Los pasos de Greta Thunberg y el futuro de la lucha contra el cambio climático

Por   ・ México
Texto y fotografías: Gustavo Garduño 10 agosto, 2019

“¿Está encendido el micrófono?
¿Me oyen? ¿Se entiende mi inglés?
… Porque empiezo a dudarlo.”

 

Con estas palabras, el 23 de abril de 2019, una adolescente de aire tímido llamaba la atención a miembros del Parlamento Británico. Su intención era expresarles el miedo (propio y el de su generación) ante la cuenta regresiva que agota la posibilidad de eludir un punto de no retorno en cuestión de cambio climático. También quería cuestionar los motivos que subyacen a la inacción política ante el calentamiento global y puntualizarles la falta de información pública con respecto a las vías a seguir para revertirlo o, por lo menos, frenarlo.

Si bien estaba claro que no era la primera vez en que políticos de alto rango escuchaban sobre el tema, sí se trataba de una ocasión especial puesto que el lugar del speaker lo ocupaba la ya famosa Greta Thunberg,  portavoz de lo que podríamos llamar la primera generación en la historia que se hace consciente de que el “futuro prometido” ha sido cancelado.

Ante un salón plagado de adultos, la adolescente exponía argumentos que sonaban más como reclamo generacional que como consigna ideológica. Su perspectiva si bien fatalista, apocalíptica o desencantada, intentaba sensibilizar a sus interlocutores tratándolos más como esos padres de familia que le fallaron a sus hijos que como lo que eran: políticos ocupados en consentir a un electorado. Lo dramático resultaba ser que, a diferencia de un sinfín de científicos que día a día tocan el tema climático, ella centraba su discurso en el extrañamiento por la sordera a la que aquellos se han enfrentado. Se trata -dijo- del problema más grande de la historia y no ha recibido la atención que merece.

Fotografía: Gustavo Garduño.

Para Thunberg tanto los discursos del gobierno como los medios parecen estarse ocupando simplemente de fruslerías por lo que su lenguaje en esos momentos resultó conciso y contundente, como si a su edad ya estuviese al tanto de lo poco que se puede esperar de gente que matiza, que se adecua a las expectativas de un auditorio y que promete escenarios que rara vez materializa… precisamente la característica de cualquier político en el mundo.

En ese acto -como en todos en los que había estado-  Greta Thunberg trascendió los perfiles ideológicos, los compromisos ante las cámaras y los intereses pragmáticos individuales para exponer sus argumentos en forma precisa: como se tendría que hacer ante la decepción que siente cualquier joven a quien se le anuncia la ruptura familiar, la cancelación de sus estudios o la imposibilidad de lanzarse a una aventura largamente esperada a causa de un padecimiento irreversible. Su mensaje era consistente, quizá también,  con el desahucio de las especies o, en lo particular con el de la mascota querida a la que no queda sino abrazar hasta que cierre los ojos. Un reclamo de alguien que ha sido receptor de mil promesas ante las cuáles se abre, de pronto, un horizonte de imposibilidad para verlas cumplidas.

Fotografía: Gustavo Garduño.

Pero, más allá de la angustia expuso la necesidad de luchar con todo lo que aún se tiene y lo hizo mediante un discurso cuya forma y contenido iban más allá… o más acá -si tomamos en consideración la línea de tiempo- de lo que resultaba conveniente para los intereses económicos y políticos de quienes le escuchaban. Y es que el engaño para Thunberg ya no solo aparecía en la forma de impotencia ante el futuro -impotencia plenamente reconocida por su generación- sino como la evidencia dramática de una total falta de disposición -por parte de los adultos- para intentar superarla desde el aquí y el ahora. Las generaciones precedentes aparecían como los causantes de un daño que se enfrenta sin remordimiento y -peor aún- sin intención aparente de hacer lo mínimo para componerlo.

