FITI, Encuentro Internacional Huellas (Cuaderno de bitácora III)

Por   ・ México
Imagen: “Ifigenia Trifásica”. Fotografía: Jorge Verde/Sprocket. 19 junio, 2018

El artivista (artista + activista)
usa su talento para luchar
contra la injusticia y la opresión
por cualquier medio que sea necesario
y fusiona su compromiso
con la libertad y la justicia,
con la pluma, la lente, el pincel,
la voz, el cuerpo; con la imaginación.

—M.K. Asante

 

Encuentra aquí la primera y segunda parte del Cuaderno de bitácora.

 

Día 5. Cuerpoypalabraenestrépito.

Hoy en la mañana fuimos al Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) para la devolución crítica (lo que a veces llamamos “desmontaje”) de Bienvenida Casandra; ayer fuimos a Tapanco Centro Cultural para hacer lo propio con 5 minutos. Cuando terminó el “desmontaje” de 5 minutos me sentí muy satisfecho. La historia de este sentimiento de satisfacción es larga. Digamos que en el andar de El Gran Circo, Asdrúbal y Estrellita habían estado en cierta forma desarrollando su labor en un sendero relativamente distinto al de otros colectivos y otros espacios. No eran ni son los únicos; las compañías de teatro regional, por ejemplo, van cada una por su propio camino, también a su modo.

Pero a veces se antoja imaginar que las coincidencias del C.I.E. El Teatrito son mayores que las diferencias, por decir algo, respecto a Tapanco Centro Cultural, o tumàka’t espacio + residencia, o el Foro Alternativo “Rubén Chacón”, y, sin embargo, no es del todo así. O, sí; pero, no. Que no lo sea tiene su historia y quizás podríamos atarla a un momento, digamos, axial: la convocatoria a la primera edición del programa de apoyo a grupos artísticos profesionales de artes escénicas “México en Escena”, en 2004.

No hablaré de ello en este momento. No porque no vaya a hacerlo; al final de un artículo suyo publicado en Por Esto!, el alter ego de Asdrúbal Hurácan, mejor conocido como Ricardo Andrade Jardí, escribió citando a Bertolt Brecht que «quien desconoce la verdad es un ignorante, pero quien la conoce y la calla es un criminal» y, aquí entre nos, el crimen no es muy lo mío. Sin embargo, menciono las distancias entre El Teatrito (El Gran Circo) y sus pares en la escena yucateca porque, aunque como dice la OTRA VOZ (Quezadas y Andrade, 2018: 25), Estrellita y Asdrúbal recuerdan que «su pertenencia al gremio tropical del circo era algo imposible, aunque tardaron en entenderlo», esa «falta aparente de pertenencia años más tarde», además de traducirse «en algo fundamental que impulsó la internacionalización del Gran Circo», bien podía resignificarse y hacer posible el tender nuevos puentes hacia nuevos proyectos en tierras del Mayab; entre ellos los que camina, por ejemplo, la Red Alterna y, como nodos de ella, Tapanco o tumàka’t.

Amanda Quezadas y Ricardo Andrade Jardí en “La fantástica fuga de Asdrúbal Huracán y Estrellita Pocaluz”. Archivo: C.I.E. El Teatrito.

Que ayer hayamos podido hacer el “desmontaje” de 5 minutos en Tapanco, es prueba de que esos puentes a lo mejor pueden irse tendiendo ya, y me gusta pensarme como artífice de esos puentes… aunque, lo reconozco, muchas veces soy yo mismo quien pone dinamita en otros puentes.

Hoy, al menos para mí, ha sido un día relativamente tranquilo. Tras el “desmontaje” de Bienvenida Casandra la tarea que me autoasigné fue buscar, encontrar y comprar un sellador y una pintura automotriz que necesitaban los compas de Tadeco Teatro; en particular José María (Chema, pa’ los cuates). Como no tengo auto, me moví a pie junto con Omar, Chema y Nadia (Ivett) del CEPHCIS a la tienda del fabricante de pinturas que él, Chema, quería y, después, al mercado sobre la calle que llaman “Piñatas”; luego me separé de ellos y fui a otra tienda del mismo fabricante en Santa Ana, donde encontré el sellador y su catalizador; de allí me mandaron a otra tienda en San Juan, donde encontré la pintura.

