Edimburgo no es Inglaterra: crónica de un viaje

Por   ・ Inglaterra
Texto y fotografías autoría de © Roxana Allison 2018 25 septiembre, 2018

En un acto desesperado por alargar el descanso de la rutina, mi pareja y yo nos escapamos unos días a Edimburgo, la capital de Escocia, al norte del Reino Unido.

El Reino Unido geográficamente está compuesto por cuatro países: Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia. La historia política del territorio es tan compleja como definir los términos que refieren a las nacionalidades de quienes viven en él.

Por ejemplo, según la guía para acreditar la nacionalidad británica titulada ‘Life in the United Kingdom: A Journey to Citizenship’, un práctico instrumento que resume la historia y costumbres del Reino Unido, explica que la Gran Bretaña se refiere únicamente a Inglaterra, Escocia y Gales y no incluye a Irlanda del Norte pero que el adjetivo ‘Británico’ generalmente se refiere a todo aquél que pertenece al Reino Unido, incluida Irlanda del Norte.

Para hacerlo aún más enredado, la nacionalidad e identidad no siempre significan lo mismo. Los escoceses y galeses se reconocen como portadores de la nacionalidad británica pero su identidad es escocesa o galesa respectivamente. En Irlanda del Norte algunos se asumen británicos mientras que otros aseguran ser irlandeses y hay quienes simplemente aceptan ambas. En contraste, aquellos que nacen en Inglaterra comúnmente se dicen ser británicos para definir tanto su nacionalidad como identidad. Los términos de nacionalidad e identidad que escogen, tienen que ver con afiliaciones políticas y culturales, no solamente geográficas y podríamos pasar horas desmenuzando el tema.

Me parece importante mencionar estos rasgos porque comúnmente se piensa que el Reino Unido es solamente Inglaterra, quedando olvidadas las otras tres naciones que lo conforman. Lo mismo sucede cuando se refieren a Londres como si fuera Inglaterra misma. Esto es algo que me pasa constantemente cuando amigxs y conocidos me dicen que vivo en Londres, lo que me obliga a constantemente aclarar que Inglaterra no es Londres y dicho sea de paso, que vivo en Mánchester, una ciudad al noreste del país.

Aclarado el punto, Edimburgo me pareció una ciudad hermosa. Sus viejos edificios altos y angostos de piedra grisácea y amarillenta contrastan con los de muchas ciudades en el norte de Inglaterra donde son de ladrillo rojo y no muy altos o han sido eliminados por completo para abrir paso a torres contemporáneas de inmensos paneles de vidrio a su largo y ancho y que a mi parecer carecen de calidez y carácter.

La ciudad está dividida en dos: el pueblo viejo y el pueblo nuevo, pero ninguno compite contra el otro. La parte vieja guarda más encanto mientras que la nueva es magnificente por su amplitud.

En esta época del año se lleva a cabo el Edinburgh Festival Fringe, el festival cultural más grande del planeta según anuncia su página de internet. Para dar una idea de su magnitud, la población de Edimburgo que normalmente no rebasa los 400 mil habitantes se triplica temporalmente.

El Fringe ofrece a lo largo de tres semanas continuas una cartelera de más de 50 mil eventos, principalmente teatrales, dancísticos y de stand up comedy (comedia en vivo), muchos de los cuales reflejan el clima político actual del Reino Unido con parodias referentes al Brexit, Teresa May o Donald Trump.

Ríos de gente inundan calles grandes y pequeñas y escucho hablar en castellano por todos lados, aun más que el idioma inglés. Me sorprende la cantidad de españoles que han hecho de Edimburgo su hogar o lo visitan como turistas. Los restaurantes de tapas insinúan que muchos llegan para quedarse. La presencia española es evidente.

A lo largo de una calzada relativamente angosta en el pueblo viejo, se instalan todo tipo de espectáculos callejeros que hacen reír a la multitud. Aun con toda la tecnología que tenemos hoy día, todavía nos entretiene y hace reír lo más simple: la conducta humana espontánea o ensayada como parte de un script.

