Síntoma, crisis y fin de la ideología

Por   ・ México
Imagen: Mural del artista italiano Blu en Madrid-Río. Fotografía: Miradas Múltiples 17 diciembre, 2018

Es difícil establecer un punto de partida para expresar el pasmo ante el vertiginoso fin de año que estamos viviendo; más aún buscar causas o atisbar consecuencias. Por ello lo que intentaré será compartir mi perspectiva de un síntoma, de una serie de indicios sobre este malestar en la cultura contemporánea y para ello me arriesgaré a no hablar solamente como el mexicano que se ahoga en el caudal político de una sociedad que se ha polarizado -como nunca- a partir del cambio de gobierno, sino como el ciudadano del mundo que ve en su contexto inmediato la tímida metáfora de lo que está ocurriendo en todas partes y a todo nivel; a saber: Que el mundo se está dando cuenta de que la despensa se ha vaciado y que continúan llegando los invitados.

Este hecho lo resquebraja y le hace realizar acciones impulsivas, desesperadas… poco racionales -diría- si es que aún entiendo lo que es ya racional o no.

Los indicios están por todas partes y se ven subiendo desde la Argentina de Macri al nuevo Brasil de Bolsonaro; pasando luego por la Venezuela del chavismo ampliamente denostado y dando la vuelta por la Cuba libre del castrismo (al menos como apellido) hasta el México de una izquierda que no se atreve a serlo. En estos signos no apreciaremos más que urgencia por un cambio que se sigue confiando a individuos; un cambio que aún está lejos de traducirse en nuevas concepciones del futuro y, consecuentemente, denota una resistencia a la mutación generalizada de los hábitos más elementales.

Imagen: Miradas Múltiples

Hay una crisis, pero es problema de ese que estaba impreso en la boleta. La despensa está vacía pero nadie está dispuesto a dejar de comer para ver cómo llenarla. Seguimos esperando la cristiana multiplicación de los panes y de los peces en el dios que extrajimos de la máquina (productiva o democrática).

Luego, si logramos filtrarnos por la frontera estadounidense y pasar por alto las políticas en línea del genio de la post-verdad para desplazarnos transatlánticamente a la Inglaterra de un Brexit titubeante, signos poderosos nos revelan la infección del Paris de los “chalecos amarillos” y de esa España en la que bastó mover un poco la tierra donde yacía el dictador para que su semilla germinase de nuevo. Los indicios no denotan mejoría ni en los indicadores cuantitativos (esencialmente económicos) y menos aún en los cualitativos (que atañen al bienestar, ese sentimiento tan relativo y acotado).

Leemos que la misma urgencia por mantenerse a flote persiste entre los de abajo mientras los de arriba pugnan ya no por tener más sino por tenerlo todo, lo que convierte a la política la actividad más riesgosa que puede concebirse al no haber gobierno capaz de responder a tales exigencias y mantener el mundo a flote.

Las fronteras de la ideología se han roto y aquella perspectiva de que “lo sólido se disuelve en el aire” paradójicamente se anquilosa. Los derechistas salen a la calle con pancartas y consignas, los de izquierda se tornan populistas y los pragmáticos se pierden en las referencias.

El caso extremo de este extravío lo encuentro sí en la polarización social que siguió a la elección de López Obrador en México pero, sin duda, en la emergencia de los ya citados “chalecos amarillos” franceses: activistas multi-objetivo que reaccionan -a la vez- contra ciertos logros que sus antepasados alcanzaron en protestas  callejeras (como la protección al ambiente, el rescate ambiental y de formas de vida no alcanzadas por la globalización o la tolerancia ante la inmigración); pero también contra la centralización de los servicios públicos, la pauperización de los barrios o el lanzamiento de nuevos impuestos por parte del Estado.

Imagen: Miradas Múltiples

Se trata de la primera protesta difusa de impacto mediático global; de una especie de rabieta contra aquello que todos parecemos padecer pero que nadie logra comprender.

Por un lado implica el aferrarse al status – quo y por otro ir contra éste; una forma original de revelar el pasmo ante el secuestro que las sociedades modernas han hecho de nuestra forma de vida; un nuevo formato para expresar el síndrome de Estocolmo en el que nosotros, víctimas, nos hacemos cómplices de los victimarios pidiendo mantener básicamente el derecho a tener y hacer.

Y es que resulta imposible ya establecer referencias sobre la ideología que subyace a las manifestaciones: La derecha mexicana salta a las calles -como nunca antes- a lanzar consignas contra políticas económicas del gobierno, la izquierda venezolana consume como califato y no tiene reparo en denotarlo, la revolución popular nicaragüense reprime a estudiantes y la derecha norteamericana protege al obrero… la ideología ha muerto y sus restos parecen simplemente otorgarle razón a quien de entrada nunca la tuvo: Donald Trump, el artífice del mundo como posverdad, del mundo tal y como lo pensaron los nominalistas: como una consecuencia del lenguaje en donde lo único verdaderamente asible ante la pérdida de evidencias, de vestigios y de insumos para sostener promesas, son las promesas mismas y el poder para hacerlas extensivas.

