AMLO: El lenguaje y el cambio

Por   ・ México
Ilustración: Miradas Múltiples 17 julio, 2018

Dice Jean Werner Müller (2016, 32) que el populismo “por lo menos [y] hasta cierto nivel, debe ser popular en el sentido de favorecer a los menos favorecidos o de incluir en la política a los excluidos”. Y tal parece ser la consigna que – más intencional que desapercibidamente- han venido siguiendo líderes que, en la última década, han roto inercias, generado expectativas e incluso trastocado pronósticos o tendencias. Las recientes elecciones mexicanas no fueron la excepción…

El primero de Julio de este año y con casi el 54% de los votos totales, el ya conocido contendiente “de izquierda” Andrés Manuel López Obrador (AMLO), se impuso a sus contrincantes demostrando que el poder de un discurso basado en el cambio de tendencia, articulado de forma general y que diese pie a matices  graduales, podía ser más que suficiente al momento de querer imponerse a una maquinaria institucional en un contexto de hartazgo y precariedad.

En realidad, el fundador del Movimiento de Renovación Nacional (MORENA) -ganador casi absoluto de la mayoría en las cámaras federales y estatales- no prometía algo diferente a lo que ya venía ofreciendo desde el año 2006, mismo en el que contendió por primera vez por la presidencia de México.

De hecho, pareció aplicar en todo momento las mismas bases de un discurso centrado en la idea de mayorías (en la que “el pueblo no es tonto, tonto es el que piensa que el pueblo es tonto”); en la determinación de posiciones antagónicas con permanente referencia a la otredad (como en la alusión a “La mafia en el poder”) vs. la ipseidad (o el rol del movimiento de renovación que representa al pueblo… incluso puede considerase el velado llamado a “La Morena del Tepeyac”) y en la recurrencia a una plataforma política basada en la erradicación de la corrupción, la austeridad y la fidelidad a ideales republicanos con la que se le identificaba desde hace dos sexenios.

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¿En qué consistió entonces el triunfo avasallador de AMLO, ese triunfo que tenía doce años buscando y que ahora, desde el principio de las campañas, ya se anticipaba (nunca perdió el primer lugar en los sondeos)? ¿Cambió su discurso o cambió el electorado? Yo identifico tres momentos, todos ellos relacionados con el uso del lenguaje del ahora presidente electo y la interpretación que de éste se hizo a la luz de un contexto muy polarizado.

Primeramente, moderándose.

Si apelamos a su participación en foros, debates, entrevistas o actos de campaña, resulta difícil identificar variaciones en las formas recurrentes de su retórica: AMLO siguió hablando lento, haciendo grandes espacios entre frases, promoviéndose como opción de cambio ante un entorno envilecido y reciclando palabras como:  “México”, “nuestro pueblo”, “país”, “todos”, “política”, “empleos”, “social”, “gobierno” y “acuerdo” que, según Nación 321 (2018-04-22), fueron las más usadas en los debates.

No obstante, una cuidadosa lectura de estos vocablos permite ver que, lejos de anclar la polarización que prescribe la vieja fórmula populista de radicalizar la postura mesiánica tras evidenciar el mal en el contrincante, se buscó dirimir distancias. A últimas fechas quedaba claro que la retórica maniquea había cambiado y que al iniciar formalmente la campaña, AMLO estaba dando matices progresivos a promesas radicales como las de:

  1. Juzgar a ex-políticos corruptos;
  2. Cancelar obras polémicamente adjudicadas;
  3. Derogar proyectos como el energético o la Reforma Educativa.

Cada uno de estos escenarios previos a la contienda, se modificó a través del uso de verbos como “dar amnistía”, “revisar” o “evaluar”, mismos que fueron sustituyendo a los habituales “juzgar”, “cancelar” o “derogar”: precisamente esos con los que se había venido identificando su discurso en participaciones públicas. La lectura fue que AMLO había abierto una veta flexible e incluso que estaba generando ciertas expectativas en sectores que otrora lo veían como ese “peligro para México” con el que lo refiriese el ex-presidente Felipe Calderón.

