Todo cambia…

Por   ・ México - Inglaterra
Fotografía: Pablo Allison 23 julio, 2018

Cambian las ciudades, cambia la gente. Los niños se convierten en adultos, los desconocidos en artistas famosos, o la inversa. En este eterno avanzar, también el arte urbano se transforma, pero siempre persiste el anhelo de seguir los sueños… hasta donde nos lleven. De los filósofos anónimos y del grafiti como una forma de vida escribe Pablo Allison.

 

“Hay un país distinto (en alguna parte)”.
Frase pintada sobre un muro.

 

Resulta increíble hacer un recuento del tiempo que ha pasado desde que, por primera vez, observé firmas en las calles de mi antigua colonia. En aquellos días —estoy hablando por ahí de 1995 o 96— las calles de la Ciudad de México estaban prácticamente libres de mensajes, con excepción de la típica propaganda política y las marcas comerciales de la época que se apropian de sus muros. Entonces no se veía lo que se observa hoy por toda la ciudad: bardas saturadas, incluso arruinadas por escritores de grafiti, que los hay buenos y malos.

Crecí en una zona donde el aburrimiento era la constante, pues casi nada sucedía y lo único que lograba entretenerme, como a otros chicos, era el futbol. Sin embargo, como no había más cosa que patear una pelota todo el día, después de un rato se hacía repetitivo. Así que comencé a interesarme por conocer la ciudad a través de la cámara fotográfica de mis padres. Desde muy joven —tendría, quizás, trece— salía a documentar lo que veía pintado sobre las bardas.

A esa edad aún no tenía el valor de pintar una barda porque no contaba con la preparación para tomar un aerosol y estampar una palabra que se viera estéticamente placentera a la mirada. En consecuencia, intuitivamente decidí que debía tomar fotos de lo poco que veía en las calles de la ciudad y posteriormente copiar los diseños, modificarlos a mi conveniencia para sentirme orgulloso de mis creaciones.

Les hablo de un tiempo en el que Internet no era accesible casi para nadie, así que no había una comunidad sólida de escritores de grafiti, o por lo menos yo no la conocía, y, básicamente, era muy difícil encontrar algún tipo de alusión sobre el asunto. Recuerdo que salía de mi casa, cámara en mano, o al regreso de la escuela o los fines de semana y tomaba el metro para descubrir otros territorios. Era como matar dos pájaros de un tiro: conocía lugares desconocidos a la vez que fotografiaba piezas y firmas que me servían como referencias.

Antes de continuar, debo decir que en esto la relación de la cámara con el grafiti es muy importante, pues sin ella no hay registro y sin registro se pierde lo que alguna vez se pintó. Personalmente, considero que sin el trabajo fotográfico de documentación no tendría sentido pintar un grafiti.

Alrededor de 1997 descubrí espacios donde se concentraban las personas interesadas en las pintas. Cierta ocasión, en un mercado cercano a mi casa donde hacían aerografía, me topé con un álbum lleno de imágenes de piezas en las que se habían empleado diversos estilos. El efecto que eso causó en mi fue definitivo, ya que no tenía idea del alcance artístico que se podía lograr con una lata de aerosol y la creatividad del artista. Así fue como, poco a poco, entré en este mundo que desplazó cualquier otro afecto que tuviera.

Ese mismo año conocí el Mercado del Chopo donde me habían dicho que se vendían artículos de grafiti; válvulas y marcadores de todos tamaños, por ejemplo. Esta fue la razón por la que decidí ir con un amigo. No lo olvido: compramos una revista y cinco válvulas que usamos esa misma tarde junto con los aerosoles krylon que conseguimos en una tlapalería. Finalmente comprendí cómo se hacían los efectos de línea gruesa y difuminados que había visto en otras firmas. Y sentí que ya dominaba el uso del aerosol y que ahora solo tenía que salir con mayor frecuencia al encuentro de otros artistas.

Entrado el 98 ya tenía mejor establecidas las técnicas y había definido el nombre con el que hasta hoy sigo escribiendo. Quizá no signifique nada, pero lo que me interesaba era la selección de letras y su distribución para lograr que tuvieran un ritmo balanceado. Me refiero, entre otras cosas, a que era importante tener una letra ‘S’, ‘E’, ‘R’ o ‘K’, como parte de tu nombre. Digamos que terminar con una ‘E’ significaba que podrías enroscar la parte final de la letra como hace Eric Haze en Nueva York. De la misma forma, la letra ‘S’ se usaba comúnmente entre los artistas, en especial porque la había popularizado un grupo famoso  en su tiempo.