La oradora se plantaba frente a representantes de una sociedad cegada por una idea de bienestar basada por entero en la acumulación y celosa de su mantenimiento a toda costa, incluso del propio futuro de sus hijos… esos a los que hoy se busca seguir atrayendo con imágenes de éxito y trascendencia a condición de reproducir el modelo vigente de progreso.

Desde que tenía ocho años a Greta le resultaba imposible entender cómo nadie hacía referencia al gran problema que amenazaba a la tierra; como nadie denunciaba el fin de los tiempos, el vacío en el horizonte y la angustia ante una evidencia cotidiana que, por lo menos a ella, le impedía pensar en invertir a futuro, en someterse a una trayectoria académica, o en imaginarse como adulta.

Siempre pienso de más. Algunas personas simplemente pueden olvidarse de las cosas, yo no. Especialmente si se trata de algo que me preocupa o entristece. Recuerdo cuando era más joven y, en la escuela, los maestros nos ponían documentales sobre el plástico en el mar, sobre osos polares muriendo de hambre y cosas así. Yo lloraba durante las presentaciones. Mis compañeros se preocupaban, pero una vez terminada la sesión volvían a pensar en otras cosas. Yo no podía hacer eso, las imágenes estaban pegadas en mi mente. (The Guardian, 11/03/19)

Fuera de la escuela Thunberg quizo hallar en prensa alguna pista sobre lo que se estaba haciendo al respecto pero los principales titulares le parecían ajenos por completo y siempre dirigidos a asuntos sin importancia. Nadie, excepto científicos, hablaba de esa emergencia climática que debería aparecer cotidianamente a ocho columnas, plagar redes sociales y ser asunto de conversación constante. Por ningún lado oía llamados a encontrar la solución a una problemática que todo mundo padecía. A Greta le parecía que la sociedad actuaba en forma infantil dándole la espalda al asunto como si mediante el silencio fuese eventualmente a exorcizarlo.

Tenemos que empezar a tratar la crisis como lo que es. Aunque no tengamos todas las soluciones. (Greta Thunberg)

El contexto.

La crisis ambiental resulta ser un fenómeno ampliamente documentado no solo por académicos sino por organismos internacionales que urgen establecer políticas capaces de revertir los efectos nocivos del desarrollo antes de que las temperaturas globales alcancen medias de entre 1.5 y 2.0 grados Celsius por encima de los promedios registrados en la era pre – industrial. Tal es el caso de la denominada “Agenda 2030” por la que la UNESCO pretende centrar diferentes procesos sociales en esquemas de producción y consumo susceptibles de ser mantenidos por las capacidades planetarias de suministro. Estos esfuerzos, antes de la aparición de Greta Thunberg, habían ya impactado la escena pública pero su expresión no había alcanzado a generar movimientos tan contundentes  como el iniciado por la activista sueca. Fue ella quien, finalmente, logró quitar el carácter sectorial, oscuro y de lobbyin al problema para bajarlo a la gente haciéndolo viral en redes.

Fotografía: Gustavo Garduño.

Para Thunberg, la comunicación de la crisis ha sido sistemáticamente ocultada para mantener un estado de las cosas que depende de la economía, de la acumulación, de la imagen y de una injusta ganancia lograda a costa del planeta. Los responsables: la industria, el comercio, el transporte, la publicidad y el afán por insertarnos en un estilo de vida que solo puede lograrse manteniendo a unos pocos con mucho y a muchos con solo un poco.

A muy corta edad, Greta Thunberg  se hizo consciente de que su desilusión ante el estado del mundo no era exclusiva sino que mucha gente entre su generación la compartía. Comprendió que ésta no provenía solamente del mal funcionamiento del barco del sistema, sino principalmente de la apatía de quienes la habían hecho abordarlo sin notar siquiera que hacía agua por todos lados.

¿Y aun así le prometían un futuro? ¿Y aun así le pedían que siguiera estudiando para “llegar a ser alguien” en la vida? Algo no cuadraba.

