Editorial Año 2 Número 8

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Fotografía: Miradas Múltiples 14 julio, 2018

Por Ángel Fuentes Balam

 

Did you exchange
a walk on part in the war
for a lead role in a cage?

Wish you were here
David Gilmour / Roger Waters

 

¿Podemos trascender nuestra naturaleza de jaula?

Me asalta este pensamiento, embelesado entre miles de hectáreas de campo: la carretera Mérida-Campeche se extiende ante mis ojos. Me fugo entre las formas barrocas y caprichosas de la vegetación y el cielo nublado: más allá, la cortina de lluvia acaricia un pueblo. Alzan el vuelo algunos pájaros, rodean las parcelas, planean sobre la ruinas de antiguas haciendas. Un mundo abierto (el silencioso trabajo del campesinado sureño) se me presenta. No puedo asirlo, sin embargo. Dentro de la máquina-cárcel que me transporta, como animal urbano me dirijo a cumplir una rutina establecida, generar movimiento económico y social, ser un nudo microscópico en la red de la producción artística del país. La idea penetra, entonces, como una aguja oxidada: soy un prisionero.

Hace unas semanas, la sociedad global se indignó tras sus pantallas táctiles, al viralizarse fotografías y videos de un “centro de detención” (no más que un viejo almacén al sur de Texas) donde se mantenía a decenas de inmigrantes mexicanos y latinoamericanos: mujeres, hombres y niños enjaulados, producto de la política cerrazónica y pseudonacionalista de Donald Trump. Cobijados por escuetos pliegos de papel aluminio, los niños llamaban a sus padres, los mayores platicaban entre ellos. La cámara captó sus rostros enjutos y cansinos, detrás de los cuadros de metal que confeccionaban la reja. “La perrera”, le llaman, aunque su nombre oficial sea “Úrsula”.

Otra cámara, en la lejana Rusia, captaba otros rostros tristes, detrás de la red de la portería contraria, intacta: cuadros de tela blanca que dejaban ver la derrota de la Selección Mexicana de Fútbol perpetrada por el equipo brasileño en el marco del Campeonato Mundial de este deporte. Una jaula distinta: la jaula mediática que significa un evento de esa magnitud, en el cual se mueven inmensas cantidades de dinero e influencias. Esa jaula nos envuelve, nos apasiona y nos hace idolatrar la condición de reos: compartimos esa emoción de ser presos, esclavos del poder mass media, en Facebook, en Instagram, en Twitter, toda vía es necesaria para gritar al mundo lo maravilloso que es ser un prisionero privilegiado.

Y una jaula más se consolidó en México: las cajas con las papeletas electorales, conteniendo el esperado triunfo de Andrés Manuel López Obrador, el mesías tropical, como le apodan sus detractores. Esa jaula pesa: los fanáticos de una postura política cuyo advenimiento obvio se cernía por todo el país, levantando arduos debates y ridículas disputas; los enemigos de su ascenso, acechado y agitando, conformando la oposición. El pueblo ha elegido (o le han hecho creer que eligió) un gobernante que parece satisfacer sus necesidades de liderazgo, por más insustanciales que sean sus propuestas. La presión social de sus críticos y de su propia gente es lo que podría marcar la diferencia, pulir, quizá, los barrotes de la cárcel. Lego en esa materia, sólo espero que mi país transite por senderos de paz en el próximo sexenio.

Bajo esos pensamientos, claustrofóbico y desolado, miro el paisaje de la periferia de Campeche y me retuerce el cerebro un nuevo sentir, una vuelta de tuerca lógica dentro de esos abrumadores acontecimientos: más que presos, la jaula somos nosotros: encerramos conceptos, ideas, discursos, nuevos dogmas, experiencias… Los encerramos, porque en el interior, no existe ningún ave. Somos puro vacío.

La posmodernidad, como ocaso de los discursos herméticos de antaño, ha llegado a su exacerbación en la multipolaridad de la información que llega a nuestras manos: con millones de usuarios comentado y consumiendo cultura y entretenimiento, y la vehemente exportación de material intelectual y artístico (mezclándose con propuestas mediocres y de bajo contenido académico), tenemos una realidad inmaterial en la que estamos conectados diariamente y que permea nuestra lectura cognitiva del ambiente.

Vivimos, dirá la psicóloga española Eva Gil Rodríguez, en una era de ultraindividualismo, ya que, como menciona ella en su obra, precisamente llamada: Ultraindividualismo y simulacro en el Nuevo Orden Mundial; reflexiones sobre la sujeción y la subjetividad: “el colectivo al que pertenecemos, el de la humanidad, ha sido llevado a su máxima abstracción” y el resultado es una postura de encierro hacia la vorágine de peripecias del mundo, en donde se nos da la ilusión de ser actores sociales, pero en realidad sólo conformamos la gran jaula de la comunidad global.

Hemos pasado, tal vez, la modernidad líquida de Bauman. Lo que dentro y fuera de nosotros abunda es el espacio vacío, la modernidad que ha llegado a su “motor inmóvil”: la nada, el non plus ultra de la deconstrucción o la fragmentación. Hambrientos de discursos que conformen nuestra personalidad, diariamente consumimos posturas e ideologías, fake news e información corroborada por expertos, memes y campañas sociales, sucesos políticos y “mira qué pasó con estos famosos”.

Somos Sísifo, empujando una piedra de datos, cada día, conjugando en gerundio nuestra angustia, pero creyéndola feliz rutina. Y la nota que construye el acorde de nuestra época histórica es ser jaula: hemos diluido a la víctima y al victimario, nuestra actual libertad consiste en situarlos dentro de nuestra prisión de la forma más conveniente.

Trato de reproducir el silencio del campo. Miro a las enflaquecidas vacas pastando. Se nutren, bajo el gris del firmamento a punto de estallar. Las nubes contienen al agua y luego se disuelven, vuelven a la nada originaria.

Ser jaulas también es una oportunidad. Ser vacío es también abarcar toda la información que sea posible. Y el poder, hoy, lo otorga la información: demandamos información, ejercemos ese poder.

Existe un gran número de personas que, conscientes de su naturaleza, eligen ser jaula de movimientos dignos, del ejercicio intelectual solidario, de campañas que puedan significar la transmutación de posturas nocivas. Quizá la única manera de trascender esa naturaleza, esa dupla jaula-vacío, sea perder el miedo a retornar a nuestra nada originaria: existir, luego pensar, como los niños: permitir que esta realidad nos vuelva a causar asombro, contemplarla antes de lanzarse contra otra jaula vacía. Kafka lo sostenía: “Quizá la inocencia sea la única que se abra paso entre los enfurecidos elementos de este mundo”.

Como jaula vacía, también tengo el deber de enseñarle a mi hija sobre este momento histórico. Creo que no debemos olvidar a las generaciones siguientes. Embebidos en tantos debates sin sentido, egoístas de nuestra realidad cercana (a eso nos empuja el actual sistema, a no madurar las ideas ni el cuerpo, a buscar la inmediatez a como dé lugar: económica, sexual, intelectual), olvidamos que somos transitorios, que la construcción de una sociedad más equitativa y justa, no será para nosotros. Podemos ser la gran red, el gran esqueleto donde se sostenga un futuro abierto, pacífico, honesto. Tenemos las herramientas a nuestra disposición, la única que necesitamos no debe volverse exclusiva de ningún grupo: la información. Nos corresponde, aunque seamos prisiones propias, no permitir que la información quede esclavizada para privilegiar a ningún sector.

A fin de cuentas, una jaula vacía también puede ser el origen de un ave liberada.

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