cordero, tu esposo es un culero!», como expresión de alta literatura popular para señalar al presidente de la República como principal responsable del fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas… pero, teatro, nada; sólo como espectador: recuerdo con mucho placer las dos veces, una con mi padre y otra con mi madre, que entré a ver Los dos hermanos, de Felipe Santander, en el Teatro Legaria del IMSS, y una función de Las calaveras de Posada, con un «Mascarones» que parecía haber renunciado a renovarse después de la salida de las y los zero’s, en la Alameda Central de la Ciudad de México.

Llegó, sin embargo, el tiempo en que me contagié de teatro por completo. Yo, claro, aún no lo sabía; aunque ya acusaba los primeros síntomas porque a la experiencia de teatro amateur con el Grupo de Teatro «Compañeros», capitaneado por el incansable maestro Benjamín Gómez Jiménez, en la escuela preparatoria donde yo estudiaba, buscaba sumarle la experiencia de otro teatro… otra forma de hacer teatro. No sabía bien a bien cuál, ni cómo llamarle a ésa otra forma, a ése otro teatro; en «Compañeros» se me había inoculado el virus dionisíaco con cariño, pero algo me decía que eso no era suficiente.

La víspera del Año Nuevo 1991… o 1992… no lo recuerdo bien… le pregunté a Eduardo, mi tío, si al terminar la prepa me aceptarían en el Zero. Me dijo, palabras más, palabras menos: —Primero termina la escuela y luego platicamos; el teatro que tú haces es un teatro muy diferente al que nosotros hacemos… —Sí, lo sé… o lo imagino… es un teatro más, digamos, político, ¿no? —Pues, sí; pero, más que político, es un teatro que exige estar allí con él de tiempo completo; para ti, el teatro ahora es sólo un pasatiempo, un tallercito de tu escuela; cuando termines la prepa y veas si el teatro es tu vocación, platicamos, porque ya estamos un poco cansados de estar formando a gente que luego deja el grupo y se dedica a otras cosas, menos al teatro.

El Zero, entonces, estaba conformado ya sólo por Berta Alicia y «El Churro»; con Berta Alicia me vinculaba, más que como colega, como pareja sentimental de Eduardo: era mi tía; con «El Churro», el vínculo profesional era nulo: él ni siquiera sabía que yo hacía teatro. Ése Zero todavía hizo de las suyas en el TENAZ de ése 1992, con Cada quien… que le ponga… como quiera, un espectáculo en el que pusieron sobre las tablas su pensar y su sentir sobre los 400 años del, ora “Encuentro de dos mundos”, ora “Descubrimiento de América”, ora “Invasión española”.


Por esta misma vena el otro grupo de fuera, el Grupo Cultural Zero de Cuernavaca, México, presentó la obra Que cada quien… la ponga… como quiera. En la pieza el grupo, compuesto por Berta Alicia Macías, Eduardo López y Arturo Torres, pasa revista a 500 años de altos y bajos, de logros y descalabros en la vida del hombre común mexicano. Usando la técnica del teatro dentro del teatro, la representación es un ensayo de la representación que se prepara para el susodicho Quintocentenario. Todas las convenciones teatrales están en juego en este “simulacro” teatral.

En él se mezclan lo supérfluo y lo histórico, la cultura popular con la sátira social y política, lo trágico con lo cómico, la tradición carpera con la danza contemporánea vanguardista. Con casi quince años de estar “ensayando”, los Zeros, apoyándose como siempre en su destreza caporal, demostraron una vez más su maestría en el manejo de su repertorio. (Rizk, 1993: 187-188).