Cuando llegué a El Teatrito para el conversatorio sobre Teatro del Bardo, ya estaba por terminarse; aún así, Nadia (Grandón) tuvo el gesto de invitarme a compartir mi experiencia con Teatro del Bardo en 2000; los nervios me congelaron las palabras y no dije mucho, y, creo, lo poco que dije lo dije mal.

Vino, entonces, el momento de ir a la primera de las dos funciones de hoy: La diáspora del llano, un trabajo en proceso coproducción Estados Unidos – México, entre Palabra y Silencio Teatro y el C.I.E. El Teatrito. No entré a ver la propuesta. Pensé que tratándose de un montaje de casa que seguramente se programaría más adelante en el E.C.A. El Teatrito, lo más correcto era permitir la entrada a quienes vinieran convocadas y convocados por el FITI y que muy probablemente ya no vendrían después; así nadie se quedaría afuera.

La segunda función fue el estreno mundial de Ifigenia trifásica, producción de Célula CYPE (cuerpoypalabraenestrépito), bajo la realización y ejecución en escena de María Paula Compañy, con la dramaturgia y musicalización de Gabriel Penner. Hasta este punto, si se observa bien, el FITI, salvo Escorial, que está dirigido por Raúl Cortés, está conformado por puestas en escena con mujeres como directoras: Panfletarias, por Elina Martinelli y Julia Giletta; 5 minutos, por Marilia Carbonari; Bienvenida Casandra, por Valeria Folini; La diáspora del llanto, por Amanda Quezadas y Sarah Jaffe, y, ahora, Ifigenia trifásica, por María Paula, y el viernes tendremos Acteal, producción de Tadeco Teatro, con la dirección escénica de Margarita Hernández Navarro.

Imagen: “Ifigenia Trifásica”. Fotografía: Jorge Verde/Sprocket.

En los “desmontajes” y conversatorios se ha notado que han emergido otras líneas en común, además de la producción autogestiva, que no es poca cosa: son montajes, todos ellos, con una impronta política y, si bien los temas que abordan pueden ser harto dolorosos, como la locura del poder y sus efectos, el Estado y sus aparatos de control-represión, las dictaduras militares en el Cono Sur, el sistemático silenciamiento de la voz de las mujeres y el usarlas como botín de guerra, el desarraigo de las migraciones personales y colectivas pero casi siempre por razones económicas, la masacre abrigada por esa misma autoridad para romper los lazos y las raíces que tejen identidad; en todos ellos, también, detrás, por encima o a la par, se respira el amor o la búsqueda de éste aún en el desamor, la esperanza de que es posible construir otro orden de cosas, la solidaridad y la compasión como amor de clase y amor al prójimo, la resistencia que tiernamente recupera la voz robada en retoños, el baile y el gozo como exorcismo y ruptura de las fronteras entre países y cuerpos, el cariñoso cuidado de una comunidad que no teniendo nada lo da todo.

En el caso de Ifigenia trifásica, a la construcción y deconstrucción de la femenina (por no decir lo femenino) en un mundo marcado, como apuntaba hace unos días, por la «autoridad de los hombres», la falocracia, donde el encierro, el sacrificio y el cautiverio son las fronteras de lo establecido; el cuidado y la crítica sistémica, la fuerza caudalosa del río y la seductora aridez ponen coto al poder masculino, ora sistema, ora institucionalización de lo religioso, ora la depredación y el saqueo de tierras y territorios. No obstante, la apuesta política de Célula CYPE contagia también a la estructura de la palabra misma y no hace concesiones con el intelecto, su diálogo se densifica para hablar de tú a tú con lo que las imágenes y el movimiento van depositando en las emociones y los sentimientos.

