Crónica: enseñanzas de la caravana migrante (IV)

Por   ・ México - Inglaterra
Texto y fotografía: Pablo Allison 13 julio, 2018

En retrospectiva.
“¿Cómo vas, sigues vivo?”

 

Han pasado más de tres meses desde que inició el viaje de la caravana de migrantes en la ciudad de Tapachula, Chiapas, y más de dos meses y medio desde que arribó a Tijuana, en Baja California Norte. Me ha costado mucho esfuerzo sentarme a escribir la cuarta parte de los relatos que vengo compartiendo, pues el viaje fue intenso y las experiencias duras. Asimilar la situación post-viaje ha sido un proceso de mucha reflexión y aunque tenía claro que en algún punto debía terminar los relatos, al intentarlo no sabía cómo hacerlo.

Viajé de sur a norte con muchas personas durante más de treinta días.  A casi todos mis compañeros les perdí la pista y de algunos otros supe cosas muy trágicas.  Para mí el viaje terminó cuando llegué a Tijuana y cómodamente regresé a mi casa para continuar con la rutina diaria, pero para Juancho, El Chacal, Armando, Karina, Freddy, Roxana, desafortunadamente, no fue similar.

Freddy y Alexi, de Honduras, y Ventura de El Salvador, a quienes acompañé desde el principio, tomaron distintos caminos. Ventura llegó hasta Hermosillo en donde se quedó por más de un mes para pedir a las autoridades de migración asilo como refugiado; sin embargo, le fue negado y decidió regresar a El Salvador. Cuando llegó a Guatemala, un grupo de asaltantes se subieron al autobús en el que viajaba y les robaron todo a los pasajeros. Ventura me contó que casi matan al conductor, pues soltaron varios disparos. A el afortunadamente no le pasó nada, pero le robaron sus pertenecías, el teléfono, la cartera con dinero, identificaciones, etc.

Freddy se separó de mí en Tierra Blanca, en Veracruz. Tenía miedo de subirse a la bestia y ser arrestado por las autoridades migratorias, así que decidió seguir por su cuenta. Llegó hasta la ciudad de Gómez Palacio, en Durango, donde trabajó por unas semanas y de ahí se fue hasta Monterrey. Después de unas semanas decidió tomar un autobús hacia otro estado, pero no corrió con mucha suerte y lo detuvieron las autoridades de migración que, posteriormente, lo deportaron a Honduras en donde permanece hasta el momento. Me dice que en un futuro no muy lejano planea regresar a México, ya que vivir en su país es un infierno en carne viva.

Alexi, en cambio, permanece en México. Actualmente se encuentra en la ciudad de Caborca esperando la señal para salir con su mochila rumbo a Phoenix, Arizona. Cuando un migrante dice ‘la mochila’, se refiere a la carga de droga que le dará el pase a los Estados Unidos. Para muchos migrantes es la única forma de llegar al otro lado, pues carecen de los fondos para pagarle a un coyote o gestor. “Estoy esperando la mochila, carnal”, me dijo.



Armando, salvadoreño, salió de su país con la intensión de enfrentarse a la aventura. Aunque ya había hecho el viaje antes, me comentó que en esta ocasión no lo sintió tan pesado. Si se presentaba la posibilidad de trabajar en el norte de México lo haría, pero si no, se regresaría para su tierra. Finalmente pudo sacar un permiso de asilo como refugiado y por ahora se encuentra trabajando en Tijuana. Su intención es regresar por su familia en unos meses y asentarse en esta ciudad fronteriza. Brevemente, hace unas semanas me comentó que Tijuana no es como se la pintaron, próspera y llena de posibilidades, sino todo lo contrario: peligrosa e injusta.

Lo último que supe de Karina fue que se asentó unas semanas en la ciudad de México para no exponer a su hija a los peligros de viajar en tren. La última vez que hablé con ella me comentó que viajaría hacia el norte del país, a la ciudad de Ojinaga en Chihuahua, para solicitar los servicios de un pollero que le ayude a cruzar la frontera. Quería reencontrarse con sus hijas en Minnesota, la ciudad en donde vivió unos cuantos años. El último mensaje por Facebook de ella decía lo siguiente: “Saludos le manda mi niña, Cuídese mucho El cel ya casi se me apaga Hay vamos a estar en contacto si Si Dios quiere Dios lo bendiga Ba bay”.



Wilson, a quien tuve la dicha de conocer en Guadalajara, igual tenía el objetivo de llegar a Chihuahua donde había vivido anteriormente y montado un negocio que tuvo que dejar por razones que no recuerdo. Durante uno de sus trayectos hacia México, al montarse a la bestia sus dos piernas fueron cercenadas por el tren, me comentó mientras comíamos unas tortas ahogadas.  Entonces comprendí su fortaleza y voluntad para salir adelante. De Guadalajara nos desviamos y cada uno tomó su rumbo. Durante más de un mes seguimos en contacto por redes sociales, donde me compartió su ruta en tren y la dirección a la que se dirigía. El último mensaje que le escribí fue: “Como vas, ¿sigues vivo?”. Meses después supe que lo había leído, pero no lo contestó.