 

Yo, por entonces, estaba más enfrascado en la toma de las instalaciones de la preparatoria donde estudiaba, la Preparatoria Federal por Cooperación «Calmecac», mejor conocida como Prefema: era presidente del Consejo Estudiantil. El «Rius» de La Trukulenta Historia del Kapitalismo se había vuelto el «Rius» con el que yo más dialogaba y campechaneaba su lectura con la de Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker; eso sí, no dejaba de hacer teatro: a las manifestaciones que exigían la renuncia de la mesa directiva de la Sociedad de Padres de Familia por fraude y robo a mis maestras y maestros, les sumaba los ensayos tanto en «Compañeros» como en la Casa de la Cultura y, después, en el Centro de Formación Teatral Mayrán.

Llegó 1994, mis primeras andanzas en el zapatismo civil me llevaron a tierras neozapatistas, primero, y zapatistas, después; es decir, a Chiapas y a Morelos, respectivamente. En marzo de ése año, «El Churro» ya no estaba en el Zero, así que sólo quedaban en la agrupación, o en lo que quedaba de ella, Berta Alicia y Eduardo, y ya, inclusive, Berta Alicia estaba haciendo sus maletas para salirse… las razones, según entiendo, sobraban.

Tras el naufragio de la Convención Nacional Democrática, convocada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en su Segunda Declaración de la Selva Lacandona, se volvió urgente que yo abandonara Torreón: había sido integrante de la presidencia colectiva de la CND en co-representación por Coahuila y la vigilancia gubernamental sobre mi persona estaba poniendo en peligro a mi familia.

Chiapas y Morelos se abrían como una posibilidad y, también, como una disyuntiva: la clandestinidad neozapatista, donde quizás más tarde podría hacer teatro o, como dicen las y los compas, «la seña», o el teatro, donde, al hacerlo con el Zero, podría tender puentes con la única militancia política que me importaba: el neozapatismo.


Muy cerca de la hora cero, de este 31 que dará paso al primero de junio que evoca a los 40 años del Grupo Zero, con la última letra del abecedario, con la letra del apellido del General en Jefe, con la contrariedad a cuestas de que cero es ausencia y es nada, producto de una “Generación Z” y/o dibujado con c o z nos pueda dar un “Círculo perfecto”.

Un gran camino familiar, musicalizado y teatralizado con digna rabia, con la oportuna vinculación de Cultura Joven impulsando fanzines, talleres, radio, revistas, caravanas a Chiapas y un sinfín de experiencias que nos llevó a conformar dos grupos de teatro: Mitote y Teketke; después, a tres de nosotros: Sebastián, Jorge y quien rememora, nos llevó a vincularnos con el gran Eduardo López Martínez, El Guajolote, a participar con él, a compartirnos sus experiencias y sus enseñanzas, a abrirnos las puertas de su Casa Museo, máscaras, vestuarios, libros, telones, instrumentos musicales, café, té, vegetación; pero, sobre todo bugambilias, textos a mano de Lalo, pinturas y cuadros y una recién plancha de cemento de dónde había lodo que tras una lluvia dejó naturalmente un molde que Lalo utilizó para elaborar una máscara de más de dos metros de altura, una casa en la que llegaba correo postal y que tenía teléfono fijo con grabadora de voz por si no contestaban: esos eran los mecanismos de comunicación en ese entonces.

Una combi era nuestro medio de transporte, el Histórico Vehículo Zero, que incluso nos llevó a conocer, entre otros tantos lugares, Matehuala, San Luis Potosí, con su grata y personal historia familiar. Tras los ensayos fuimos conociendo a cuenta gotas la historia de algunos integrantes que formaron parte del ZERO, que, como toda gran historia -todavía no escrita en su totalidad- está matizada de “subidas y bajadas”. Producto de la inexplicable violencia, y hasta hoy sin castigo a los asesinos, de 1968, su bandera ha estado con las luchas sociales, con su teatro reflexivo y canto de protesta, incluso también rememorando a la otra CDMX con Chava Flores, siempre dispuestos, solidarios y hermanados.

No he encontrado en la vida ejemplos tan dignos y consecuentes con su pensar y actuar como los integrantes del Grupo Cultural Zero. Vaya todo mi respeto, admiración y alegría por ser tierra fértil, por sembrar, por cosechar, por compartir, por ser compa, maestro, amigo, carnal, barrio. Y, cómo dice el difunto SupMarcos: “Que la dignidad nunca pierda la memoria, que si la pierde muere”.