Y, más todavía, se expande y conecta vasos comunicantes con las puestas en escena que vimos antes: ¿cómo no recordar a la Clitemnestra de Nadia Grandón en su Bienvenida Casandra, cuya primera deuda a cobrarle a Agamenón es, precisamente, el sacrificio de su hija Ifigenia? Así, como una parábola trazada por fuera de un plano cartesiano escénico, la poesía-palabra de Gabriel Penner, encarnada en la poesía-movimiento de María Paula Compañy, abocetan la triple poesía-cuerpo de esta Ifigenia que así, tres veces tres, nos interpela frente a frente.

Ifigenia trifásica no es un teatro-performance fácil de entender si lo que se busca es decodificarlo conceptualmente; es más, no diría que es para entender, sino para entenderse, a una misma, a uno mismo; para mirarse, para sentirse. La palabra del Penner, ya dicha por la Compañy, ya por él mismo en esa suerte de rapsoda contemporáneo que se nos presenta, tan laudero como juglar, me recuerda a una especie Orfeo lunfaverseante contratado en algún boliche de mala muerte, un tanto chupado, melancólico sin llegar a fusilado, algo mufa y con un marquillado siempre bajo la manga, muy pierna, que poco a poco nos va contando este canto a tres voces que se va completando, sin estar nunca cocinado, por la polifónica corporeidad de la Compañy. Y, la Compañy, ¡qué bataclana! Apenas despliega el chasis uno puede manyar que tiene su centro.

La voz, ocupando cada uno de los rincones de ese lugar de encierro, casi un cotorro esquifuso, trepa por telas y paredes hasta el punto en que les es imposible seguir conteniéndola. Entonces, chispeamos a esta Ifigenia permutar hacia su segunda fase, yendo de la crítica abierta al sistema-mundo del que hablara Wallerstein, al torrente irreductible, indomable, imposible de tenacear de su chasis-río, su voz-río, su ser-río. Finalmente, en un kaput que sabe a tanto, casi a todo, menos a final, el sacrificio se reproduce como un reflejo en una casa de espejos, palabras-espejos, voz-espejo, chasis-espejo en la aridez que seductora enmarca la última emboscada del bacanaje hasta quedar encanada. Y, con ella, nosotras, nosotros.

Esta noche no será necesario preparar el foro para lo que se presente mañana: repite Ifigenia trifásica. Todas, todos, se han retirado a dormir. Mañana, el “desmontaje” de La diáspora del llanto será en casa de Sarah y eso parece indicar que será un inicio de jornada tranquilo; de regreso, en el Espacio Cultural Autogestivo El Teatrito, podremos conversar sobre la historia y la poética del Centro de Investigación Escénica El Teatrito. Pero, mientras tanto, leeré “De la vulnerabilidad de algunas de nuestras pequeñas grandes empresas”, obra de Santiago Roldós, tercera al hilo en el libro Con/Texto en Obra publicado por Con/Texto tipea. ¡Qué personajes!: Maestra Cebú, Segismunda, Minotaura, Muchacho envejecido, Mesiánica Grotoska, Larva del Libertador, Ex niño de la casa, Bolita, Mamá, Maga degradada, Rinoceronta ilustrada, Sicoanalista, Venezolana y Nena, y, además, Coro.

Imagen: “Ifigenia Trifásica”. Fotografía: Itzel García/Sprocket.

Se me queda en el tintero o, más bien, entre el teclado del ordenador… bueno, pues, de la computadora, abordar ese momento que he llamado axial al principio de este día, porque en el centro el mito original de la distancia y la difícil posibilidad de diálogo entre el proyecto de El Teatrito y el resto de la comunidad artística escénica yucateca. Sí, difícil posibilidad, no imposible; pero, lo que tiene que sortearse es, quizás, una especie de deuda donde cada quién reconozca el papel que cumple en esta historia y eso es justamente lo más improbable. Yo, por mi parte, todavía no había llegado a Los trópicos (Estrellita y Asdrúbal dixit) para 2004; ni siquiera estaba entre mis planes.