Camino y observo, como cualquiera que llega a un lugar por primera vez y lo comienza a descubrir. Los edificios, escalinatas, pasillos, tiendas, museos, galerías y parques se revelan a mi paso. Voy cámara en mano pero no tomo fotos todo el tiempo, quiero absorber sin ninguna distracción o barrera entre mis ojos y lo que se me presenta enfrente. Las esperas en los semáforos son largas, perfectas para seguir mirando y capturar fotos. Me dejo envolver y me pregunto: ¿Por qué tardé 10 años en venir siendo que vivo a tan solo 4 horas de distancia?

Me detengo de vez en cuando y atiendo algún acto callejero, sigo caminando y paro para admirar el paisaje que me llega como bocanada de aire fresco.

La Galería Nacional de Arte aloja salas repletas de cuadros de gente poderosa y acaudalada, reyes y reinas, príncipes y princesas presumiendo sus bienes, las recorro rápidamente sin darles mucho de mi tiempo. Las salas que me interesan son aquellas que resguardan pinturas de la gente común, sus retratos y escenas que denotan la cotidianidad de su tiempo.

Me llena de horror la pintura de Santa Agatha, una mujer noble siciliana quien toma el voto de castidad y que para someterla la torturan mutilándole los senos. Según cuenta la ficha, sus heridas sanan milagrosamente. A mi parecer, la historia refleja misoginia pura y dura.

Otras escenas que siempre atrapan mi atención son las religiosas, no tanto por la connotación en sí, sino por lo trágicas, sangrientas y explicitas que son algunas. Demuestran el lado gore de la religión y cómo se empeña la iglesia en dominar a la gente a través de la culpa.

Se me eriza la piel al ver una pintura casi mural, de Peter Paul Rubens, ‘El Banquete de Herodes’ en la que una mujer curvilínea muy al estilo Rubens y de nombre Salomé, sostiene una charola con la cabeza degollada de San Juan Bautista presentándosela al rey Herodes. Las pinturas de la crucifixión de Cristo igualmente me asombran por el grado de tortura que exponen pero me asombra aun más, que la gente normalice este aspecto, las atesore, traiga puestas o las despliegue en sus salas y recámaras, lugares dedicados a la convivencia o descanso. No podría sentirme tranquila en presencia de un cuadro o figura así.

El recordatorio del sufrimiento en la religión es una constante pero, ¿qué no hay demasiada desgracia en el mundo actual como para seguir reforzándola por costumbre o imposición?

Sería mucho más sano que la iglesia y la religión se centraran en aspectos positivos de quienes retratan en sus imágenes, pasajes e historias como herramienta para empoderar a sus seguidores y creyentes; entender a los santos, santas y vírgenes como ejemplos de fortaleza y personas críticas quienes muchas veces desafiaron directa o indirectamente las normas del establishment de su tiempo, sin elevarlos a seres ficticios con poderes sobrehumanos. Sería mucho más instructivo. Algunos diferirán de mi propuesta, pensarán que no sé de lo que hablo o les parecerá grotesca, los invito a considerarla.

Otra particularidad de Edimburgo es que tiene numerosas pendientes y está rodeada de montes, algunos se encuentran muy cerca del centro y obviamente son puntos turísticos, tal como Calton Hill, donde se nos presenta una vista de 360 grados de la ciudad y una serie de imponentes monumentos celebratorios de Escocia y sus personajes ilustres, entre ellos uno inspirado en el Partenón.

La vista es formidable. Llegamos al atardecer de un día soleado, el mar y la ciudad se observan tranquilos a la distancia mientras el bullicio de los turistas tomándose fotos en todas las posiciones habidas y por haber, se disipaba con el viento frío que nos cala los huesos. Increíble pero es cierto ver gente en shorts, camiseta y chanclas de playa a una temperatura ambiente de más o menos 12 grados Celsius con una brisa casi invernal.