―Hernán Osorio


El día que llegué a Cuernavaca, Berta Alicia y Eduardo estaban ensayando algo llamado Sancochado callejero en el otrora CED, el Centro de Encuentros y Diálogos. Sancochado callejero era una versión reducida a tres actores y/u/o actrices de Como burro sin mecate, el espectáculo aquél basado en los monos de «Rius». Ya me esperaban. Una noche, una semana antes, le había hablado por teléfono a Eduardo para decirle: —¿Te acuerdas que un día, hace tiempo, me dijiste que primero terminara la escuela y luego hablábamos de irme a Cuernavaca para ser parte del Zero?; pues, ya terminé, y estoy listo para irme en cualquier momento.

Años después sabría que Eduardo no sólo nunca había esperado que yo fuera parte del Zero; sino que tampoco deseaba que ésa vez lo fuera. Aún así, me abrió las puertas de su casa, de su vida… o parte de ella… y, lo que para mí fue lo más importante, del mismo Zero.

Es verdad, el Zero que conocí, el que me llevó a conocer también a «Rius», cotorrear con él en alguna tienda departamental mientras escogíamos unas naranjas, actuar para él sus propios personajes (yo hacía del Cambujo, personaje que al más puro estilo de la carpa mexicana, de la commedia dell’arte y de la legua española aurisecular, heredé creo de «El Churro» por ausencia, quien lo heredó de «El Fantasma») en el modesto homenaje que le hizo Benjamín González en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos por sus 40 años de monero y hasta sentarme junto a él en la, como él mismo dijo, surrealista presentación de su libro El diablo se llama Trostky por invitación de mis camaradas maestros del Partido Revolucionarios de las y los Trabajadores (PRT) / Convergencia Socialista y la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos; el Zero que conocí, decía, quizás sólo era una pálida sombra de aquél Zero que trece hombres y mujeres, jóvenes todas y todos, habían fundado en un amoroso gesto de congruencia teatral y política el 1 de junio de 1978; quizás lo era también del Zero que aún con mucha calidad y dignidad sostenían sobre sus hombros Berta Alicia, Arturo y Eduardo hasta vísperas del neozapatismo; pero, el Zero que me tocó, con todo y sus escombros, fue para mí una de las experiencias escénicas más significativas de mi vida.

Ése Zero está nutrido del regalo de haber conocido y trabajado con Eduardo y Berta Alicia; de haber encarnado a personajes nacidos o visitantes de las plumas de Enrique Ballesté, «Rius» o Juan Rulfo; de ser el ejemplo de un sueño que soñé con mis carnalitas y carnalitos de Mitote y Teketke, en Cultura Joven; de ser el puente con las y los compas de esos pueblos nahuas que me abrieron sus puertas porque caminaba de la mano y las enseñanzas de Juliana y José; de ser el impulso para escribir en el proyecto editorial que fue La Jornada Morelos que vi de cerquita nacer y vi de lejos morir a manos del graquismo (¡oh, la izquierda moderna, tan modernamente parecida a la más rancia y vieja de las derechas!); de ser, literal, la casa que fue el hogar que lo fue, por un tiempo, de mi hijo: mi adoración más grande.


Viví un tiempo en Cuernavaca (del 92 al 97)… De las primeras cosas que recuerdo me hicieron sentir “bienvenida” fue, en primer lugar, conocer el trabajo musical de Lalo “El Guajolote” y “El Churro” en uno de los tantos lugares (una peña) que ya ni existen. Después fue disfrutar de las obras teatrales, tanto en calle, como en otros espacios, como el CED original… Una gran labor, con gran pasión y compromiso. ¡Enhorabuena! Mi reconocimiento sincero y muchas felicitaciones.