La revolución se ha vuelto consigna y ahora la experimentamos desde que abrimos Twitter al despertar. Los revolucionarios nos rodean generando en su opinión una doxa que se legitima no por la razón sino por miríadas de signos de aceptación y réplica inducidos más por algoritmos temáticos que por los sujetos en sí mismos. La razón prolifera a tal grado que es imposible discernirla de la sinrazón; la libertad de expresión se ha vuelto la mejor mordaza para ella misma. Y es que cuando todo mundo se vuelve revolucionario la revolución se torna institución (el sueño que el PRI mexicano no llegó a ver) y, con ella, deviene una nueva forma de anarquía que solo puede ser mediada por lo que verdaderamente importa a todos: el poder económico.

Imagen: Miradas Múltiples

No es extraño que en función del dinero (ese signo ambiguo por excelencia y por lo tanto adaptable) muten las percepciones no solo sobre la verdad sino sobre el antes y el después, lo deseable y no deseable y lo que es correcto o no. El dinero es la hoguera en que la ideología arde en forma definitiva, y ésta se atisba cada vez que el aire anuncia una nueva ausencia, una nueva extinción o un nuevo atentado a nuestras zonas de confort. Hay que negociar con las crisis y de la negociación extirpar el síntoma de descomposición, del sinsentido.

¿Será acaso este impulso el que leen los virulentos manifestantes franceses, el de la transacción de un futuro incierto por una limitación cierta? ¿Será acaso este el eje que justifica la amenaza del Amazonas o la eliminación de los controles de velocidad en la Ciudad de México? ¿Será el impulso por “mantener” el que otorga cientos de “likes” a un twitt en donde se justifica la necesidad de más aeropuertos en función de más horas en una sala de espera?

Sin duda tendría que dar razón a quienes dijesen que estos ejemplos son casos aislados, inconexos y, sin duda, relativos pero no tiemblo al sostener que, cada vez, aparecen con mayor frecuencia y todos plantean límites para su comprensión a nivel ideológico limitando la acción política en el futuro. Y es que la gestión de la crisis no es solo material, ésta se expresa en nuevas formas de verdad y la verdad debe ser el punto de partida para renovar las sociedades. Pero ¿Cuál es ésta?

Quiero parafrasear, para responder, al sudafricano Tolkien, el artífice de esa Tierra Media que no es otra cosa más que un elegante retrato de vicios y virtudes históricas. Uno de sus personajes clave, el deleznable Smeagol, aparece como la analogía perfecta del hombre simple que es corrompido por sus posesiones hasta el punto de convertirse en esclavo de éstas. Smeagol deja todo al margen y se pierde en la contemplación del anillo: el bien material absoluto, el sentido único, la prolongación de la vida en la acumulación. Tras perder su nombre (pasando a ser Gollum), su origen, su destino y su capacidad para percibir belleza que no sea la de su posesión, está destinado hacerse uno y perecer al lado de ésta. Y así sucede.

Imagen: Miradas Múltiples

Y así está sucediendo. Los síntomas que vivimos en este fin de año apuntan a una defensa a ultranza de nuestra forma de vida moderna que se ve amenazada por ella misma. Por ello no sabemos hacia dónde movernos, hacia dónde dirigir la acción y contra qué reaccionar. Nuestro anillo de poder ha tomado control de nuestras percepciones y ya no hay ideología ajena a su conservación. Por ello nos batimos y pataleamos ante la simple intuición de perderlo a causa de su propio peso. La idea es insoportable y ubicua. Llamemos al anillo como mejor nos plazca: un viaje en avión, nuestro automóvil, el sistema de salud, la pantalla, la suscripción a canales Premium, el tiempo, la red de redes, el clima artificial o la exploración de exoplanetas.

Llamemos a su defensa revolución y a ésta como violencia o virulencia pro-sistema o anti-sistema. La ideología ya no importa, importa el material al que nos aferramos y en nombre del cual seguiremos llevando la vida al matadero y la esperanza al cráter del volcán donde nos fundiremos con nuestro afán consumido.

En el horizonte:

La vía que se abre se bifurca y por un lado tendremos la proliferación de la protesta reclamando la posesión de lo que es escaso o, por otro, la adopción de esa escasez como forma de evitar toda protesta. Personalmente me inclino por la segunda pues veo que el futuro tendrá que ser minimalista o no será en lo absoluto.

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

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Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
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