Un barrio atractivo con sus propios contrastes que vale la pena visitar al norte es Leith. En el pasado fue un importante puerto donde entraban y se fabricaban una variedad de productos y materias primas como botellas de vidrio, jabón, whiskey (scotch), jugo de limón, así como se construían barcos y capturaban ballenas para extraer su aceite. Como casi toda la industria del Reino Unido el declive fue gradual culminando en los años 80’s, cuando las políticas durante el régimen de Margaret Thatcher se recrudecieron y actualmente poco queda de eso, sin embargo existen edificaciones que nos recuerdan su historia. No es raro que hayan sido convertidas en galerías, cafés y apartamentos inaccesibles para la mayoría.

Hace algunos años, Leith era un foco rojo donde la prostitución, drogas y pobreza imperaban, pero ahora está en pleno proceso de transformación (gentrificación) y como resultado, la demografía del área está cambiando constantemente; algunos residentes están a favor y otros, generalmente quienes son originarios o han permanecido ahí largo tiempo están en contra, pues anticipan su destino.

La consecuencia es que, a pesar de que aparentemente el barrio se ve más ‘agradable’, todo se encarece y mucha gente se ve forzada a abandonar lo que alguna vez fue suyo. Supuestamente algunas escenas de la aclamada película Trainspotting fueron grabadas en este sitio cuando Leith era Leith, como dicen por esos rumbos.

A unos 25 minutos en autobús se encuentra Portobello Beach, una playa popular entre los edimburgueses donde pueden disfrutarse paisajes increíbles, pero donde uno se queda con las ganas de meterse al agua. El mar es frío y la brisa también. ¡Lo curioso es que cuente con su propio equipo de volleyball playero!

Reflexionando durante mi estancia fue inevitable hacer comparaciones entre Edimburgo y la localidad donde vivo. Obviamente que el ir de turista a una capital no deja ver todos los inconvenientes del vivir ahí, sin embargo, algunas diferencias eran obvias.

Por ejemplo, la arquitectura antigua parece ser valorada y preservada, no demolida y sustituida por nuevos edificios pues está protegida desde que la ciudad fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Igualmente, es una ciudad limpia, donde el gobierno local crea numerosas y atractivas campañas para educar a la gente en este aspecto y hay botes de basura por toda la ciudad.

Parecerá irónico y ridículo mencionarlo, pero Edimburgo cuenta con baños públicos gratuitos (limpios), a diferencia de Inglaterra donde las medidas de austeridad impuestas por el gobierno conservador los clausuraron. ¡Cuando uno es turista pata de perro de bajo presupuesto se agradece tener acceso a estas instalaciones!

Aunque no asistimos a ninguno de los eventos del Fringe, tuvimos una probadita de su atmósfera y entendimos por qué es tan popular. No obstante, todo mundo nos ha dicho que tenemos que conocer Glasgow por su vibrante escena artística y que aunque estéticamente es lo contrario a Edimburgo, es una ciudad con un encanto muy peculiar. Quizá sea nuestra próxima parada para el verano que viene.

Doy un último vistazo a los seductores edificios y abordo el tren de vuelta a casa en Waverley Station contenta de haber descubierto esta urbe. Escocia se despide de nosotros con un contrastante atardecer rosa-anaranjado mezclado con enormes nubes color crema y gris.

¡Si tan solo Edimburgo tuviera mejor clima, consideraría mudarme allí!

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

 

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Mi nombre es Roxana Allison. Aunque nací en Inglaterra, soy mexicana y, entre otras cosas, me dedico a la fotografía documental. Mi práctica fotográfica se centra en temáticas de identidad cultural, memoria, sentido de pertenencia y migración. He hecho radio comunitaria y también he trabajado en colectivo por diversas causas. Los proyectos en los que me involucro nacen de un interés personal por tratar de cambiar algo o exponer una problemática que me preocupa y que necesita ser conocida en distintos lugares con la intención de que otros puedan reflejarse. Miradas Múltiples me da la oportunidad de aprender y colaborar con un equipo de personas comunes en un ambiente positivo, amigable y solidario
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