―Elisa Gutiérrez Díaz


 

A lo largo de cuatro décadas, las y los zero’s fueron respondiendo, parafraseando a Ernesto «El Ché» Guevara, a otras solicitudes del concurso de sus modestos esfuerzos. Hoy por hoy, luego de haber retomado la valiosa experiencia como mascarones que los convirtiera en una de las compañías mexicanas de teatro popular más importantes del país, su andar los llevó a otras tierras dentro y fuera de éste, o, como en el caso de Rodrigo y el maestro Humberto Proaño, inclusive más lejos.

Por sus filas hemos pasado otras actrices, otros actores, con proyectos propios que tarde o temprano también nos condujeron a puertos muy otros; a los que llegamos, eso sí, con las mochilas cargadas de una herencia que se fue entretejiendo a través de la carpa rascuachi, hombro con hombro con las y los carnalitos del teatro chicano; las representaciones solidarias con obreros y campesinos sobre todo morelenses, es decir, zapatistas; los cursos y talleres para mejorar profesionalmente, pues, no creemos que el teatro popular tenga que ser un teatro malhecho; la publicación de materiales teóricos para enriquecer la reflexión de nuestro quehacer, o la herencia que en sí misma tiene de suyo nuestra genealogía de cómicos de la legua, de actores y actrices trashumantes, de saltimbanquis de máscara y maroma: bisnietecitas y bisnietecitos de los siglos de oro de la lengua española y la commedia dell’arte italiana, y nietecitas y nietecitos del Grotowsky y el Stanislavski que Seki Sano trajo a México y que Humberto Proaño, nuestro abuelito de tablas, heredó a las y los zero’s.


Como infante guayabo, la influencia de los zeros indiscutiblemente marcó mi entendimiento del todo. Cómo no atesorar tantos encuentros en la casa Humboldt, en los que los zeros se hacían presentes; sus máscaras, su música, sus cuentos, sus sinceros gestos siempre alimentando la camaradería y el buen humor. Entonces no podría haberlo explicado con palabras, pero me recuerdo fascinado ante su capacidad de generar realidades alternas, siempre como avivando esas fuerzas ígneas que a tantos nos han hecho compas, y que nos mantienen ¡siempre en pie de lucha!, dando pasos en diversas direcciones, ¡pero ni un paso atrás! Larga vida a los zeros y su arte, que como eco siguen inspirando a través del tiempo y los sucesos.

―Alberto Mora


 

Hace un año convoqué, a través de una página en el Feudo Zuckerberg, a organizarnos para celebrar, conmemorar, reflexionar, discutir, problematizar, sistematizar o, simplemente, recordar, los 40 años de existencia del Zero. La respuesta de casi todas y todos fue el silencio, de algunas y algunos hubo dudas: como, ¿pa’ qué?; de otras y otros, palmaditas en la espalda: eso, Tatán; chido.

«El Topo» me envió un texto que escribió hace tres años y recién subí a la parcela virtual del Zero. «El Dac» compartió en su cuenta personal del mismo feudo algunas reflexiones sobre la escisión de «Mascarones», que fui compartiendo, igual, en la parcela virtual. Por ahí encontré algunas fotos, la mayoría de cuando las y los zero’s eran todavía mascarones, y solo en una algunos y algunas, como Berta Alicia, «El Churro» y Fernando Morales, ayudaron a identificar quienes estaban en ella. Hace unas horas, publiqué en las parcelas virtuales del Zero y la mía una pequeña nota invitando a quienes hayan conocido a las y los zero’s a dejarles comentarios de felicitaciones.


El teatro como un pretexto para hacer grupo; el teatro como un espacio para hacer danzar los cuerpos; el teatro como un grito de protesta política; el teatro como el tiempo de la carcajada; el teatro que llora; el teatro pasión; el teatro sentido de vida; el teatro explicación para el latido del corazón, eso es para Eduardo López Martínez el teatro. Si el Grupo Zero puede cumplir 40 años VIVO es porque Lalo lo mantiene calientito, cuidadito, respirando a través de sus propios pulmones, los de Lalo. Entre escenario, guitarra, acordeón, brincos y baúles llenos de vestuarios, títeres y máscaras, Lalo permite que la celebración del 1 de junio no sea sólo una remembranza sino una experiencia que pulsa en un continnum.