Tuve la fortuna de nacer en un tiempo y un lugar en los que todos nos dicen que soñemos en grande, que podría llegar a ser lo que quisiese. Que podría vivir donde lo deseara. En los que la gente como yo puede tener lo que necesita en cualquier momento. Cosas que nuestros abuelos ni siquiera soñaban. Una era en la que podemos tener todo lo que deseamos y en la que, sin embargo, no tenemos nada. Ahora, probablemente, ni siquiera un futuro. (The Guardian. 23/04/19)

Con tan solo trece años y  antes de decidirse a hacer algo por sí misma, Greta Thunberg pasó por una terrible depresión tras preguntarse qué razón había para acudir a la escuela si sus expectativas de vida (y las de su generación) eran de cuando mucho tres décadas. Desde su óptica, los adultos habían venido simplemente vendiendo ilusión y trascendencia pese a que, adelante de ellos, ya se vislumbraba un precipicio; habían pretendido prometer futuros en un mundo que llegaba a su fecha de vencimiento y, lo peor, es que pretendían seguir lucrando con ésta convirtiendo “lo verde” más en una especie de agenda política que en una auténtica cultura cotidiana.

Sin duda, para cualquiera resulta extraordinario -y terrible a la vez- imaginar a una niña sentada en clase, escuchando al profe hablar sobre “Calentamiento Global” o “Crisis Ecológica” para, más adelante, enfrentar un discurso de éxito, progreso y grandeza futura propio de cualquier curricula.

La imagen es inconsistente y así la entendió. Por ello llegó a la conclusión de que toda educación, trabajo y desempeño en lo cotidiano tendría que orientarse a solucionar un problema tan importante que no podía ser eclipsado detrás de ninguna otra agenda.

Esta crisis personal denotó un pensamiento precoz que no estaba contaminado o aletargado por los efectos sedantes del mercado como los de muchos otros jóvenes, un pensamiento que fue expresado a través de formatos que resultan sin duda excepcionales en adolescentes y que se materializaron en un discurso sin matices que ignoró la corrección política pero, sobre todo antepuso la acción directa a las  ventajas que la mera difusión mediática ofrecía a través de las redes sociales o plataformas digitales. Y es que Greta Thunberg primero se dio a conocer en los hechos y de ellos trascendió a las pantallas.

El llamado:

Dos cosas que enfrenta cualquier persona con depresión son la conmiseración y el reclamo. La primera aparece como una especie de empatía o solidaridad que en el fondo le indica que no es excepcional, que forma parte de un grupo y que su fuerza está en éste. El segundo viene cuando el grupo sabe que no basta para dar sentido al depresivo y le achaca un egoísmo o suficiencia enfermizos para los que no bastan ni el sentido ni el afecto que el grupo proporciona: Éxito, trascendencia, comodidades, familia… ¿acaso nada de eso basta?

Pero …¿De qué éxito podría tratarse, a qué trascendencia se refieren? ¿puede haber un futuro más allá del que supone la defensa de los últimos recursos naturales? ¿del que aparece como una violencia desatada por la necesidad extrema? ¿Del de la polarización ante el control de los despojos? ¿Del que implica testificar impávida la extinción masiva de especies?

Ningún argumento la tranquilizó, ninguna promesa la satisfizo, ninguna alusión a su edad y su candidez le agradó y finalmente decidió tomar acciones frente a su propia condición pero, sobre todo, ante la apatía de quienes la rodeaban. Para ello se decidió a sacrificar un día de escuela a la semana -viernes-  para demandar ante el Parlamento Sueco acciones concretas para contener la crisis ambiental.

Primero fue un incidente pero su presencia se hizo recurrente y pronto, esa figura bajo la lluvia o el sol, portando un letrero con tintes de etiqueta que rezaba “Huelga escolar por el clima” devino en simbolismo pues implicaba una síntesis de denuncias marginales que iban más allá de una mera protesta: Greta era la voz de la marginación (del niño – de  la mujer – del enfermo – del estudiante) que saltaba desde un país rico (Suecia) y que crecía en la medida en que otros jóvenes se unían cada viernes a la demanda.