Al final del 98, el grafiti creció exponencialmente en la Ciudad de México. La cara de la ciudad había cambiado y estaba repleta de muros pintados con firmas, piezas o letras de burbuja también conocidas como ‘bombas’. Para el año siguiente, grupos de grafiteros —conocidos como ‘crews’ por su nombre en inglés— ya estaban bien asentados. Sin embargo, quienes ejercieron una fuerte influencia en este periodo, al paso de los años se extinguieron, igual que los escritores de grafiti de enorme talento que fueron pilares en el desarrollo de este arte.

Fotografía: Pablo Allison

Me parece importante hacer este recuento del grafiti en la ciudad porque la forma en la que se percibe en la actualidad es muy distinta a la de antes, surgido de los barrios pobres en Nueva York y practicado por adolescentes, en su mayoría de origen africano y latino que desde ahí esparcieron la propuesta hasta llegar a todas partes, incluida la Ciudad de México donde el grafiti residía en barrios marginados de Ciudad Nezahualcóyotl. Digamos que fue ahí donde se gestó el movimiento y a donde uno iba si quería fotografiar murales.

Curiosamente, para hacerlo, hoy es necesario visitar zonas de clase media como la colonia Roma, la Condesa o el Centro Histórico, todavía de aspecto menos suntuoso, pero que se están transformando en un lugar exclusivo para quienes “son alguien”. En síntesis, les diría que el grafiti se trasladó de lo marginal, de las periferias urbanas a los espacios públicos centrales y homogeneizados de las grandes urbes.

Aunque antes se trató de una forma o método de resistencia —me atrevería a decir que la gran mayoría de jóvenes que se adentraron con pasión en este movimiento lo hacían para expresar un mensaje de lucha política y en contra la opresión—, en mi caso no lo concebí así. Lo hacía porque estéticamente era placentero ver mi nombre en la calle, al pasar por una avenida larga, congestionada y aburrida. Pero muchos jóvenes que venían de las filas del movimiento punk en la década de los setenta y ochenta, sí encontraban en los aerosoles un modo de expresar cuanto tenían por decir.

Me refiero a los inicios de este fenómeno cultural y callejero, en los que no gozaba de gran aceptación entre la sociedad, salvo unas cuantas excepciones. Sin importar la euforia, era impensable que un artista pudiera vivir de “su arte” como ocurre ahora. También me sorprende —y no sé si lo tomo para bien o para mal— su diversificación entre la sociedad y que sea tan atractivo para un joven de barrio, que lo aprecia por ser un medio creativo mediante el cual representar su libertad, como para otro de clase media o para un empresario de prestigio que compra un cuadro porque quiere verlo colgado en la pared de su sala.

Hoy, a casi 30 años del surgimiento del grafiti en México, muchas cosas han cambiado, puede que para bien —debo insistir, o para mal—, pero es una realidad que a algunos cuantos de los que empezamos a pintar desde el comienzo, nos sigue motivando hacerlo por lo que significa en nuestras vidas.

El grafiti nos unificó y nos separó, contribuyó a forjar amistades del alma. Vimos gente ir y venir, implementamos formas distintas de pintar y viajamos por muchísimos países para conocer a otros artistas. En el camino nos hemos desvelado para completar nuestros objetivos, hemos terminado en el hospital, hemos renunciado y retomado más adelante. También hemos tenido problemas con la justicia y eso nos ha causado estragos familiares, pero no conformes seguimos haciendo eso que comenzó como un simple juego y luego se convirtió en una forma de vivir. En lo que nos provoca seguir mirando, pintando y viviendo.


También te sugerimos consultar:

No puedo rayar – Arekoe

 “Todo cambia” – Mercedes Sosa

Grafiti mi vida – Mac Tian

El arte de caminar. Un viaje a escala humana de Altaïr Magazine.

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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México - Inglaterra

Nací en Manchester, Reino Unido y fui criado en México, en el Distrito Federal o Ciudad de México, como se conoce ahora. Inicié mis estudios universitarios de fotografía documental y periodística en la Universidad de las Artes, en el London College of Communication de Londres, Inglaterra. Posteriormente, en 2009, me recibí como fotógrafo documentalista del Newport College of Art and Design, de la Universidad de Gales. Mi aprendizaje en el ámbito de los derechos humanos, trabajando en organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y ActionAid, en Londres, se convirtió más tarde en inspiración para abordar las artes visuales desde un enfoque social y humanista. Algunos de los conceptos que utilizo en mis continuas exploraciones de la realidad son la libertad, la reclusión, el control, la migración y, obviamente, los derechos humanos. Miradas Múltiples me da la posibilidad de generar contenidos cotidianos para referirme a personas comunes y corrientes, como yo, sin inmediatez y siendo subjetivo, pero a la vez balanceado, justo y sensible, desde la empatía y sin dejar de lado el rigor en la información. Encuentra más de mi trabajo en Instagram: pablondon1
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