Estoy, sí, terminando de estudiar en el CUT. La RED@ctuar, donde conocí a Asdrúbal Huracán, tendría unos tres años de haber arrancado su andar en Internet; naciendo, primero, como un espacio para pensarnos como estudiantes del CUT, en el que pudieran dialogar las diversas y variadas formas como sentíamos, pensábamos y actuábamos la escena en el seno del mismo CUT; segundo, como un espacio donde ese sentir, pensar y actuar la escena no fuera un ejercicio aislado de los acontecimientos sociales y culturales que nos rodeaban y afectaban, ora en lo personal, ora en lo local, ora en lo global; un espacio donde “actuar” se entendiera, en un principio, desde su doble sentido de actuar teatral y actuar social, para después entenderse como una doble militancia: estética y política.

A eso, yo, que mis pasos estéticos se limitaban casi sólo a lo escénico y dentro de este universo a lo teatral, lo llamé: actu@cción; otras, otros otres, muches más cercanes a los diversos fenómenos de las artes vivas y con más proximidad a las artes visuales, lo han llamado artivismo.

Aquí habría que hablar, con riesgo a dispersarme un poco, de las razones que motivaron la creación de la RED@ctuar; lo que, necesariamente me llevaría a hablar del movimiento de huelga estudiantil de 1999-2000 en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), del lesivo Reglamento General de Pagos que quiso imponer el entonces rector, Francisco Barnés de Castro; del Consejo General de Huelga (CGH), y sus aciertos y contradicciones; de las posturas de padres y madres de familia, lo mismo que de profesores y catedráticos, a favor del movimiento; de la represión del Estado en connivencia con las autoridades universitarias y la complicidad del partido que supuestamente era el de la izquierda, y el espaldarazo a la represión de las y los intelectuales vinculados de algún modo a la universidad y a ese mismo partido; del pliego petitorio del CGH, donde el congreso universitario destacaba como una de las principales demandas del movimiento; del acercamiento del CGH con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y con el neozapatismo civil en el que muchas y muchos caminábamos (y aún caminamos); de la violación a la autonomía universitaria en febrero de 2000 tras el espaldarazo de la intelligentsia universitaria, con la entrada de militares disfrazados de policías federales preventivos, o, pésele a quien le pese, el triunfo del movimiento al lograr que se diera marcha atrás a las reformas y reglamentos de la legislación universitaria que abonarían hacia la privatización de la máxima casas de estudio del país.

O, tal vez, habría que hablar (pero también sería una gran digresión) de cómo la comunidad del CUT, a diferencia de otros centros, como por ejemplo el CUEC, había votado contra la huelga estudiantil, y cómo, cuando el paro de actividades fue inminente, continuaron sus clases y demás actividades en instalaciones que la universidad tiene en Tepepan, Xochimilco: el CUT, su comunidad, llamaba a la huelga, “paro”; las y los huelguistas de las demás facultades, escuelas y centros universitarios, los llamaron, “esquiroles” y a sus clases, “clases extramuros”. Era, para decirlo de algún modo, natural: la comunidad del CUT, como la de muchas escuelas de artes en el país, era (o es) una comunidad despolitizada.

La capacidad de indignación podía correr por sus venas (y, de hecho, corre: su organización de cara, primero, a la brevísima experiencia del #YoSoy132, y, después, ante la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa lo demostró); pero, que eso se tradujera en una militancia política es (o era) completamente ajeno a la mente del estudiante de artes; en este caso, el de artes escénicas; tan ajeno que, a veces, cuando su despolitización no causa enojo e impotencia, de tan ingenua, da ternura.