Así nació Fridays for future, el movimiento de resistencia al cambio climático que, desde la renuncia parcial a la lógica de la institución (cumplir un horario y una serie de exigencias para llegar a ser alguien en el futuro), garantizaría un porvenir real. Primero como movilización, luego como nota excepcional, como símbolo marginal y generacional y, luego, como hashtag en redes sociales (#FridaysForFuture) que pronto se hizo trending topic alcanzando repercusiones a escala global que, a modo de réplicas, posicionó al movimiento principalmente en Alemania, Bélgica e Inglaterra.

Una moderna “Cruzada de los Niños” había comenzado y llevó a su figura principal a ser -finalmente- escuchada en foros como el Parlamento Europeo, las cámaras del Reino Unido, los foros TED y Davos donde expuso su intención:

…no quiero su esperanza. No quiero que la tengan. Quiero que entren en pánico. Quiero que sientan el miedo que yo siento todos los días. Quiero que actúen. Quiero que actúen como lo harían en una crisis. Que actúen como si su casa estuviese en llamas porque está. (Thunberg ante el Foro de DAVOS)

El mensaje:

Es sorprendente. Son más de 71 países y más de 700 locaciones y sigue creciendo. Aumenta día a día. Es muy, muy divertido. (The Guardian, 11/03/19)

¿Pero qué subyace en la lucha de Thunberg? Quizá, a modo de una involuntaria parodia de la política internacional, su imagen ha crecido gracias a la serie de comunicaciones basadas sí en un tipo de post-verdad en el que la emotividad de su físico, de su vulnerabilidad y de su asperger contratan con la solemnidad de las grandes reuniones y emplazamientos políticos; pero también una fundamentación claramente válida al momento de argumentar el estado de las cosas que le ha llevado a dejar de estudiar un día a la semana para garantizar el futuro.

Y es que, en el primer caso, Greta resulta emotiva por contener tanto la imagen juvenil como la infantil, por la selección de imágenes con que alimenta sus redes en las que contrasta la sonrisa de los contextos familiares o informales con la sequedad de sus presentaciones. La presentación como vegana, animalista y sensible al momento de hablar de extinciones la acerca más al corazón que a la razón, además de que ha sabido legitimarse apareciendo en fotos con personalidades como Swarzenegger o exhibiendo el apoyo de Obama o Merkel. Esto es precisamente lo que le ha permitido entrar en la lógica la post- verdad y de las redes sociales.

En el segundo caso, el fondo y la forma de sus discursos rompe con la idea del niño o el adolescente y la empodera presentando datos duros y fuentes confiables. La mayor parte de sus argumentos se sustentan en los acuerdos de París, en la agenda UNESCO o en datos provenientes de publicaciones reconocidas. Imposible saber hasta qué punto domina los pormenores de la complejidad climática pero salva ese hándicap centrándose en las acciones que deberían desprenderse de ésta. Al hablar de omisiones es cuando suele no dar concesión alguna y, hecho podría tacharse de implacable, al dirigirse a ciertos auditorios o tratar ciertos casos.

Puede no perder la espontaneidad sí, pero nunca al grado de perder la consistencia entre lo que dice y hace; parece ingenua pero no lo es en lo absoluto y, ante sus seguidores, sabe perfectamente contener el lenguaje para que sean éstos los que aparezcan en la coordinación de ciertas acciones y así no hacer depender al movimiento #FridaysForFuture solamente de su imagen.

De este modo, en cada país que visita va siendo recibida por sus propias redes y alcanzando el nivel de protagonismo que su involucramiento le permite. Greta aparece hoy en la escena como un símbolo de una juventud que hablará en sus propios términos tanto en sus países como en los espacios globales de gestión. “Action for climate”,”Youth for climate”, “We have no Planet B”, “Make Earth Greta again” son algunas de las consignas que llevan implícito tanto el llamado a los gobiernos para detener las emisiones contaminantes como a los consorcios para cambiar sus modos de producción y a la población en general para frenar el consumo exacerbado.