Armando, otro salvadoreño, quería llegar a Nueva York para reencontrarse con su familia. Recuerdo que viajó con la caravana hasta Puebla y después se desvió para tomar su propio camino al norte del país. Por varias semanas intercambiamos mensajes de WhatsApp para saber cómo estábamos. Me comentó que había llegado a Reynosa, en Tamaulipas, con un grupo más de migrantes y que pagó cierta cantidad de dinero para pasar a Houston, Texas. De ahí viajo hasta la ciudad de Nueva York donde consiguió un trabajo rápidamente. Le pedí que me enviara fotos de donde estaba, pero no lo hizo, así que no estoy seguro de que en realidad haya logrado llegar hasta los Estados Unidos. Armando huía de las pandillas que lo habían amenazado de muerte al menos en una ocasión; de hecho, le dispararon, dejándole cicatrices en el pecho.

Juancho, es un mexicano con quien compartí buenos momentos. Viajamos juntos desde Matías Romero, en Chiapas, rumbo a Medias Aguas. Su presencia me hizo sentir seguro y acompañado en el trayecto. Fue una persona que me mantuvo al tanto de asuntos importantes. Llegamos hasta Tijuana y posteriormente me separé. Solíamos mantener comunicación constante por mensajes de texto o llamadas. Así supe que después de unas semanas consiguió trabajo en Tijuana. Como los demás, quería llevarse a su familia, pero no lo tenía tan claro. Lo último que supe de él fue que intentaría cruzar hacia Estados Unidos. Estaba dispuesto y decidido, pero sabía que era sumamente difícil debido a las restricciones implementadas por el presidente Trump y a la guardia nacional que vigilaba la frontera a raíz de la polémica desatada en redes sociales. En una de mis últimas conversaciones vía Facebook esto fue lo que me dijo: “Pz ya listos pa cruzar Ya vamos pa dentro”. Todavía me pregunto si logró cruzar o si lo atraparon y sigue detenido.



El chacal viajó conmigo desde Tultitlán, en el Estado de México. Después se quedó en la ciudad de Hermosillo, Sonora, donde solicitó una visa humanitaria para poder vivir en México sin problemas. Unos meses más tarde consiguió un trabajo con un buen jefe, me comentó hace un par de semanas, cuando me llamó para saludarme y saber de Juancho, con quien ha tratado de comunicarse sin suerte.

Mientras estaba en California, supe de una trágica noticia: Roxana, una mujer transexual procedente de Honduras que viajó con un grupo más de mujeres transgénero en la caravana, se había entregado a las autoridades estadounidenses para buscar asilo en ese país. Roxana era portadora de VIH, por ello debía auto medicarse. Sin embargo, según leí, perdió la vida después de ser detenida por las autoridades del ‘ICE’ (Immigration and Customs Enforcement). El mensaje que recibí en Facebook decía:

El 25 de mayo acallaron tu voz. Te asesinaron.

Nos duele saber lo tanto que sufriste pasando los últimos días detenida, encerrada, solita, aislada, en la hielera, con frío, sin ver el cielo o la luz del día, con la luz eléctrica encendida y una cámara vigilándote las 24 horas, sin cobijas, sin colchón, mal comida, con sed, sin medicamentos, suspendida en el tiempo siendo procesada y uniformada como delincuente por pedir refugio a los USA.



Podría continuar la narración de muchas más historias de las personas con las que compartí impactantes vivencias, quienes me brindaron su mano para subir al tren, me ofrecieron comida o una cobija cuando moría de frío. En resumen, cuando más lo necesitaba.  Toda esta gente abrió su corazón y me hizo asimilar lo difícil que es vivir para muchas y muchos. A todos les agradezco infinito sus atenciones y les digo, si algún día leen este relato, que no me olvido de ninguno, que les deseo lo mejor, en donde quiera que se encuentren.

Encuentra aquí las entregas anteriores.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México - Inglaterra

Nací en Manchester, Reino Unido y fui criado en México, en el Distrito Federal o Ciudad de México, como se conoce ahora. Inicié mis estudios universitarios de fotografía documental y periodística en la Universidad de las Artes, en el London College of Communication de Londres, Inglaterra. Posteriormente, en 2009, me recibí como fotógrafo documentalista del Newport College of Art and Design, de la Universidad de Gales. Mi aprendizaje en el ámbito de los derechos humanos, trabajando en organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y ActionAid, en Londres, se convirtió más tarde en inspiración para abordar las artes visuales desde un enfoque social y humanista. Algunos de los conceptos que utilizo en mis continuas exploraciones de la realidad son la libertad, la reclusión, el control, la migración y, obviamente, los derechos humanos. Miradas Múltiples me da la posibilidad de generar contenidos cotidianos para referirme a personas comunes y corrientes, como yo, sin inmediatez y siendo subjetivo, pero a la vez balanceado, justo y sensible, desde la empatía y sin dejar de lado el rigor en la información. Encuentra más de mi trabajo en Instagram: pablondon1
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