La modificación de esa idea populista de contraponerse al “malo” como “bueno” permitió a López Obrador generar confianza en sectores otrora críticos. Su capacidad para romper la vía radical que manejaba hasta los primeros meses de este año constituyó, a mi juicio, una de las armas retóricas más efectivas del ahora presidente electo. Ninguno de los demás contrincantes en la carrera por la presidencia de México pudo preciarse de haber alcanzado el punto en el que su retórica -más bien basada en la consistencia, la linealidad y la continuidad- pudiese sugerir algo diferente a lo que ya se tenía por bien sabido.

Ilustración: Miradas Múltiples.

En un segundo momento, erigiéndose como alguien moralmente superior a su contraparte:

La escenificación de una posición adusta frente a la actitud combativa de sus contrincantes sirvió para que sus números no bajasen durante la campaña. En este sentido resulta particularmente interesante el caso de los tres debates realizados por el Instituto Nacional Electoral (INE), en los que AMLO se mostró más proclive a seguir una orgullosa mesura “republicana” (según sus propias palabras) que el arrojo pendenciero y muchas veces identificado como “vulgar” por sus detractores.

Lo anterior le permitió evitar que el electorado lo identificara como el tipo “radical” o “inflexible” con el que habitualmente lo caracterizaron no solo sus oponentes políticos sino también empresarios, periodistas, columnistas e “influencers”. Alcanzar cierta mesura al hablar y la apelación a posiciones ambiguas y generales en los que se reciclaba el tema de la honestidad y la austeridad, le evitaron titubear al momento de tener que usar precisiones o adquirir compromisos en cuestiones específicas como economía, educación, medio ambiente y seguridad.

Mediante una actitud receptiva, cerrada y poco reactiva ante los ataques, AMLO se colocó a los ojos del electorado como alguien o con un interés que iba más allá de la diatriba o como alguien con “mucho callo” al momento de aguantar el fuego enemigo y enfrentar críticas. En el chisme de lavadero se trató de quien menos chismeó y eso lo hizo moralmente superior a esos contrincantes que -más allá de lo obvio- lo hicieron objeto de descalificaciones. Contra lo que se esperaba después de cada debate, el candidato de MORENA subía en números.

Esta actitud mesurada posicionó a López Obrador como alguien que no se rebajó al nivel de sus adversarios (a quienes no se dignó seguir en la línea de discusión) sino como alguien capaz de supeditarse al pueblo con quien estaba más allá de toda retórica: Saludos, paseos, encuentros y diálogos directos eran la constante. Baste recordar la forma por la que atendía a compromisos públicos: en autos austeros, con una total ausencia de equipos de seguridad y un claro desparpajo ante las masas que lo detenían para saludar. Todas estas imágenes se volvieron emblemáticas.

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Más adelante, la proyección de su plataforma no apareció como un acto unilateral sino como una sinergia que se dio uniendo las voces de un círculo de colaboradores integrado no solo por gente del ya mencionado sector popular sino por académicos, intelectuales, luchadores sociales, industriales y hasta figuras emblemáticas del espectáculo o de las fuerzas políticas contrarias (el caso de Tatiana Clouthier), entre los cuáles aparecía más como un moderador que como un líder.

La superioridad moral que otorgan las mayorías frente a la inercia de una imagen basada en el pasado partidario y lo escándalos de corrupción hicieron de esta estrategia a todas luces populista otro de los factores del triunfo de Andrés Manuel.

En un tercer momento siendo consistente con su propio discurso:

Ante un contexto de necesidad generado tras doce años de políticas oficiales que coadyuvaron más a la descomposición social que a la consolidación de las instituciones mediante la catalización de las diferencias, la generación de certezas y la redención de la imagen de una clase política todo poderosa y frívola que se contraponía a un pueblo apenas superviviente, la idea de renovación de AMLO suponía hacer obvia la existencia de polos que compitiesen en un contexto político que los validara:

  • En dicho juego cobró un rol importante la materialización de la historia oficial del PRI como el conjunto de evidencias asociadas al legado del presidente saliente (Enrique Peña Nieto). En esta amalgama el aún mandatario apareció como una especie de non plus ultra de la mediocridad que simbolizaba no solo al partido sino a ese problema contra el que se había de luchar: la corrupción. En el momento de las campañas, el presidente Peña funcionó como un político cuya incompetencia y legado de impunidad resultaron ser el abono perfecto para la consolidación de la idea de un cambio  pero también como la contradicción permanente  a las promesas ofrecidas por el candidato oficialista José Antonio Meade.
  • Quizá nunca se definió claramente el “hacia dónde” o el “cómo” se realizaría tal cambio pero en el ánimo popular -acrecentado, también, por el impulso de una selección de futbol que entraba con el pie derecho al mundial- estaba la urgencia de una ruptura de las inercias del sexenio, de una especie de emerger de las cenizas de la historia del PRI y de hacer algo nuevo “entre todos”. En este plano AMLO logró sacar partido a sus viejas alusiones a un culpable: “La Mafia en el poder” en referencia a todos aquellos que ocupaban los puestos más altos de la administraciones públicas federales y estatales. Precisamente se trató de señalar al culpable que el pueblo esperaba encontrar, ese enemigo a vencer que, en cierta forma, estaba representado por los abanderados de las coaliciones y candidatos independientes que se le oponían.  En esa referencia ambigua, nombres, apellidos, grupos, incluso filiaciones ideológicas resultaban ser maleables pues se trataba de proyectar por un lado la idea de una oligarquía secreta que, como los masones, se turnaba puestos y  cargos heredando el poder para acrecentar sus fortunas y por otro dar pistas sobre su naturaleza e incidencia en el mundo real y, concretamente, en el retraso de México. Si bien se trataba de alusiones veladas, AMLO fue haciéndolas explícitas al designar tardíamente al ex-presidente Carlos Salinas como líder emblemático de esa entidad  a la que relacionó con los neoliberales; luego vinieron las siglas de partidos que los acogían: PRI y PAN como versiones de lo mismo, hasta derivar en el acróstico PRIAN como la materialización lingüística de ese grupo a quien había que achacar los males de la nación y contra quienes había que luchar para poder alcanzar una verdadera democracia y progreso.

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La consistencia discursiva, la consecuente construcción del enemigo a vencer y luego la flexibilización de posiciones no tuvieron poco que ver en el triunfo de AMLO y es que, curiosamente, la administración saliente (de Peña Nieto), así como la de su antecesor (Felipe Calderón) parecieron sintetizar y  validar todo aquello que el líder de MORENA les achacaba. Pendientes como la inseguridad (cada vez más clara), la migración, la educación, los llamados crímenes de Estado, la inflación, los escándalos por adjudicaciones y la impotencia de las fuerzas del orden frente a un crimen consolidado, se fusionaron como referentes de solo vocablo: “corrupción”, ese gran pecado contra el que se había de luchar y ante el cual, ahora, AMLO se mostraba conciliador.

Mafia en el poder + Corrupción = Crisis
Renovación Nacional + Austeridad  = Transformación política
Transformación política + Amnistía = Transformación moral

Contra quién había que luchar y cómo, estaba claro y el resultado no se hizo esperar ni en las encuestas previas ni en las urnas. El votante decidió cambiar y cambiar radicalmente sin tener una idea clara de en qué consistía ese cambio. Lo único que, quizá, le generaba algo de certeza era la idea de que había que renovar las cosas y que una tercera alternancia, así como un tercer intento de AMLO por ser presidente, tendría que convertirse en vía.

Volviendo a Werner Müller, se trata incluir a los excluidos: que fueron los que nunca resultaron beneficiados por las promesas del régimen saliente (Progreso) y de favorecer a esos menos favorecidos: precisamente aquellos que buscando en un esquema de méritos no pudieron participar de la repartición del poder en una esfera reservada a un grupo sumamente exclusivo (al que se le abrió la puerta para la conciliación).

Al final la realidad no es otra cosa que la capacidad de hacer del discurso, coherencia pero, también, adaptación. Lo demás es solo posibilidad.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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