Así lo conocí y así me enamoré de él sin esperar que me quiera más que al teatro, su verdadero amor. Y hay que ser un amante necio para sostenerse por 40 años sin parar, haciendo teatro callejero, carpero, social, y no haberse rendido en el difícil camino de la propuesta alternativa al sistema. El matrimonio de Lalo con el teatro, su teatro, es hasta que la muerte los separe y es el profundo deseo de mi alma que para eso falte mucho, mucho tiempo. Felices 40 años, Grupo Cultural Zero, los que estuvieron, los que están y los que vendrán reunidos con Lalo El Guajolote, jefazo de jefazos!!!!

―Patricia Salazar


 

Lalo, quien aún mantiene al Zero vivo sin por ello sentirse su dueño, cuando lo llamé para felicitarlo por su cumpleaños el 10 de abril y le pregunté qué pensaba hacer para el 1 de junio, me dijo: «mantenerme vivo para llegar al día 2», y río, con tanto gusto, que me contagió; luego, dijo: «No, pues, por el Zero… no sé… quizás tomarme una chelita y pasar la tarde leyendo, escribiendo o cantando; pero, algo grande, nada. Si otros quieren, pues, adelante. El Zero es de todos. El Zero es de quien lo quiera.» Me quedé en silencio: ¿Tú quieres al Zero, Sebastián?, me pregunté con el pensamiento. Sí, me respondí, sí lo quiero; lo sueño. Y, pienso militarlo; pero, de eso les contaré luego.

Vaya, pues, por lo pronto un beso y aun abrazo a las y los zero’s  que, estén donde estén, siguen cabalgando la misma tierna necedad que dio brillo a los ojos, fuerza a los puños y razón a la palabra de miles de hombres y mujeres que hace 50 años sacudieron al mundo lanzándose a las calles de Berkeley, París, Praga, Buenos Aires o México, contra toda las formas del Poder. Feliz cumpleaños: Chela, Topo, Nina, Che, Rodrigo, Fantasma, Sara, Dac, Poste, Seco, Marilyn, Chiva, Bobby, Leo, Berta, Churro, Lalo, profe Proaño… Feliz cumpleaños, tías y tíos de tablas. Feliz cumpleaños, maestras, maestros.


Por el gusto de compartir un tramo de la vida con el Grupo Zero, desde la lucha en defensa de los derechos humanos. Abrazos en su 40 aniversario.

―José Martínez Cruz


 

La verdad, se los confieso, «sí me gusta el teatro»; lo que no me gusta es la mamonería y la hipocresía que convoca a su alrededor, ni ese aire snob (hipster creo que le dicen ahora) de quienes dicen que aman al teatro y que es su vida pero son unos pinches güevones a la hora de la chinga, ni la pérdida de la dignidad por las migajas de una beca con dineros públicos, ni el silencio cómplice de quienes cobardes callan cuando un disfuncional funcionario de cultura en lugar de servir se sirve, ni la lambisconería para estar en la foto-mesa-coctel-directorio-consejo donde se toman (¡ja!) las decisiones del rumbo que tomará la cultura, ni el cinismo y el descaro de quienes creen que serán eternos en su mediocres puestos, ni la práctica mafiosa de quienes hacen de amiguismos y compadrazgos la ruta canalla para conseguir apoyos y funciones.

Y, me gusta, porque, entre otras cosas, en él puede habitar toda la verdad que existe, por ejemplo, en un león con piel de peluche y garras de tela.