Hay un anticapitalismo de fondo y serios coqueteos con la economía del decrecimiento y, por ende, una señal de alarma para los acaparadores de la riqueza mundial quienes por voz de gobernantes o representantes buscan que la juventud regrese a las aulas para, desde allí cambiar las cosas.

Un gran logro de Thunberg fue haber alcanzado la atención pública mediante el viejo truco de comparación y contraste. La imagen de una niña inocente sentada frente a las puertas cerradas de un gris parlamento, metida en un impermeable amarillo y soportando el frío o la lluvia dejó en claro el distanciamiento entre la gente y los gobiernos. “Todos fuimos Greta” desde el momento en que entendimos que nuestra presencia se diluye ante el poder, pero rara vez lo somos al querer soportar nuestra pequeñez hasta que ésta crezca y se convierta la figura principal ante un fondo diluido.

Otra ventaja fue sin duda la simbólica yuxtaposición de un niño, una mujer y un enfermo de Asperger en una misma figura, de esa misma que se mostraba sola y aislada frente a un establishment que apenas comienza a apostar por la reivindicación de los históricamente marginados pero confía aún en el mercado, la explotación y el beneficio.

Luego vino la expresión escrita de la naturaleza de su acción: “Skolstrejk för klimatet” (Huelga escolar por el clima) que resaltaba tierna, pero a la vez patéticamente, la idea de un paro realizado por una sola persona. Una sola persona que llamaba más la atención que la infraestructura frente a la que se plantaba.

En otro momento, su legitimación más como portavoz que como ideóloga hizo su parte pues, como lo hizo ante el Parlamento Británico, aprovechaba los foros no para expresar solo emotividad sino para repetir enfáticamente lo que ya la comunidad científica internacional había venido diciendo.

“Este reiterado e irresponsable comportamiento sin duda será recordado por la historia como uno de los grandes fracasos de la humanidad”. (The Guardian, 23/04/19)

Su retórica se hizo dañina para el establishment pues no se presentaba como la que caracteriza a la violencia de los tradicionales grupos anti – sistema, no parecía disfrazar algún conflicto de intereses, no resultaba explosiva como las filtraciones masivas de datos en Wikileaks y, por supuesto no se centraba en figuras ligadas a ideología o tendencia alguna… Era, una vez más, la imagen de los de abajo: una adolescente de 16 años que mostraba más empuje que todo el aparato internacional en materia de vigilancia ambiental.

El jaque estaba puesto y al sistema se le presentaba solo la opción de dos movimientos: El primero, mostrar una verdadera falta de competencia para administrar o, el segundo, confesarse parte de un jugoso negocio que se realiza a costa del futuro de otros. Y ¿quién lo descubría? …Su contraparte, el principal afectado: el joven, el adolescente, el niño, la mujer, el enfermo… Aquel a quien se le estaba esquilmado el futuro.

El fenómeno

A mediados del año pasado, Greta Thunberg comenzó se consolidó como un acontecimiento mediático internacional. Su vida se hizo pública y su cotidiano se proyectó más allá de la casa familiar y la escuela. Su padre escritor y su madre cantante cambiaron radicalmente sus hábitos de vida y consumo diarios pasando al veganismo, a la movilidad sustentable, a la desaceleración y a una reducción significativa de su actividad económica mientras el nombre de su hija se asociaba ya con la viabilidad ecológica de los trenes, con el respeto a la vida animal, con la reducción del consumo pero, sobre todo, con la necesidad de gritar que una cura planetaria es urgente.

Su entorno coadyuvó a la legitimación de la lucha pues no hay imagen pública sin una cierta consistencia entre los órdenes del hacer y del decir.