Pero, no; mejor no. En todo caso, eso podrá ser materia de una entrega en agosto, cuando el sueño de la RED@ctuar cumpla 17 años y, si aún nos queda ánimo para ello, intentar por enésima vez echarla a andar de nuevo. Mejor, ahora que ya está trazado a grandes pinceladas el escenario en el que (y el porqué) surgió la RED@ctuar, podemos centrarnos de nuevo en 2004, año en el que la RED@ctuar contaba con poco más de 500 integrantes, acaso más de 600, provenientes ya no solo del CUT, sino del Colegio de Literatura Dramática y Teatro, de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma UNAM; la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT), del INBA; de las facultades de Teatro de la Universidad Veracruzana, la Universidad Autónoma del Estado de México y la Universidad de Sonora; de Casa Azul; de Casa del Teatro; del Foro Teatro Contemporáneo; y, además de estudiantes de estas otras escuelas, también se habían acercado hombres y mujeres que hacían la escena desde otras, digamos, “trincheras”, ora con dineros públicos, ora independiente, vía grupos, colectivos, compañías o proyectos de teatro y cine de México (Baja California, Sonora, Coahuila, Veracruz, Yucatán, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Jalisco, San Luis Potosí, Querétaro, Puebla, Estado de México, Hidalgo, Tlaxcala, Morelos y el otrora Distrito Federal), Estados Unidos (California), España (Madrid) y Argentina (Paraná y Buenos Aires). Aquí-allí fue donde conocí a Asdrúbal Huracán y leí por primera vez de la existencia del Gran Circo.

Para imaginarse el papel que llegó a jugar Asdrúbal Huracán en la RED@ctuar, hay que detenerse a pensar en que lo que simbolizaba la arroba, @, siempre fue determinante. La arroba era el signo para hablar de la conexión entre el actuar teatral y el actuar social; pero, esa conexión, por nuestro carácter de espacio en Internet, era necesariamente virtual. Así, la arroba era más un lazo cibernético, como en las direcciones de los correos electrónicos, que un puente en la realidad material entre uno y otro actuar.

Imagen: “Ifigenia Trifásica”. Fotografía: Jorge Luis Reyes.

De esta suerte, cuando a la RED@ctuar arribaron compañeros con clara práctica discursiva, sus voces fueron ocupando muchos de los espacios que el silencio y la pasividad de las y los demás iba dejando libres para ser ocupados; fueron los casos de Luis Cisneros, director de Teatro El Tecolote; Édgar Castelán, de El Teatro del Fantasma, y, desde luego, Ricardo Andrade Jardí (Asdrúbal Huracán), co-director del Centro de Investigación Escénica El Teatrito (El Gran Circo de Morada Tendencia) con Amanda Quezadas Llanes (Estrellita Pocaluz).

Asdrúbal compartía sus artículos y los de la defensora de derechos humanos María Teresa Jardí, su mamá, publicados en Por Esto! (el diario yucateco que por sus filias con el cacicazgo político tricolor la gente llama entre corredores “PRIEsto!”); siempre, al menos para mí, eran un agasajo. Para con Asdrúbal siempre sentí una variedad de sensaciones: me gustaba el tono combativo de sus artículos y admiraba la capacidad de síntesis en sus colaboraciones, aunque me hacía corto circuito eso de «urbi et orbi» (a la ciudad y al mundo) con que epigrafeaba sus artículos; pero, ya saben lo que se dice: «lo que te choca, te checa» y es muy posible que el desagrado se debiera al hecho de ver una soberbia y una mamonería hermanas a las mías: enganche, que le dicen.