 


Referencias:

Frischmann, Donald H. (1985). “El nuevo teatro popular en México: posturas ideológicas y estéticas”, en Latin American Theatre Review, 18-2.
――― (1990). “Viva Tenaz!: El XIV Festival Internacional de Teatro Chicano Latino”, en Latin American Theatre Review, 23-2.
Rizk, Beatriz J. (1993). “TENAZ XVI: La muestra de un teatro en transición” , en Latin American Theatre Review, 26-2.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mi nombre es Sebastián; es el nombre de mi padre, un jubilado telefonista, y el de mi bisabuelo, un panadero. Mi apellido legal se lo puso así mismo mi tatarabuelo después de desertar del ejército francés y quedarse en las tierras que vino a invadir; de modo que yo adopté para mí otro apellido, el que a su vez adoptara quién sabe de dónde un hombre que escribió, dirigió, actuó y produjo teatro en el norte del país en que nací: Liera. Nací en una de las ciudades más grandes, pobladas y contaminadas del mundo, pero digo que soy de otras tierras porque "mi siento" es que mi piel sabe a desierto y "mi pienso" es que mi corazón late al ritmo desafinado de la música cardenche. En mis venas, junto a la sangre de mi tatarabuelo francés, corre la sangre de por lo menos un bisabuelo español, pero también la de dos bisabuelas huachichilas y otra bisabuela cuya herencia antillana de negritud la porto con orgullo en la chatura de una nariz y un par de piernas que tiemblan cuando suena algún tambor. No sé quién soy, pero si mis oficios me lo dijeran, diría que por encima de todo he sido un hombre de teatro. Comencé a serlo poquito a poco desde 1990. Un año después, en 1991, la soberbia y la vanidad me llevaron a "dar clases" y comencé entonces a ser aprendiz de maestro. Un año más tarde, en 1992, las ganas de contar cosas que no podía desde las tablas me llevaron a mi primera redacción y desde aquel día colaboro para medios de comunicación. Al año siguiente, en 1993, comencé a caminar otra forma de hacer política. Y, a los dos años, en otras tierras y otros cielos, me di a eso de ser promotor sociocultural para intentar juntarlo todo en un solo oficio. Soy, pues, un hombre del siglo pasado; uno que se rehusa a seguir siendo el hombre que aprendió a ser y está allí: necio como es (qué razón tienes Juana), intentado desaprender a serlo. Una razón doble me motiva a ello: soy papá de otro hombre y no quiero que ese hombre sea un hombre como el que yo he sido, sino por el contrario, que sea un hombre libre y deje ser libres a quienes quieran compartir su libertad con él. Hace años, los suficientes para casi urdir dos décadas, un neologismo mösiehuali llegaría a mi vida para resignificar mi quehacer sobre las tablas: tlatulteketke. Tlatul, en mösiehuali, quiere decir: palabra; Teketke: trabajador o trabajadora. Sí, soy un trabajador de la palabra. Sin embargo, no cualquier palabra: la palabra que se encarna, que se hace cuerpo, para ser dicha sobre un escenario... sea cual sea el escenario. Es este trabajar con la palabra hecha cuerpo para la escena lo que me ha llevado por el triple camino de la estética teatral, la pedagogía popular (aunque no exento otros espacios de compartición de saberes y experiencias) y el del periodismo que se dice ciudadano porque habla (o quiere hablar) de una democracia participativa con diversas trincheras. En Miradas Múltiples, estos tres caminos tienen un punto de convergencia. Creo en las artes escénicas, en la pedagogía y en el periodismo como una red de redes de fenómenos de transformación de nuestras sociedades; pero, sólo si quienes la caminamos y tejemos nos comprometemos a ello sin soberbias ni vanidades. Estoy convencido de que Miradas Múltiples será el nodo para serlo y hacerlo. Escribir para el microblog "Artivismo" significará, pues, el reto de entretejer, como su nombre sugiere, una multiplicidad de miradas que, cada quien su modo, consideren que el quehacer estético y el quehacer político no pueden ir el uno sin el otro; que crean en una praxis, en el sentido más marxista de la palabra, de las artes vivas.
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