A casi dos años… ¿sigo actuando como ser humano?

Por   ・ México - Inglaterra
Fotografía: Pablo Allison 19 julio, 2018

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Instrucciones para llorar, Julio Cortázar.

 

Aunque siempre trato de evitar las comparaciones entre países, en ocasiones no tengo remedio, pues mis raíces están entre dos pistas que contrastan enormemente: Reino Unido y México.

Recuerdo que al regresar a la Ciudad de México contemplaba las calles con detenimiento, me subía al metro y me percataba de la pobreza que existía a mi alrededor. Los niños que pedían limosna al interior de la estación o en las calles, me hacían reflexionar sobre mi propia situación, privilegiada al no verme en la necesidad de pedir dinero para comer.

A veces observaba a una pareja abrazándose, demostrándose su cariño y eso me estremecía, hacía que sacara lo mejor de mí. O, al contrario, el caos del tráfico que me quitaba la calma, pero que no me causaba arrepentimiento de estar viviendo en este lado del mundo. También me conmovían los problemas que hasta hoy aquejan al país: la violencia generalizada, la corrupción de la que de distintas maneras somos cómplices, la burocracia o negligencia de un sistema que nos paraliza. En fin, todas esas situaciones que me alertaban y tenían consciente, hasta cierto punto, del contexto nacional en el que me desenvuelvo.

Muchas veces caminaba por algún lugar y cierto detalle me recordaba lo importante que es ser un auténtico ‘ser humano’, comportarse como tal y empatizar con la gente alrededor.

Mi misión interna, recién llegué a México y hasta donde recuerdo, era contagiar el entusiasmo a mi círculo cercano de amigos a través de mi propio ejemplo, siendo honesto y amable con la gente, sin molestarme o sentirme ofendido porque no me respondiera de la misma manera.

Si bien remé como un salmón contra la corriente, también tuve éxito. Quería mantenerme reflexivo y atento a las cosas, pero sin sobresaltos, lograr una paz interna.

No obstante que he viajado dentro y fuera del país a lo largo de estos dos años, debo confesar que, inevitablemente, me he contagiado de la “dinámica defeña”. Ahora me resulta difícil estar a flote y mantenerme en el camino sin tropezar, sin tambalearme. Déjenme decirles que pensé en escribir esta historia personal hace un par de meses, viajando en metro. El motor para comenzar fueron dos niños muy pequeños que pedían dinero y me conmovieron. Me dio mucha pena verlos, pero también comprender que la mayor parte del tiempo su presencia pasa desapercibida por quienes transitamos la ciudad.

Esta enfermedad de ignorar la realidad la padecemos quienes nos hemos anestesiado para ver a grupos vulnerables que diariamente pasan a nuestro lado y sufren. Con o sin darnos cuenta, los dejamos consumirse en su tristeza sin intentar, al menos, comprender su situación, ayudarles de alguna manera. Los valores e ideas con las que llegué, poco a poco se han ido diluyendo. Mis intenciones más humanas y positivas se han erosionado con el paso de los días, perdiendo la empatía y la capacidad de expresar amor a quienes me rodean.

A menudo me cuestiono por qué reaccionamos de esta forma, por qué se pierde el amor hacia las personas y, lo más importante, cómo podemos recuperar el rasgo de la solidaridad que debería caracterizar a las sociedades humanas.

Supongo que mi actitud se ha moldeado o adaptado a las circunstancias para responder a las demandas de un mundo diseñado para no sentir y no tener apiado de los demás. Esto, desde luego, no me resulta cómodo ni gratificante, pues no pretendo vivir con indiferencia. Sin embargo, el materialismo en el que vivimos, aunado a las presiones cotidianas, paulatinamente nos deshumaniza.

Sigo pensando en ello, haciendo trabajo de reflexión. Justo hoy, durante el desayuno, me vino a la mente una idea a manera de pregunta: ¿Por qué esta sociedad se ha ido pudriendo al grado de que todo parece permisible y a la vez, decimos, no estamos dispuestos a tolerarlo?

De momento me salva tener, hacerme más y más preguntas. Si dejara de plantearme estas cuestiones perdería todo rasgo de ser humano. Por fortuna, conservo el interés por explorar otros lugares y cavar más profundo para extraer los aprendizajes que me hagan sentir satisfecho. Ahora, mientras maquino otras tantas ideas e intento ofrecerles alguna mínima conclusión, observo a la gente pasando por la calle: unos regresan del trabajo, otros van; qué se yo.

Entonces me pregunto, ¿qué es lo que hará que yo vuelva a la normalidad? ¿A la rutina? ¿A la anestesia?

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México - Inglaterra

Nací en Manchester, Reino Unido y fui criado en México, en el Distrito Federal o Ciudad de México, como se conoce ahora. Inicié mis estudios universitarios de fotografía documental y periodística en la Universidad de las Artes, en el London College of Communication de Londres, Inglaterra. Posteriormente, en 2009, me recibí como fotógrafo documentalista del Newport College of Art and Design, de la Universidad de Gales. Mi aprendizaje en el ámbito de los derechos humanos, trabajando en organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y ActionAid, en Londres, se convirtió más tarde en inspiración para abordar las artes visuales desde un enfoque social y humanista. Algunos de los conceptos que utilizo en mis continuas exploraciones de la realidad son la libertad, la reclusión, el control, la migración y, obviamente, los derechos humanos. Miradas Múltiples me da la posibilidad de generar contenidos cotidianos para referirme a personas comunes y corrientes, como yo, sin inmediatez y siendo subjetivo, pero a la vez balanceado, justo y sensible, desde la empatía y sin dejar de lado el rigor en la información. Encuentra más de mi trabajo en Instagram: pablondon1
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