Fuera como fuera, en Asdrúbal y en El Gran Circo yo veía más a un camarada y a un proyecto hermano que a un par de enemigos; empero, en nueve años de estancia en tierras del Mayab siempre encontré el pretexto para no darme el permiso de ir a su encuentro. No menciono esos pretextos porque parecería que culpo a los demás de lo que siempre fue mi decisión de no acercarme a El Teatrito (El Gran Circo); decisión que, como pienso expresarlo en algún momento que pueda dentro del mismo FITI, no tiene ninguna explicación coherente que me excuse de haber sido, simple y llanamente, un pendejo.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mi nombre es Sebastián; es el nombre de mi padre, un jubilado telefonista, y el de mi bisabuelo, un panadero. Mi apellido legal se lo puso así mismo mi tatarabuelo después de desertar del ejército francés y quedarse en las tierras que vino a invadir; de modo que yo adopté para mí otro apellido, el que a su vez adoptara quién sabe de dónde un hombre que escribió, dirigió, actuó y produjo teatro en el norte del país en que nací: Liera. Nací en una de las ciudades más grandes, pobladas y contaminadas del mundo, pero digo que soy de otras tierras porque "mi siento" es que mi piel sabe a desierto y "mi pienso" es que mi corazón late al ritmo desafinado de la música cardenche. En mis venas, junto a la sangre de mi tatarabuelo francés, corre la sangre de por lo menos un bisabuelo español, pero también la de dos bisabuelas huachichilas y otra bisabuela cuya herencia antillana de negritud la porto con orgullo en la chatura de una nariz y un par de piernas que tiemblan cuando suena algún tambor. No sé quién soy, pero si mis oficios me lo dijeran, diría que por encima de todo he sido un hombre de teatro. Comencé a serlo poquito a poco desde 1990. Un año después, en 1991, la soberbia y la vanidad me llevaron a "dar clases" y comencé entonces a ser aprendiz de maestro. Un año más tarde, en 1992, las ganas de contar cosas que no podía desde las tablas me llevaron a mi primera redacción y desde aquel día colaboro para medios de comunicación. Al año siguiente, en 1993, comencé a caminar otra forma de hacer política. Y, a los dos años, en otras tierras y otros cielos, me di a eso de ser promotor sociocultural para intentar juntarlo todo en un solo oficio. Soy, pues, un hombre del siglo pasado; uno que se rehusa a seguir siendo el hombre que aprendió a ser y está allí: necio como es (qué razón tienes Juana), intentado desaprender a serlo. Una razón doble me motiva a ello: soy papá de otro hombre y no quiero que ese hombre sea un hombre como el que yo he sido, sino por el contrario, que sea un hombre libre y deje ser libres a quienes quieran compartir su libertad con él. Hace años, los suficientes para casi urdir dos décadas, un neologismo mösiehuali llegaría a mi vida para resignificar mi quehacer sobre las tablas: tlatulteketke. Tlatul, en mösiehuali, quiere decir: palabra; Teketke: trabajador o trabajadora. Sí, soy un trabajador de la palabra. Sin embargo, no cualquier palabra: la palabra que se encarna, que se hace cuerpo, para ser dicha sobre un escenario... sea cual sea el escenario. Es este trabajar con la palabra hecha cuerpo para la escena lo que me ha llevado por el triple camino de la estética teatral, la pedagogía popular (aunque no exento otros espacios de compartición de saberes y experiencias) y el del periodismo que se dice ciudadano porque habla (o quiere hablar) de una democracia participativa con diversas trincheras. En Miradas Múltiples, estos tres caminos tienen un punto de convergencia. Creo en las artes escénicas, en la pedagogía y en el periodismo como una red de redes de fenómenos de transformación de nuestras sociedades; pero, sólo si quienes la caminamos y tejemos nos comprometemos a ello sin soberbias ni vanidades. Estoy convencido de que Miradas Múltiples será el nodo para serlo y hacerlo. Escribir para el microblog "Artivismo" significará, pues, el reto de entretejer, como su nombre sugiere, una multiplicidad de miradas que, cada quien su modo, consideren que el quehacer estético y el quehacer político no pueden ir el uno sin el otro; que crean en una praxis, en el sentido más marxista de la palabra, de las artes vivas.
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