Las comunicaciones bajo la etiqueta #FridaysForFuture se volvieron consistentes con lo que su fundadora presentaba como norma de vida (Greta es vegana) pronto se ganó la simpatía de fuerzas como Green Peace, Extinction Rebellion, partidos verdes, grupos animalistas, promotores del veganismo y teóricos del decrecimiento asestando, así, otro golpe al sistema político. Ahora, líderes de opinión comenzan a referirse a Thunberg como imagen visible de una gran conspiración, como enemiga de la razón económica o  como promotora de dogmas opuestos al derecho de la gente por consumir, por gastar, viajar y disfrutar de los “frutos del éxito”.

“Cualquiera que dude que el movimiento verde está transformándose en un culto millenial, debe echarle un ojo a Greta Thunberg…” (Brendan O’Neill, Spiked, 22/04/19)

Como la anterior, las críticas a la activista no son pocas. No obstante, hasta el momento no han roto la barrera de los argumentos Ad Hominem y recaen sobre su necesidad de atención, sobre su familia o sobre sus intenciones por hacer verde proyectos políticos de quienes estén detrás de ella. Por citar casos: Ante su posible nominación al Nobel de la Paz su madre ha sido demeritada por participar en concursos masivos de Eurovision;  Greta y los cabezas del movimiento  han sido acusados de ser promotores del ausentismo escolar o como millenials apocalípticos a quienes los “economistas deberían humillar en público” (Helen Dale citada por Small en The National 28/04/19).

El futuro:

Sea como sea, la consistencia y la legitimidad en las que está sustentado el movimiento no se ha resquebrajado y, al parecer, los números aumentan tanto entre los seguidores virtuales de la sueca como en el engrose de las filas de grupos activistas como Extintion Rebellion, que ha respaldado tácitamente a Thunberg. La simple idea de que sean nuestros sucesores los que reclaman un futuro abre ya una brecha en la historia de los movimientos sociales, una brecha que sepulta a las viejas consignas políticas y da lugar a reclamos trascendentales que implican no solo el reposicionamiento del ser humano frente al ser humano sino la permanencia de las especies como un todo.

El último tópico que ha desatado discusión en redes es la visita que, en septiembre de este año,  Greta Thumberg estará haciendo a la Reunión Especial sobre Cambio Climático (UN Climate Action Summit) en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP25) en Santiago de Chile. La idea de evitar el traslado en avión la llevó en un primer momento a declarar que prefiere perder todo un año de escuela con tal de no contribuir a la industria de las emisiones por aerotransporte y, en un segundo, a realizar un viaje de dos semanas a bordo del velero solar Malizia II desde Reino Unido hasta Manhattan.

Mucho se habla ya en redes sobre el radicalismo de la decisión de no volar y del impulso que ha dado al  fenómeno fligskam o la vergüenza a tomar un avión por la huella ecológica que esto supone;  mucho se alaba -también- su consistencia. Sus últimas decisiones han dividido a la opinión y las críticas a su protagonismo han crecido. Pese a ello,  lo cierto es que más allá de los pormenores del viaje, se espera una impresionante manifestación en lo que será su primer viaje trasatlántico y hay grandes expectativas sobre las consecuencia que su viaje americano tendrá ante los representantes del país más contaminante del mundo, ante sus seguidores y redes en América pero, sobre todo, ante Donald Trump.

 

Fuentes consultadas:

Greta Thunberg condemns UK’s climate stance in speech to MPs

Greta Thunberg, schoolgirl climate change warrior: ‘Some people can let things go. I can’t

 

Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores. Miradas Múltiples las ha incluido en apoyo a la libertad de expresión y el respeto a la pluralidad.

Comparte: Los pasos de Greta Thunberg y el futuro de la lucha contra el cambio climático

por

México

Mexicano. Estudió comunicación y filosofía. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y desarrolla proyectos relacionados con lenguaje y teoría crítica. Es ciclista, entusiasta de la vida urbana y adicto a los gin-tonic.
Contacto

Ver artículos relacionados